Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Videojuegos, “opio espiritual”

Muchos dictadores tienen la característica de ser tenaces predicadores y adalides de la moral. Los regímenes socialistas, por ejemplo, suelen presentarse bajo el ropaje de una supuesta “superioridad moral”, la cual castiga las pretensiones del lucro y el “egoísmo individualista” para dar lugar a la edificación de un “Hombre Nuevo” exclusivamente motivado por la ética del “bien común”. Nada de perseguir incentivos materiales o de procurar fines individuales en un ámbito de libertad, sino buscar la purificación mediante el sacrificio a la comunidad.

Por su parte, muchos déspotas de derecha se han tratado de legitimar mediante la defensa de la religión. Regímenes ominosos como el de Franco en España, Pavelic en Croacia, Trujillo en Dominicana y tantos más fueron cercanos aliados de la Iglesia católica e impusieron sus limitados criterios morales. Y los fundamentalismos islámicos son aún más violentos en sus métodos.

Poseer cualidades de predicador ha estado presente en dirigentes megalómanos obsesionados con su paso a la “Historia”, pero también con la educación del pueblo y en guiar a la gente en los terrenos no solo políticos, sino también en los morales y personales. No les interesa entender al ser humano tal como es y a su naturaleza como compleja e irreductible. Para las ideologías totalitarias, los populismos y los dictadores moralinos esta complejidad es inconcebible. Es lo de menos si sus invocaciones mesiánicas y su constante afán pontificador sirva o no para garantizar un gobierno eficaz: lo importante es instaurar “el imperio del bien” a fuerza de voluntad y buen ejemplo.

Hace una semanas el dictador chino Xi Jinping anunció una campaña para combatir “los excesos capitalistas” y restaurar la moral socialista. Las regulaciones y controles a las inversiones privadas y a las actividades financieras  se multiplican. Importantes empresas chinas como Alibaba, Didi, Evergrande, Suning (dueña del Inter de Milán), entre otras, han sufrido los embates de su propio gobierno. Y no solo se trata de castigar los “excesos capitalistas”: de acuerdo con los lineamientos de lo que ya se conoce como el “pensamiento del presidente Xi” (de estudio obligatorio para todos los chinos), el Partido Comunista debe estar presente en todos los ámbitos de la vida nacional y ello incluye normar las actividades privadas, asuntos como limitar las clases particulares, imponer estrictas pautas a los entretenimientos, orientar a las parejas para inducirlas a tener más hijos y velar por la preponderancia en los medios de comunicación de genuinos “modelos masculinos”. También se extenderá por todo el país la presencia de los llamados “consejos de revisión moral”, los cuales imponen a la población el “correcto comportamiento” mediante el método del avergonzamiento público, una práctica no muy lejana a las aplicadas durante la Revolución Cultural. Todo ello se suma a un autoritarismo que en China, de por sí, era ya brutal.

Uno de los aspectos más llamativos de esta cruzada es la guerra declarada contra los videojuegos. El gobierno los considera una especie de “opio espiritual” dañino para los niños, y ha anunciado que no podrán jugarlos más de tres horas a la semana. Los menores de edad están obligados a registrarse usando su nombre real. También se les requiere un escaneo facial para verificar su identidad. ¿De verdad son tan dañinos los videojuegos? La Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió considerarlos como un trastorno adictivo hace un par de años, pero según un estudio publicado recientemente por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, a muchos expertos les preocupa esta prisa por convertir en patología uno de los pasatiempos más populares del mundo. 26 investigadores destacados en el campo de videojuegos y salud mental (dirigido por el psicólogo experimental en el Instituto Oxford de Internet Andrew Przybylski) escribió una carta abierta al grupo asesor sobre la salud mental de la OMS. En el texto, los expertos consideran prematuro establecer criterios específicos para un diagnóstico al respecto: “Algunos jugadores sí experimentan graves problemas como consecuencia del tiempo que pasan usando los videojuegos. Sin embargo, creemos que no está claro que estos problemas puedan o deban atribuirse a un nuevo trastorno, y la base empírica para tal propuesta presenta varios problemas fundamentales”.

También afirman que la OMS se basó en investigaciones de baja calidad, que la tipificación del trastorno por uso de videojuegos se apoyaba demasiado en el juego con apuestas y en el abuso de sustancias, y que no había consenso sobre los síntomas ni sobre la forma de valorarlos.

La preocupación por los videojuegos no es más que un pánico moral, un subterfugio que demagogos y autoritarios aman utilizar porque atacar estas diversiones con clichés, prejuicios y verdades a medias les es redituable políticamente. Los hace aparecer como defensores de la gente común ante los “vicios perniciosos” promovidos por malvados capitalistas e inicuos neoliberales. La moralina les ayudan a consolidar su popularidad y dificultan a sus oponentes políticos criticarlos porque, después de todo, ¿quién puede estar en contra de defender a los “intereses superiores de la niñez”? Claro, por eso tampoco es extraño que Andrés Manuel López Obrador se haya sumado a las criticas contra los videojuegos. La moralina, en sus más vulgares y primitivas versiones, es una de las especialidades de nuestro presidente.

En China, en el fondo de la campaña “anticapitalista” están los propósitos de afianzamiento en el poder de Xi, quien a finales del año entrante reclamará para sí un tercer mandato presidencial consecutivo de cinco años. Sin embargo, la cruzada de Xi supone una amenaza para la economía. Las medidas represivas y excesivamente controladoras dificultan los negocios y los hacen menos rentables. El Partido Comunista había creado un marco normativo y legal, pero Xi impone grandes cambios con tanta rapidez que la regulación ha empezado a ser cada vez más arbitraria, lo cual es veneno para la inversión privada, crucial para el desarrollo del país. En China las empresas privadas contribuyen con casi 60 por ciento del PIB chino, con 70 por ciento en la inversión para la innovación científica y tecnológica, con 80 por ciento del empleo urbano y produce 90 por ciento de los nuevos puestos de trabajo. Xi podría estar dándose un balazo en el pie justo cuando China pretende reclamar, con ahínco, su lugar en el mundo como gran potencia.

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