Cinque Terre

Carlos Matienzo

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Politólogo por la UNAM y Maestro en Administración Pública con especialización en Seguridad por la Universidad de Columbia, Nueva York. Especialista en temas de seguridad y gobernabilidad. Twitter: @CMATIENZO

El virus de la dominación ideológica

Era el cambio verdadero: los nuevos tiempos de la justicia y del progreso para todos, primero los pobres, por supuesto. ¿Cómo culpar a quien votó ante tal promesa? La narrativa de la cuarta transformación era poderosa por simple: el país ha sido capturado por una élite rapaz que debe ser sometida por un hombre que represente un cambio radical y sin tibiezas; que recupere el Estado para la gente.

El problema fue hacer de los símbolos de esa narrativa electoral políticas de gobierno. Permitir la dominación ideológica sobre la razón y la técnica. Porque las ideologías, como toda simplificación, deliberadamente generan puntos ciegos que evaden realidades. Son transfiguraciones de la verdad.

Pero la realidad no desaparece, está ahí, con toda su complejidad, esperando a desmoronar en un santiamén lo que se construye sobre naipes de retórica. A la cuatroté le llegó el tiempo de enfrentarla. La crisis económica que se avecina, producto de la pandemia global del coronavirus y de la caída de los precios del petróleo, hace inviable la aventura histórica de López Obrador.

No pueden decir que han sido víctimas del infortunio, pues son responsables de que esta crisis internacional sea peor en México que en otros países. La gran mayoría de las decisiones tempranas de este gobierno –como la cancelación del NAIM, la apuesta nacionalista por Pemex y la mal entendida austeridad- estuvieron al servicio de confirmar una narrativa más que de sentar las bases del progreso. Circunscribieron todo a diagnósticos auto afirmativos y, a partir de ellos, lanzaron soluciones simbólicas desprovistas de toda lógica.

López Obrador, en compañía de Beatriz Gutiérrez Müller.
FOTO: PRESIDENCIA /CUARTOSCURO.COM

Esas acciones, que justificaron como un radicalismo necesario, conllevaron riesgos y los riesgos se convirtieron en vulnerabilidades. La tormenta internacional arribó a un México sin crecimiento económico y con incertidumbre sobre su futuro. Tan erráticas fueron las decisiones fundacionales de este proyecto que, ante la primera sacudida externa, lo que debía ser el renacimiento del país hoy luce más como un aborto.

En 2020 la economía caerá hasta un -4.5%. Esta vez no habrá tecnicismos que oculten lo evidente: México entrará a una recesión. Cientos de miles de empleos se perderán. Patrimonios de familias enteras quedarán desvanecidos. Y, para desdicha de todos, primero los pobres sufrirán.

El gobierno –al que aún le sobran cuatro años- tiene dos opciones: o empecinarse en la aventura ideológica de un nacionalismo trasnochado, lo cual nos llevará a la ruta del desastre, o administrar la crisis para entregar un país más o menos en las condiciones que lo recibieron.

Si se opta por lo segundo, que sería un giro de timón, tendrán que abandonar algunos de sus tótems. La austeridad tendrá que dar paso a una política de gasto e inversión pública agresiva. Dado que la ventana para realizar una reforma fiscal ya se cerró –pues en medio de una crisis es impensable aumentar impuestos- tendrán que incurrir en deuda para encender la chispa de la economía. Para recuperar la inversión, el sector energético será la clave, figuras como la de Rocío Nahle y Manuel Bartlett serán insostenibles, se tendrá que dejar de quemar billetes en Pemex y permitir nuevamente la inversión privada en el sector. Los proyectos de infraestructura también deberán revisarse: la refinería de Dos Bocas debe cancelarse para invertir en hospitales, escuelas, carreteras e infraestructura energética funcional. Los programas sociales absurdos deben dar paso a acciones focalizadas para apoyar a los sectores más afectados por la crisis.

Por supuesto, todo ello implica un acto de humildad que no hemos visto en la cabeza de este proyecto ni en sus seguidores. Significa reconocer que son las decisiones propias las que están generando el derrumbe y que sólo abandonarlas podrá salvarnos. Quitarse la venda ideológica.

Seguramente la cuatroté quedará en el anecdotario de las transformaciones auto proclamadas y no cumplidas del país. Es imposible saber cuál será el verdadero salto histórico que cambie a México para bien, pero tal vez ese nuevo tiempo no sea el del radicalismo ideológico, sino el de la política de la sensatez, la razón y la virtud. Porque en México, lo verdaderamente radical, sería hacer lo correcto.

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