Cinque Terre

Carlos Ramírez

[email protected]

Periodista y escritor. Aautor desde 1990 de la columna “Indicador Político” de El Financiero, sus últimos libros: Obama, El regreso del PRI (y de Carlos Salinas de Gortari) y La comuna de Oaxaca.

Vicente Leñero

Este artículo se publicó originalmente el 4 de diciembre de 2014.



INDICE


1.- El Mollete Literario


 


 


2.- Historias de un escritor.


 


 


3.- Amaro y Redil de Ovejas.


 


 


4.- Las obsesiones de un escritor.


 


 


1.- El Mollete Lirterario.


 


No se trató de un grupo propiamente dicho. Éramos varios reporteros de la revista Proceso que todos los jueves teníamos que quedarnos en la redacción al cie- rre de la edición semanal. Como a eso de las diez de la noche nos íbamos a cenar molletes y café —algunos pedían una cerveza— al Vips que estaba en la esquina de Insurgentes y San Francisco, cerca de la ciudad deportiva. Ahí platicábamos de todo, pero sobre todo de literatura, hasta las dos de la mañana.


 



 


Aunque nunca fungió como jefe del grupo, la figura mayor era Vicente Leñero, entonces subdirector de Proceso. Vicente iba en las tardes a la revista. La mañana la dedicada a sus menesteres intelectuales: escribir y leer. Las noches de los jueves, luego del cierre, comenzábamos hablando de política pero de pronto los temas iban a la literatura.


 


 


El grupo era variado: el poeta David Huerta, el narrador Federico Campbell. Alguna vez cayó por ahí, creo, el poeta y narrador Marco Antonio Campos. Iba, indefectiblemente, Armando Ponce, entonces coordinador de la sección de cultura de Proceso. También Carlos Marín. Como periodistas no faltábamos Paco Ortiz Pinchetti y yo.


 


 


Las sesiones eran informales. Pero nutritivas para quienes andábamos en busca de lecturas. Ahí Campbell llegó a fascinarnos con Harold Pinter, también admirado como dramaturgo por el dramaturgo Leñero. Vicente nos contaba anécdotas picantes de escritores, algunas de ellas que nunca repetiría si no fueran convidados de confianza. Nos platicó sus tiempos de becario en el Centro Mexicano de Escritores y la forma de funcionar de un taller que era más una pista de esgrima mortal, literariamente hablando. Campbell nos alargaba la noche con sus anécdotas sobre Juan Rulfo, sobre todo allá en el café de El Ágora, la entonces librería de moda intelectual.


 


 


Vicente era —y es— un lector consumado. Y sabía introducir el apetito literario. Una vez nos contó un libro que estaba leyendo y que le había fasci- nado. Sobre todo por el comienzo, una derivación de La Odisea. Bueno, más bien, un pasaje interpretativo de esa obra magna que había sido tomada por un escritor que a comienzos de los ochenta era casi desconocido en México. Se trataba de un basquetbolista universitario en Estados Unidos que había sido estrella juvenil pero que se había frustrado. Al entrar a la madurez era apenas un empleado mal pagado, con hijos pequeños y una esposa alcohólica que le exigía demasiado. La novela que nos contó Vicente comenzaba con el protagonista regresando del trabajo a su casa. Antes de llegar se quedó mirando como bobo a unos jóvenes que jugaban basquetbol en una cancha de un suburbio de Estados Unidos. Como huracán, los pensamientos de su juventud deportista se le agolparon en el presente. Y de pronto el protagonista se dio la vuelta y comenzó a correr en sentido contrario de su casa. Corrió y corrió huyendo de su realidad. Se montó en su coche destartalado y tomó una dirección contraria a su casa y caminó varios cientos de millas. Una vez tranquilizado, el protagonista regresó pero no a su casa. Se instaló en un cuarto cercano a su casa. Y desde ahí se la pasaba mirando hacia su casa.


 


 


La historia, contada, resultó fascinante. Vicente nos —más bien: me— había presentado literariamente el arranque de la novela Corre conejo, del entonces poco conocido escritor norteamericano John Updike. El protagonista de la novela se llamaba Harry Conejo Angstrom. Obviamente me dediqué a buscar la novela y no me perdí la zaga: Conejo es rico, El regreso de Conejo y Conejo en paz. Hace poco me encontré con Conejo en el recuerdo y otras historias. Pero de todas, sin duda que el primero me dejó deslumbrado. Updike hasta entonces era desconocido en México.


 


 


La historia anecdótica de Conejo me fascinó al grado de encontrar por ahí alguna línea argumental: la propuesta literaria de Ulises en La Odisea y su regreso siempre pospuesto para no enfrentarse a la realidad. Encontré una novela que se me perdió en mis cambios de casa. Era de Alberto Moravia. Y otro de Harthowne. La historia era casi la misma: un protagonista que huye de su realidad pero se instala físicamente frente a ella para vigilarla y seguir participando tangencialmente.


 


 


Otro de los autores que salió en las conversaciones con Leñero fue William Styron, cuya novela La decisión de Sophie la encontré en una librería del Aeropuerto de la Ciudad de México. Estrujante. La película la vi muchos años después y no me gustó tanto como el libro, a pesar de la sobresaliente actuación de Merryl Streep. Acuciado por la información en el grupo de Vips busqué luego las obras de Styron: Las confesiones de Natan Turner y La larga marcha.


 


 


Las reuniones de los jueves fueron bautizadas, no recuerdo por quién —creo que por Armando Ponce— como las de “El mollete literario”. No era un cenáculo intelectual, sino una charla de amigos y compañeros sobre literatura y política.


 


 


Eran reuniones informales, sin cita ni hora formal. Comenzaban cuando Leñero aprobaba la portada de Proceso y recogía sus cosas. Poco a poco llegábamos a Vips. Cada quien pagaba su cuenta.


 


 


En aquel grupo hubo muchas iniciativas. Una de ellas apenas cuajó. Campbell tenía muy buenas relaciones con los editores de una colección de plaquetes. Eran pequeñas ediciones pagadas por el autor, de tamaño un cuarto de carta, con apenas unas decenas de páginas, de portada color amarillo pálido. La colección se llamaba “La máquina de escribir”. Campbell y Huerta ya había publicado algo en esa colección. También creo que por iniciativa de Ponce, ahí saltó la idea de que todos nos cooperáramos con algo de dinero para utilizar el membrete de “La máquina de escribir” y publicar obra propia pero acreditada a “El Mollete Literario”. A todos nos pareció buena idea. Marín publicaría algunas crónicas, Paco Ortiz Pinchetti escogería algún reportaje que había publicado en Revista de Revistas de Excelsior de la que Vicente había sido director. Yo dije que entregaría algunos cuentos. Como se trataba de un grupo irreverente, no habría control de calidad. Simplemente alguien Campbell o Huerta— harían la corrección mínima de estilo. Y ya.


El dinero se puso en la mesa. No era mucho. Entonces la edición de autor era barata. De todos los enlistados sólo yo entregué tres cuentos. Y salió mi plaquette. Se llamó Fotos de Rebeca, con un cuento homónimo, una historia del despertar sexual de niños con un final obvio que luego corregí sobre la edición ya terminada tachando una palabra y sustituyéndola por otra y un cuento que después me publicó Marco Antonio Campos en una antología de jóvenes escritores porque tenía —intencionadamente— un aire revueltiano. La edición era de unas decenas de ejemplares que luego distribuí personalmente en librerías. Eso sí, en una de las primeras páginas consigné que se trataba de una edición pagada por el grupo de “El Mollete Literario”.


 


Sin quererlo, ahí nació una idea que tuvo su primer espacio en La Crisis, luego en Transición y hoy abre por sí mismo en El Mollete Literario. Y lo hace con la misma irreverencia de entonces y rindiendo homenaje a ese cenáculo irreverente de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Y desde luego, con un recuerdo muy grato de Vicente Leñero.


 



 


2.- Una lectura personal.


 


Aunque habíamos convivido bastante en la redacción de Proceso, aquel día que vi a Vicente Leñero, muchos años después de mi salida de la revista, lo noté grande de años, cansado, igual de flaco, el rostro aguileño marcado más por las arrugas, hosco aunque educado. Lo vi sentado en una mesa de Sanborns y me acerqué. Se levantó tranquilo, me saludó y me dio un abrazo formal. Por encima de su hombro noté algunas letras de su libreta de apuntes: Amaro, decía. Algo había escuchado en las redacciones sobre un guión de película sobre el tema de la iglesia que iba a causar polémica. Nos despedimos. Meses después vino el escándalo sobre la película El crimen del padre Amaro por el guión de Leñero basado en la novela decimonónica de José María Eca de Quiroz. Otros meses después, Leñero escribió una novela sobre el guión de la película basada en la historia de Eca de Quiroz.


 


 


Esta breve historia desencadenó otras hasta perderse en la realidad de la fic- ción o la ficción de la realidad. Huraño por el tiempo en las espaldas, Leñero se vio inclusive muy poco periodista: no dio entrevistas sobre la película y la confección del guión y publicó pequeños textos alusivos a los problemas coyunturales en la propia revista dejándonos a los reporteros sin posibilidades de exploración de las motivaciones. El problema de Leñero siempre fue su privacidad. Ahora, no obstante, su intimidad era un obstáculo para comprender su acto creador. Las grandes preguntas quedaron en el vacío: ¿cómo un escritor católico crítico asumía una novela de más de un siglo de distancia para ajustar cuentas con su propio presente?, ¿hasta dónde la literatura permitía licencias para criticar lo de hoy con casos literarios del pasado? Y la pregunta más importante: ¿por qué un escritor como Leñero no quiso rebasar totalmente el Amaro de Eca de Quiroz y por qué no mejor escribió un guión inédito sobre los conflictos terrenales de la iglesia? Lo había hecho en su obra de teatro Pueblo rechazado y en sus novelas Redil de ovejas y El evangelio de Lucas Gavilán, las tres con propuestas propias. ¿Era posible que una película que no hablara de Amaro hubiera generado la polémica de un guión basado en una obra de decenas de años antes? ¿Buscaba Leñero la polémica, el mensaje o el mero acto creador?


 


 


Leñero ha sido siempre todo un caso literario. Por lo que lo conocía en los tiempos en que trabajamos en Proceso, Leñero no iba a decir lo que no quería decir y lo que decía siempre estaba confuso y más tratándose de la religión. Era, pues, un asunto extraño: un escritor católico que había escrito novelas y teatro a partir de la realidad del catolicismo pero que no quería enfrentar la inquisición mediática. En su introducción y post scriptum de su novela El padre Amaro —que no fue sino la versión novelada de su guión de la película sobre la novela de Eca de Quiroz— no dio claves para entender su conflicto personal, porque sólo dijo que le había incluido hechos de la realidad presente. Explicó, eso sí, los problemas para trasladar cinematográficamente el tema del Siglo XIX a principios del Siglo XXI ajustando puntos concretos. La duda no radicó en la falta de solución literaria al cambio de temporalidad literaria, sino al conflicto religioso personal de un escritor católico que no encontraba más camino para sacar sus contradicciones que la reescritura de una obra literaria. ¿Hasta dónde era la incorporación de la realidad o hasta dónde era un ajuste personal de cuentas? La única manera de saberlo era someter a Leñero al acto creador sobre sí mismo. Yo sabía que Leñero estaba viviendo una situación desgarradora que no iba a reconocer en ninguna circunstancia. Salvo que algunos que lo conocíamos pudié- ramos crear las situaciones ficticias que revelaran su realidad.


 


 


Nada hay peor para una persona que saber que el mundo íntimo de su fe carecía de referencias realistas. El problema de la fe de Leñero se localizaba en un choque dialéctico entre sus creencias con la realidad crítica que vio como periodista crítico y novelista de la realidad y el peso dominante de su creencia en un Dios y en sus enseñanzas. En la redacción y en las cenas en Vips para hablar de literatura rehuía racionalizar el asunto religioso, así le decía, el asunto, y no, como alguien le sugirió, la cuestión. Para sus alcances de teoría política, Gramsci estaba muy lejos de sus preocupaciones, aunque creo que hubiera encontrado en Gramsci a un personaje literario de primer nivel: un comunista convencido, encarcelado y con problemas de discapacidad, encerrado en la cárcel escribiendo sus cartas que se convirtieron en la más severa y completa teoría política del marxismo después de Lenin.


 


 


Pero bueno, no me quiero desviar. Hablábamos de Amaro, de los Amaro, el de Eca de Quiroz, el de Leñero y el que se inventó en los medios con retazos de algunos sacerdotes que habían cometido los pecados del primer Amaro. Cuando estaba en su punto culminante la polémica por el estreno de la película del director Carlos Carrera, busqué a Armando Ponce, coordinador de cultura de Proceso y uno de los confidentes más cercanos de Leñero, para que me platicara algunos detalles.


 


 


Pero Ponce no alcanzaba a entender los conflictos de Leñero. O los sabía pero no alcanzaba a explicarlos. No era fácil, por cierto, hacerlo. En las reuniones de El mollete literario, Ponce era punto de referencia de Leñero. Pero ahora lo veía ajeno. Y no porque me quisiera ocultar cosas —nuestra amistad resistió mis alejamientos de la revista—, sino porque creo que tampoco entendía el trasfondo del asunto: cómo un escritor católico usaba un personaje lejano 150 años para ajustar cuentas teológicas con su propio presente. Ahí estaba el nudo. Lo fácil estaba en el camino de interpretar a Leñero, pero la literatura debe tener más respeto por la realidad aunque al final los personajes sean inventados aunque existan en carne y hueso.


Y comencé a tratar de desenredarlo por donde menos lo esperaban: la literatura y no la fe o la teología. Ponce se extrañó de este esfuerzo de indagación, pero supe que al principio no me entendía nada. Armando sabía que mi especialidad era la economía y la política y que mi inquietud literaria era consistente pero no teórica. Ponce era de la opinión que primero había que llegar a establecer claramente —y hasta en un cuadro, me dijo una vez que comimos en el restaurante Passy de Amberes— en varias columnas los elementos del problema Leñero: en qué creía y en qué no, cuáles eran las corrientes que consideraba Leñero en las prácticas religiosas y de qué manera había influido en su fe su relación personal con el obispo progresista Sergio Méndez Arceo.



No me convence —le dije. Yo mismo ignoraba qué quería exactamente. Todo había comenzado cuando revisé mi archivo de Leñero para escribir un texto breve del padre Amaro y me encontré con el hecho de que el autor católico ya tenía varios ajustes de cuentas con la realidad religiosa. Escribí un texto no tan breve para la revista La Crisis y me estimuló el comentario de René Avilés Fabila, un escritor, amigo y colega, diciéndome que nadie se había tomado la preocupación de ir más allá de la sola película. El asunto me siguió quitando el sueño y por eso decidí emprender la tarea de escribir una novela sobre la novela de Leñero.


 


 


No es tan difícil y no necesitas a Leñero. Todo está ahí.


 


 


¿Ahí? ¿Dónde? —Comenzaba a desesperarme y no por el escepticismo optimista de Ponce sino porque sabía que estaba en medio de la nada aunque con la seguridad de que tenía un garbanzo de a libra en las manos.


 


 


En las novelas, en lo que él mismo ha escrito.


 


 


Pero en las novelas sólo dice lo que quiere. En introducciones y entrevistas sólo cuenta los problemas de la escritura, de la confrontación con la realidad de los protagonistas vivos y algunos trazos muy tenues de su propio conflicto. Yo necesito más, mucho más, Creo que el padre Amaro es el punto culminante de Leñero como católico y como escritor.


 


 


No veo a dónde quieres llegar. (no veo a dónde quiero llegar con la narración de mis cosas desde mi punto de vista pero sin decir nada que no pueda tener una especie de control de daños, y no por razones de debate público que a pocos le interesará sino porque creo, a la vuelta de los años, que mi principal problema no radica en el traslado de hechos reales a un esquema literario de cuento, novela u obra de teatro, sino algo mucho más de fondo, algo que tiene que ver con el conflicto que yo le llamaría, sin temor de cometer pecado, el conflicto original, el del origen del acto creador en un escritor sometido a la carga de culpa de la religión católica, el choque entre la literatura como un acto creador, como un acto que sólo le corresponde a dios y la fe que debe de ser ciega en un poder divino que nos gobierna y que nos ayuda, y en medio la literatura no es más que un problema que confunde más las cosas, y ya me he cansado de estar siempre justificando que mi fe religiosa no contamina ni acto creador ni quiero influir en la fe a través de la denuncia de mis novelas, porque yo sólo digo lo que veo y creo que mi principal justificación ya carece de valor real en virtud de que el tono de las denuncias es más grave que la fe misma y no pocos han roto con la religión católica por menos de los problemas que yo narro y que si los cuento es porque existieron y por tanto de alguna manera de tienen que afectar, pero he sido cuidadoso de no dejar de creer por el lado negativo de la religión terrenal por más que las denuncias sean severas, y todo porque creo en dios, en su bondad y en su perfección y me da coraje, por no decir que me encabrona, ver la forma en que los sacerdotes traicionan las enseñanzas de Cristo, y al final ya no sé qué hacer porque no he podido resolver literariamente el problema de la denuncia y al mismo tiempo dar un mensaje de salvación, pero como escritor no debo ser sacerdote y allá la realidad que ajuste cuentas con la propia realidad y que a mí me dejen escribir lo que veo, lo que siento, lo que sufro, dios mío, por ver lo que no debo ver y por contar lo que no debo de contar pero soy de la convicción de que el escritor debe ser absolutamente libre de escribir, y lo malo para mi alma que sé que no tiene salvación es que seguro que no iré al cielo pero en las noche en mis oraciones trato de ponerme en paz con dios, contigo, dios mío, porque no creo en los hombres aunque sean mis hermanos y por eso mis novelas, mis cuentos y mis obras de tea- tro se agotan sólo en la revelación o la denuncia, a lo mejor porque mi modestia me dice que yo no tengo la solución de las cosas y que cada quien debe de hacerse cargo de sus pecados, yo me contentaré con decir lo que está mal, así fue en Redil de ovejas porque así nos llevaban a las manifestaciones, así quise que fuera en Pueblo Rechazado por el problema del sicoanálisis en la indagación de la vocación sacerdotal que primero me atrajo por curiosidad porque yo había estado en el con- vento encerrado unos días y había cruzado palabras con el padre Gregorio Lemercier y había escuchado en las noches los lamentos de los sacerdotes jóvenes, y en realidad los temas me jalaban y yo no los buscaba, así fue con José León Toral y la obra de teatro que hice a partir de las actas textuales de su juicio y escribí la obra sin estar prejuiciado sobre Álvaro Obregón o sobre la madre conchita, y por eso decidí conocerlos después del estreno de la obra, y así me enfrenté a la que sería mi obra culminante y esperaba que la última sobre el problema de la literatura basada en hechos religiosos y con esos ánimos me metí a escribir la segunda llegada de Jesucristo a la tierra pero como si fuera la primera, es decir, sin reclamaciones, y la ubiqué en el México de finales de los setenta con todo y su carga de descomposi- ción social y moral, y lo curioso fue que la obra la terminé antes de la designación de los papas Juan Pablo I y Juan Pablo II, y desde luego antes de la visita del primer papa a México a principios de mil novecientos setenta y nueve, con la fecha de primera edición a mediados de ese mil novecientos setenta y nueve y nada influyó en lo que yo quería decir, porque esas tres obras, redil de ovejas, Pueblo rechazado y el Evangelio de Lucas Gavilán, dibujaban los tres escenarios de la religión, el primero como el problema de la vocación de los sacerdotes porque sin ellos la religión se queda en simple fanatismo; el segundo como la descripción de la feligresía, de los creyentes, de las formas en que son adoctrinados en el fanatismo y no en la fe, y el tercero quiso ser como la requisitoria final de un escritor católico diciéndole a todos que el mundo se iba a acabar por la llegada de Jesucristo, pero la no- vela se me fue de las manos porque los personajes cobraron vida y autonomía, y al final de la redacción sufrí porque la segunda llegada de cristo había sido inútil en este mundo de pecadores, y después de mil novecientos setenta y nueve me pasé en la obligación literaria de no escribir sobre el tema religioso, pero me ganó las ganas de cumplir mi viejo deseo de hacer un guión de cine sobre la novela de Eca de Quiroz y su padre Amaro sin fe, libidinoso, criminal, y sobre la forma en que un escritor había logrado con habilidad construir un personaje humano, con todas sus contradicciones, aunque a mí me venció el deseo de los problemas de la religiosidad y no tanto el conflicto humano de un sacerdote como servidor de dios, y quiero que conste este reconocimiento que no es más que duda y no culpabilidad sobre mi interés como escritor de pedirle prestado a Eca de Quiroz a su padre Amaro para meterlo en el mundo de mis obsesiones terrenales vinculadas al México contemporáneo, a la guerrilla, al narcotráfico, a la corrupción, a la vida religiosa plagada de pecados en la provincia mexicana, aunque por fortuna no hubo ningún análisis que partiera del conflicto de un escritor que asume el papel de dios y de su fe católica que lo obliga a no dudar y menos a confrontar, pero qué se le va a hacer, y agradecí en el fondo el debate sobre ciertas escenas supuestamente pecadoras que yo ya había dibujado en Redil de ovejas y que encontraron acomodo natural en el padre Amaro, y como siempre, como si fuera el mil novecientos sesenta y uno, de la manifestación religiosa anticomunista que cuento en Redil de ovejas, como si el tema central fuera el de la fe, el de creer en dios y en sus representantes sin atender que los sacerdotes son hombres de carne y hueso, con sus necesidades y sus pasiones, y por eso me sirvió releer, mientras escribía el guión y luego mi novela sobre el padre amaro de la novela de Eca de Quiroz, mi propia obra Pueblo rechazado, porque me pregunto que qué hubiera pasado si mi Amaro del siglo veintiuno hubiera te- nido que reafirmar su vocación con sesiones de sicoanálisis, aunque en su obra Eca de Quiroz resuelve ese problema de origen literario con la descripción de la infancia de Amaro como hijo de una criada y que a la muerte de su patrona recibe algo de dinero de herencia pero casi condicionada al ingreso al seminario, por lo que la vocación religiosa no existió y Amaro no fue sino una de las miles y miles de historias de sacerdotes que llegaron hasta el final no por la vocación o la fe sino porque no había de otra, eso que a mi me gusta repetir referido a los militares que no tuvieron vocación por las armas sino que tuvieron que entrar al Ejército para tener un lugar dónde vivir, una mesa donde comer y un pequeño ingreso para irla pasando, ese origen, pues, que no quise hacerle a mi Amaro porque mi interés era otro, el de narrar más bien el choque de una vocación no asumida con una realidad que no quería modificar, ese eterno conflicto de la fe religiosa que vemos todos los días, que tenemos que ir cargando con sacerdotes que explotan a los creyentes, que los tratan como tontos, pero que dios los ve como los más amorosos de sus hijos, y en ese ambiente mi literatura pudiera ser entendida como una reclamación y creo que lo es pero no quisiera que lo fuera, porque mi conflicto no es de denuncia sobre lo que no hacen los sacerdotes sino sobre lo que hacen mal y no bien, y en ese contexto me agoto, me sumo en peores crisis de conciencia, porque a pesar de saber lo que sé sigo creyendo en dios y en su religión y denuncio las irregularidades pero nadie hace nada, por eso en el pasado quedé algo satisfecho al ver que la recepción de la película El crimen del padre Amaro hizo revisar las desviaciones de los sacerdotes, pero como siempre sucede pasó el tiempo y nada, las cosas regresaron a lo mismo, como si la realidad le diera la razón a mi guión en donde digo justamente eso, donde privilegio como guionista la imagen final en la que el padre Amaro, al que algunos veían como el responsable de la muerte de Amelia, amelita, ofrecía una misa de cuerpo presente para su amante, la que había muerto por un aborto mal practicado, por un aborto que condena la iglesia desde su encíclica humanae vitae de mil novecientos sesenta y ocho, el año de pueblo rechazado, y su condena al aborto y a la planificación familiar, aunque el problema de Amaro no era un ser humano más en la tierra sino el deseo de borrar el origen de su pecado, y ésa era pues la gran denuncia pero la novela de Eca de Quiroz termina con Amaro como el heredero de la iglesia del pueblo y los pecados olvidados en la fe de quienes sa- bían de los pecados de Amaro pero que se los perdonaban porque era el sacerdote de la plaza, y ahí es donde supe finalmente que la literatura no me daba las respuestas que quería y que como autor no podía ser dios ni nada sino un simple mortal que seguiría cargando los pecados de los demás y los propios y…)


La verdad no sé —dije.


 



Tienes una pista en Redil de ovejas —me dijo Ponce saboreando un tequila. Efectivamente, en esa novela narra Leñero su experiencia en la Asociación


Católica de Jóvenes Mexicanos, una organización creada para evitar la contaminación ideológica de la juventud por la revolución cubana y que después fue usada, en 1961, como grupo de choque contra las manifestaciones de jóvenes comunistas gritando “cristianismo sí, comunismo no”. En la novela, Leñero hacía un cuadro con dos columnas para razonar las ideas de los que estaban, allá por 1967, a la derecha de Dios y a la izquierda de Dios. Sin embargo, el problema era, para mí, de expresiones a posteriori de su conflicto de fe.


 


 


Pero en la novela había más dudas que respuestas. Leñero tenía en las manos una obra que comenzaba como el planteamiento del conflicto de fe en el protagonista que era percibido como una oveja, en el lenguaje religioso, o como un borrego, como decían en los acarreos priístas, y que enfrentaba escenas de dudas de la fe y de la religión. Al final, sin embargo, a Leñero lo traicionó el mensaje. Bueno, le dije aquella vez a Armando Ponce, era una lectura nada menos que treinta años después.


 


 


(me sentía como arrastrado en esas marchas, porque en el fondo no quería ir pero la defensa de la fe me llevaba a gritar, perdido el sentido del control, en contra del comunismo, aunque más tarde me di cuenta que se trataba de una falta de convicción, por eso invente a Bernardo como personaje de la novela, como el protagonista que quería que entrara en conflicto y que estallara las páginas, pero al final se me perdió en una de las manifestaciones y no volví a encontrarlo sino que agarró su propio camino, al final no supe mantenerlo como personaje y luego se fue convirtiendo en el escéptico de la novela y no sabía cómo regresarlo a personaje literario e inclusive se lo platiqué a Estela pero ella no parecía entender mis obsesiones, aunque siempre me apoyó en esas horas de angustia de fe que no eran las únicas porque pocos saben lo que pasa en la estabilidad emocional del autor cuando crea personajes que adquieren su vida propia y que se salen de los contextos predeterminados, porque al revisar, años después, la novela Redil de ovejas, me encontré que el arranque quiso ser una recreación literaria del ambiente de 1961 pero luego me ganó el choque con la realidad en 1967 y la novela se me fue por el lado de las tesis religiosas y yo no quería eso, carajo, yo quería estar siempre dentro de la literatura, pero las cosas son como son, y me pasó con la obra de teatro Pueblo rechazado, cuya revisión por algunos de los involucrados me hicieron dudar de lo que yo quería decir pero me negué a hacerle cualquier modificación porque quería nada más decir las cosas que yo quería decir y no hacer personajes teatrales pero ajustados a su biografía real, y se enojó el padre Gregorio Lemercier, el sicoanalista Gustavo Quevedo y hasta don Sergio Méndez Arceo, porque decían que no me ajustaba a la realidad y nunca pude convencerlos que la literatura es otra cosa que nada tiene que ver con la realidad, o sí tiene que ver pero de otra manera, y creo que logré cuajar lo que quería decir en las páginas de redil de ovejas que hablan de la manifestación del 15 de mayo para conmemorar el setenta aniversario de la encíclica sobre el trabajo de León Trece y qué mejor pretexto encontró la iglesia para enfrentar la oleada comunista que había llegado de Cuba por la revolución de Fidel porque ahí los organizadores aprovecharon para ideologizar la fe religiosa y por eso en mi cuadro de la izquierda y la derecha de dios pude plasmar, aunque fuera de manera muy esquemática, las ideas terrenales de la religión del cielo, y no me importaba que después se tergiversara la lectura literaria de una novela por el esquematismo estructural de una novela que estaba explorando, y además lo hice a propósito porque en 1973, en que se publicó, ya estaba yo hasta la madre de los ninguneos de las mafias literarias que no habían aceptado mis textos y que no re- conocían el valor del Premio de Novela Breve de Seix Barral para Los albañiles en 1963, un premio que había encumbrado a escritores como Mario Vargas Llosa y Juan García Hortelano antes que yo, y después ese premio proyectó internacional- mente a escritores como Guillermo Cabrera Infante, Juan Marsé y Carlos Fuentes, pero a mí siempre me hicieron a un lado, y no se me olvidan los textos de Mario Benedetti en contra y la generosidad de José Donoso para evitarme más broncas porque él fue otro de los ninguneados de entonces porque formó parte del boom, pero ese grupo funcionaba como mafia y nadie más pudo entrar, pero ya de qué sirve si al final de cuentas lo que vale son las obras y ahí están).


 


 


Pero en realidad yo andaba en busca no de fundamentos teóricos sino de expresiones literarias de un autor respecto al contenido de sus obras.


 


 


Habla con el Leñas —me sugirió Ponce.


 


 


No —le dije. Ya lo conocía. Era reacio a discutir sus obras. Le encantaba explicar las de los demás pero no la propia.


 


 


Nada pierdes.


 


 


No le quise decir a Armando que no quería que Leñero se diera cuenta que andaba husmeando en su vertiente de autor de temas católicos conflictivos.


Así que tuve que seguir por mi cuenta. (nunca quise ser periodista pero no por rechazar el oficio que había estudiado simultáneamente a la ingeniería, sino porque no parecía tener carácter para el reporteo diario en la calles, a mí me gustaba más ver y mirar las cosas, digerirlas y luego escribirlas, y para probarlo ahí están mis trabajos en la revista Claudia, Revista de revistas, Excélsior y Proceso; decían que no podía ser reportero por mi mal carácter porque para ser reportero hay que tener perseverancia, aguantar lo que venga y tener siempre el objetivo de ganar la nota a cualquier sacrificio, eso que le admiré siempre a Julio Scherer pero que yo no podía, cuando me mandaban cubrir eventos iba siempre a regañadientes, mascullando palabras que nadie entendía y si me preguntan hoy seguramente que tampoco sabría decir qué decía, mis entrevistas con personajes siempre fueron acartonadas y se salvaban porque tenía la facilidad del estilo literario y más en un medio periodístico acartonado que apenas pudo agitar un poco el Excélsior de Scherer, con los estilos más ágiles y vivos, pero a mí me imponían las personalidades, a Cantinflas, por ejemplo, nunca pude sacarle más que una descripción de su casa, por eso encontré en la literatura el camino para expresarme sin el limitante de la realidad, así escribí Redil de ovejas para recrear los ambientes del catolicismo conservador de principios de los se- senta y así dicen que perdí la oportunidad de hacer el verdadero reportaje del conflicto de Excélsior en 1976 porque Los periodistas fue para mí una novela de la realidad pero dicen que me excedí por el uso de monólogos, como éste, que siempre se salen de las reglas del periodismo, que no debe imaginar las cosas sino contarlas como son, pero de todos modos yo hice lo que creo que debí hacer y que ese fue el punto central del caso Amaro, y fíjense que hablo del caso Amaro, no del guión de cine basado en la novela de Eca de Quiroz ni tampoco de mi novela sobre el padre Amaro basado en el guión de la película, sino del caso Amaro porque englobó lo mismo mi trabajo como autor con obsesiones católicas que mis propias preocupaciones, y no me costó trabajo fusilarme al personaje Amaro de Eca de Quiroz porque al final de cuentas pocos, por no decir que casi nadie, se tomó la preocupación de leer la versión de Eca de Quiroz de 1875 y que mi obra toma el personaje y algunos de sus contextos pero el mío es del siglo XXI y no el decimonónico de mi admirado José María, claro que con el riesgo de que no falte por ahí el crítico que quiera escribir una novela sobre un desfacedor de entuertos en el siglo XXI que se llame Don Quijote o cualquier otro personaje ya conocido de la literatura universal, pero a ellos les quiero decir que lo de Amaro no fue lo primero, que me gusta tomar hechos de la realidad y darles una forma literaria, ya sea el caso de José León Toral que me sirvió para una obra de teatro pero basada en el resumen dramatizado de su juicio, o la forma en que usé textos originales de Lemercier y Méndez Arceo para Pueblo rechazado, o la forma en que rescribí la vida de Jesucristo en el siglo XX y renacido en la merced bajo el nombre de Jesucristo Gómez, así que debe leerse mi novela El padre Amaro sobre el guión de la película como una obra autónoma, con un personaje prestado, con principio y fin también prestado, pero que fue construido casi con autonomía, y que esta novela fue producto, es cierto, de mis obsesiones católicas, pero quién no tiene obsesiones, porque al final de cuentas el acto creador no es sino una forma de canalizar esas obsesiones, de sacarlas del cuerpo como exorcismo, o de darle cauce para discusiones como propuesta o de plano sólo por el simple hecho de ser creador de obras literarias basadas en una parte de la realidad).


 


Mucho muy delgado, alto, cuello largo, cabeza de forma extraña, mechón largo de frente y una nariz gruesa de tipo judío, así era la figura que llegaba a la redacción de la revista Claudia.


 


 


3.- El crimen del padre Vicente.


 


I


 


Si bien el debate ha querido enrolarse hacia una presunta ofensiva de sectores anticatólicos contra la sagrada institución de la iglesia y sus creencias, en realidad el verdadero origen del contenido polémico de la película El crimen del padre Amaro obedece a un ajuste de cuentas interno entre las corrientes progresistas y conservadoras de la propia iglesia vaticana. La reacción religiosa que quiso censurar la película, ignoraba o quiso ignorar el largo diferendo entre dos concepciones de la iglesia: al servicio de los pobres o a favor de intereses oligárquicos.


La clave de la discusión debió centrarse no en el director Carlos Carrera ni en el financiamiento público del gobierno foxista, sino en el autor del guión de la película, el dramaturgo y escritor Vicente Leñero. Leñero actualizó la novela del escritor portugués Eca de Quiroz, escrita en 1875, y la ubicó en el México contemporáneo. El guión fue el segundo experimento literario de Leñero, pues en 1979 publicó la novela El evangelio de Lucas Gavilán para reproducir el nacimiento, pasión y muerte de Jesucristo en el México de 1942 a 1975. Leñero, sin duda uno de los dramaturgos más audaces en sus propuestas, ha sabido manejar muy bien los tiempos literarios.


 



Leñero es uno de los más importantes escritores católicos. Y no solamente por sus creencias personales, sino por su temática. La bibliografía de Leñero es variada en esa experimentación: la novela Los albañiles de 1963 no oculta un ambiente cargado de religiosidad.


 


 


La temática religiosa es no sólo bastante variada en Leñero sino audaz, propositiva y hasta experimental. En 1969, Leñero publicó el guión de su obra teatral Pueblo rechazado, que es una visión crítica y religiosamente pesimista de un caso real: en 1967, el padre Gregorio Lemercier renunció a los hábitos por decisión del Vaticano porque había sido condenado por aplicar el sicoanálisis a la vocación sacerdotal. El padre Lemercier, bajo el cobijo del obispo Sergio Méndez Arceo, había instalado en Cuernavaca un monasterio sicoanalítico que causó pánico en Roma. Enjuiciado por el Santo Oficio —la versión moderna de la Santa Inquisición—, Lemercier fue condenado y tuvo que renunciar al sacerdocio. La obra de Leñero, profunda, compleja, recriminatoria, contó la historia de Lemercier.


 


 


En 1972, Leñero publicó su novela Redil de ovejas, un ajuste de cuentas con su propio pasado: el hilo conductor fue la manifestación católica del 15 de mayo —simbólicamente el día dedicado a los maestros— de 1961, cuando los católicos salieron a machar a las calles en contra de los efectos nacionales de la Revolución Cubana de Fidel Castro. En esa macha surgió el grito de “¡cristianismo sí, comunismo no!”


 


 


Más tarde, en 1979, Leñero publicó El evangelio de Lucas Gavilán, una novela que no causó polémica pero sí provocó ceños fruncidos en la jerarquía católica. El tema era audaz: la reproducción del drama de Jesucristo hace 2000 años pero ubicada en el periodo mexicano de 1942 a 1975. Los nombres, la realidad y los conflictos respondían al tiempo contemporáneo. Por ejemplo, el paralítico que en el evangelio original era curado por Jesucristo para que volviera a caminar, en la novela de Leñero es soplón de un sindicato independiente que espiaba para la policía. Los que torturan a Jesucristo no fueron los pretorianos romanos, sino judiciales del DF en separos del ministerio público.


 


 


En 1972, en el tiempo literario de la escritura de Redil de ovejas, Leñero tomó los documentos históricos sobre el juicio a José León Toral, el fanático religioso que asesinó al general Álvaro Obregón en julio de 1928, y escribió el drama teatral de El juicio. En esa obra había poco de creatividad literaria, pero la habilidad de Leñero como dramaturgo logró reconstruir la literalidad del juicio en un argumento político que diseccionó al sistema político revolucionario en los tiempos más calientes de la guerra cristera. En la misma tónica, Leñero usó documentos históricos para reconstruir la muerte de José María Morelos y Pavón en el drama teatral El martirio de Morelos, para darle salida a sus obsesiones de la religión como acto de fe pero en el infierno terrenal.


 


 


En este contexto, el guión de El crimen del padre Amaro llevó mucho de las obsesiones de Leñero como escritor católico pero crítico hacia las tergiversaciones de las prácticas religiosas. El enfoque de Leñero se ubica en una visión crítica de las vocaciones sacerdotales y en una condena —al exhibir las miserias humanas— a las prácticas comodinas de los sacerdotes en activo. La película dirigida por Carlos Carrera, por tanto, pudo proyectar el ojo crítico de Leñero que ya había sido lite- raturizado en novelas y obras teatrales anteriores.


 


 


La tarea no era fácil. El escenario religioso de Eca de Quiroz de 1875 difería mucho del México contemporáneo. Las actualizaciones de Leñero al guión de Eca de Quiroz tocaban temas sensibles, sobre todo el de las relaciones de la iglesia con el narcotráfico que el guionista conoció de cerca como subdirector de la revista Proceso y las revelaciones, por ejemplo, de los sacerdotes católicos en Tijuana y sus vinculaciones con el cártel de los hermanos Arellano Félix. La licencia de Leñero de actualizar textos literarios no es nueva y tiene validez, además de que se practica en todas las corrientes cinematográficas.


 


 


II


Las obsesiones religiosas que revela Leñero en sus novelas y dramas teatrales responden a un reclamo personal de un creyente hacia las tergiversaciones terrenales de su fe. En su vida pública, Leñero nunca ha aparecido como un fanático religioso. Y en su vida literaria, Leñero ha sido un severo crítico de la manipulación de la religión. En sus posiciones intelectuales, Leñero ha simpatizado con el enfoque de las corrientes religiosas progresistas del tipo de la teología de la liberación o del diálogo cristianos-marxistas. Así, el pensamiento católico de Leñero es progresista, con ciertos tintes socialistas pero todo a partir de una profunda fe en el evangelio cristiano.


 


 


La percepción de Leñero sobre la religión —que explicaría el contenido, alcance y propuesta del guión de El crimen del padre Amaro— se localiza en sus tres principales libros con tema religioso: sus novelas Redil de ovejas y El evangelio de Lucas Gavilán, y el guión teatral Pueblo Rechazado. Ahí permea la fe, el desencanto, la revalidación del enfoque cristiano, el afán de justicia terrenal de las enseñanzas de Jesucristo y las requisitorias contra los que se han olvidado de la fe o la han utilizado para enseñar el conformismo o servir a los intereses de los poderosos.


 


 


El eje dialéctico de la religiosidad de Leñero se expresa ampliamente en su novela Redil de ovejas. La marcha de católicos de mayo de 1961 había sido organizada por la Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos, la famosa —en esos años— ACJM, fundada a principios de siglo por ¿?, quien a su vez había sido fundador del Partido Católico Nacional y promotor de la colaboración de la jerarquía católica con el usurpador Victoriano Huerta. La iglesia veía con malos ojos al espiritista Francisco I. Madero y avaló, estimuló y bendijo el sangriento golpe de Estado. El PCN participó directamen- te en la guerra cristera y después fue uno de los pilares del Partido Acción Nacional.


La biografía personal de Leñero registra su participación activa en la ACJM, aunque con la incomodidad crítica: en descuerdo con los fanatismos religiosos, pero esa organización como el único camino para la participación religiosa terrenal. En Redil de ovejas, Leñero se sacude a sus demonios vargasllosianos del pasado y muestra el lado oscuro del fanatismo religioso. En la guerra cristera estallada for- malmente en 1926 nació el grito de “¡viva Cristo Rey!”, como un reclamo hacia el dinamismo revolucionario de la Constitución de 1917 y su revalidación del Estado laico que había consolidado Juárez con sus Leyes de Reforma.


 


La obra de Leñero tiene muchas líneas de lectura: la crisis vocacional de los sacerdotes, el fanatismo de obispos, la sumisión de los creyentes, la ideologización conservadora de las enseñanzas de Cristo, la politización de los católicos, el conflicto ideológico con las simpatías que despertó en México la declaración marxistaleninista de la Revolución Cubana de Fidel Castro. Pero de manera dialéctica, Leñero logra plasmar también los caminos liberadores de la conciencia que tiene la fe religiosa y las enseñanzas de Jesucristo.


 


La relación Redil de ovejas con El crimen del padre Amaro, ambas escritas en tiempos diferentes, no se agota en la libertad del guionista para recrear una novela histórica escrita hace casi 125 años, sino que se proyecta en algunos guiños no previstos. Los manifestantes ocupan la Basílica de Guadalupe en su primera gran marcha anticomunista —desafiando por cierto la rigidez de las leyes de cultos que prohibían ese tipo de expresiones públicas— y se cobijan bajo el manto de Juan Diego (página 17), “tú eres nuestro amparo, tú nuestra esperanza (Madre de Guadalupe), somos juandiegos indefensos amenazados por el cáncer de la época”. Y la polémica por la película El crimen del padre Amaro se recrudeció por el for- talecimiento católico apenas unos días después de la santificación de Juan Diego justamente en la Villa de Guadalupe, cristalizada por el Papa Juan Pablo II. La continuidad histórica, como los caminos de Dios, es inescrutable.


 


El nombre de la novela fue, de origen, un reclamo severo: no la fuerza de la fe, sino el valor del acarreo ovejuno, de las ovejas de Dios, aunque igual que los priístas. En Redil de ovejas hay una escena que plantea el cruce de similitudes: “a la manifes- tación de Cárdenas, en el Zócalo (la de apoyo a la Revolución Cubana en abril de 1961 por la frustrada invasión estadunidense por Bahía de Cochinos o Playa Girón), fueron miles. Nosotros tenemos que ser mucho más. Necesitamos un ejército y miren con qué gente contamos. Ratas de iglesia. Maricones de pacotilla, Niñas popis”.


 


Esta percepción literaria de Leñero sobre su realidad religiosa y la realidad de su país tiene que ver con El crimen del padre Amaro. Hay guiños, segundos pensamientos y hasta escenas en la película que tienen antecedentes en la novela. Por ejemplo, esa parte de la película que ha indignado a panistas y sacerdotes: una anciana bruja le da la hostia en comunión a un gato. En la novela, uno de los personajes centrales es la anciana Rosi: una mujer con los 2000 años de religiosidad sobre su cuerpo ajado, señalada por los niños como bruja, gustaba bautizar a los gatos porque también se iban al cielo y para ello se robaba agua bendita de la iglesia. En páginas intensas de su novela, Leñero desarrolla a Rosi y describe una escena en la que va a recibir la comunión, toma la hostia con cuidado en la boca pero la esconde rápidamente en su libro de oraciones y más tarde se la da en comunión a su gato.


 


La propuesta política de Redil de ovejas se explica en el capítulo 11. Comienza con una narración recreada en primera persona sobre los dos momentos críticos de la iglesia frente al Estado: la guerra cristera de 1926 y la larga lucha contra la política de 1947 a 1961. En ambos monólogos se escucha la voz de ultratumba de la iglesia en busca de su consolidación en el reino terrenal del Estado laico y contra las ideas socializantes. “Un paso al frente. Esto deben hacer todos los católicos para restablecer el reinado de cristo en nuestra patria”, dice el monólogo de 1926. “Mañana, cuando los hombres sensatos escriban llenos de horror la historia sangrienta del comunismo desaparecido, señalarán a ese llamado “materialismo histórico” como la utopía más absurda, como el ensueño más peligroso y destructor”.


 


Luego viene lo que podría considerarse una toma de posición de Leñero frente a los dos caminos de la iglesia: el progresismo o el conservadurismo. En varias páginas con formato de dos columnas, Leñero describe en una lo que ocurre “a la derecha de Dios: 1967” y en la otra “a la izquierda de Dios: 1967”. Los textos describen, en enfoques justamente conservador y progresista, el papel de la iglesia. Ahí puede encontrarse la obsesión de Leñero como escritor católico en sus obras sobre conflictos religiosos —la militancia ovejuna, el renacimiento de Jesucristo o 20la crisis de la vocación sacerdotal, los temas esenciales de sus novelas o su enfoque personal al rescribir y contemporizar la novela de Eca de Quiroz para el cine—:


justo en el conflicto ideológico del papel de la iglesia católica en la realidad.


 


El enfoque conservador es una requisitoria para la defensa de la iglesia ante el avance del marxismo a través de las tentaciones terrenales de las ideas socialistas a través del clero. La voz del monólogo conservador advierte de las tácticas para meter a los lobos entre los rebaños de ovejas dóciles. Esa voz critica las trampas “poscon- ciliares” y critica a los sacerdotes que se aprovechan de la ingenuidad de los fieles para “su labor descristianizadora”, algunos sacerdotes “simplemente tontos útiles y compañeros de viaje”. Esa misma voz clama porque los católicos no se desorienten con los caminos de conciliación entre pensamientos irreconciliables del cristianismo y el comunismo, por más tramas que pongan con argumentos de Juan XXIII o de Pío XII. La voz lamenta la declinación de las vocaciones sacerdotales y recupera las quejas de Paulo VI sobre el debilitamiento del clero. “Algunos de esos embozados enemigos creen que ha llegado ya esta hora (del fin de la iglesia) y se impacientan por consumar la destrucción. Son los profetas del Diablo” (páginas 144 a 148).


 


Del otro lado, la voz de la izquierda cristiana, la que vincula las vísceras con el cerebro, la que no atiende los llamados a no escandalizar. “La iglesia no se ha concluido todavía, ni es perfecta, ni está libre de culpa. Es una iglesia pecadora que se equivoca a cada rato; que llega tarde, muy tarde casi siempre, a los problemas sociales”. Es la iglesia que llama a “volver los ojos hacia dentro y emprender un doloroso examen de conciencia” para “poner al día la iglesia”, el aggiornamiento de Juan XXIII, la que clama el diálogo cristianos-marxistas porque los dos buscan el bienestar de la gente en esta tierra. “Lo que se dice hoy (en las encíclicas progresistas) debió decirse diez o veinte años antes… ¡Pobre iglesia! ¡Pobre catolicismo a la mexicana: tan lejos de Cristo y tan cerca de la Virgen de Guadalupe!”


 


III


 


Si en Redil de ovejas enfoca Leñero el tema de la ceguera de los creyentes, en Pueblo rechazado se mete de lleno al asunto de la vocación sacerdotal. El caso del padre Gregorio Lemercier sacudió las conciencias mexicanas y abrió debates a mediados de los sesenta. “Yo fui de los implicados ideológicamente en el caso” del padre Lemercier y la introducción del sicoanálisis en el examen de la vocación sacerdotal. Le costó trabajo a Leñero decidir la publicación del guión y el montaje de la obra. Lo interesante fue que la obra se presentó el 15 de octubre de 1968, en el contexto de la Olimpiada Cultural de los XIX Juegos Olímpicos que se realizaron en México. Y fue estrenada después del tlatelolcazo y sin conflictos o debates.


La obra es sencilla en su presentación pero compleja en su comprensión. Leñero, por cierto, dice que resistió presiones para hacerla más sencilla. El eje de la obra gira en torno a la comprensión de fondo sobre las vocaciones sacerdotales. Después del juicio en el Vaticano, un coro de católicos se enfrenta (página 76) a los monjes que habían aceptado el sicoanálisis para reconfirmar su vocación por la fe. “Someterse al análisis es mostrar que se cree en la fe”, dice el Monje 2. “Es un desafío por amor a la verdad, peor también el mejor homenaje que un hombre puede rendir a Dios, que es la fuente de la fe”.


 


El problema era visto con seriedad por el padre Lemercier y tocaba la inquietud fundamental de la vocación sacerdotal: ¿por qué decidían los hombres ser sacerdotes? El Monje 3 aborda, en un monólogo profundo, la esencia del experimento de Lemercier y resume el enfoque teatral de Leñero:


 


Cuando escojo la vida religiosa para servir a Dios y al prójimo con amor verdadero, lo hago con sinceridad. Pero ¿cuál es la calidad de ese amor verdadero?


 


¿Qué motivaciones más o menos impuras vienen a mezclarse con esa purísima intención? Se puede haber escogido el celibato por amor a Dios, pero también por miedo (subrayados de CR) a la mujer, por huir de las responsabilidades familiares o por un deseo de permanecer fiel al amor a la madre. Se puede desear la obediencia porque evita tomar decisiones personales. Se puede soñar con la pobreza evangélica por odio a los ricos, por masoquismo. Quiero ser verdaderamente sincero. Quiero poner toda la verdad posible en mi vida. Si el análisis me ofrece un medio para conseguirlo, sería desleal conmigo mismo y con Dios rechazarlo, a pesar de todas las dificultades y de todos los sacrificios que el análisis suponga”.


 



El coro de católicos prodiga su escepticismo y su inconciencia: “son víctimas. Los corderos inmolados. Hablan con frases ajenas”. Los temores revelados apenas en el guión teatral habían sido explotados en los medios: la comunidad sacerdotal del padre Lemercier había sido marcada por prácticas homosexuales, por desviaciones vocacionales, por sacerdotes que dejaban los hábitos después de explorar su subconsciente. El Obispo en la obra teatral —Méndez Arceo en la realidad— busca hacerse explicar ante el coro de periodistas o ante los cardenales del Santo Oficio: “aquel que se esfuerza por penetrar los secretos de sus cosas y de los seres es llevado por la mano e Dios, aun cuando no tenga conciencia de ello”. El Padre Prior justifica: “el análisis ha purificado la fe, ha despojado de engaños y mentiras para dejar sólo lo auténtico”.


 


Como católico, Leñero quedó marcado por el debate. En la introducción y el desarrollo de la obra, comparte el enfoque de Lermercier: el sicoanálisis permitirá confirmar o negar la vocación de los sacerdotes. Al final, el Vaticano condenó a Lermercier y lo obligó a colgar los hábitos. Este enfoque de observación literaria de un asunto religioso delicado y conflictivo —la vocación religiosa de los sacerdotes para asumir con responsabilidad la conducción de la grey católica— que viene de 1967 y 1968 se percibe como telón de fondo para definir el escenario del padre Amaro, un joven cuya vocación sacerdotal no resistió las tentaciones terrenales del sexo, pero en la película también se ven otras debilidades como la del sacerdote que recibía limosnas de un capo del narcotráfico.


 


Eca de Quiroz dibujó a un sacerdote angustiado por la debilidad de sus convicciones, pero Leñero escribió el guión a partir de sus experiencias sacudidas por el experimento sicoanalítico del padre Lemercier.


 


IV


 


Si Pueblo rechazado tocaba la sensibilidad de Leñero sobre la vocación sacerdotal y Redil de ovejas indagaba sobre las motivaciones de los creyentes, El evangelio de Lucas Gavilán sería la obra integradora de las dudas religiosas de Leñero. La novela es una reconstrucción puntual de la vida, pasión y sacrificio de Jesucristo 22 pero en un momento contemporáneo: Jesucristo Gómez nació en una vecindad del centro de la ciudad de México el 20 de diciembre de 1942 y murió 33 años después.


 


En el prólogo firmado por Lucas Gavilán, Leñero da algunas claves de interpre- tación de su novela. Dice que se trata —la reconstrucción de la vida de Jesucristo— de un camino sumamente transitado. Pero la novedad de su experimento radica en “intentar mi propia versión narrativa impulsado por las actuales corrientes de la teología latinoamericana”. Leñero se refiere, sin nombrarla directamente, de la teología de la liberación, una corriente progresista y de izquierda y sustentada en algunas enseñanzas del marxismo aunque sin la bendición de la Unión Soviética. Leñero cita a los teólogos disidentes como Jon Sobrino, Leonardo Bloff y Gustavo Gutiérrez, quienes marcharon en 1979 “a contrapelo del catolicismo institucional”.


 


Leñero sigue el camino de la versión castellana de la Biblia de Jerusalén, aunque con “una adecuación de cada enseñanza, de cada milagro y de cada pasaje al ambiente contemporáneo del México de hoy desde una óptica racional y con un propósito desmitificador”. Y aunque Leñero se justifica con la argumentación de que su libro “no pretende en modo alguno violentar la sensibilidad de los cristianos, a quienes va dirigido muy especialmente con el ánimo de acrecentar las enseñanzas que hemos recibido y fortalecido y depurar nuestra fe”, el libro sacude las conciencias cristianas.


 


Las razones del impacto del libro en lo cristianos tuvo un efecto singular: casi 2000 años después del sacrificio de Jesucristo, el mundo es peor que el que vio el fundador. La propuesta de Leñero se ubica en el juego literario de Jorge Luis Borges en su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”. Borges narra la vida del francés Pierre Menard, que vivió 150 años después de Miguel de Cervantes. Y Menard escribió el Quijote. El juego literario de Borges se percibe en un párrafo del Quijote de Cervantes comparado con el mismo párrafo del Quijote de Menard. Visto con objetividad, el párrafo es exactamente el mismo pero el sentido de la lectura es diferente: el Quijote se lee de una manera con su autor español que con el contexto histórico de Menard y sobre todo del lector que sabe del Quijote cervantino. Leñero, buen lector de Borges, nos ofrece un juego similar.


 


La propuesta literaria de Leñero es, de origen, un reclamo. El nacimiento y pasión de Jesucristo en el México de los setenta aparece como un fracaso de la dirección católica mexicana. El mensaje es demoledor: el sacrificio de Jesucristo hace 2000 años fue inútil. El libro debe leerse en su contexto temporal: fue terminado en 1979, el año de la crisis del papado por la muerte de Paulo VI, la designación de Juan Pablo I y luego su muerte extraña y más tarde el ascenso del Papa polaco Juan Pablo II de la mano de la derecha reaganiana como parte de la fase final de la guerra fría. La iglesia que había nacido para redimir el alma humana había caído en los juegos de poder terrenales.


 


La decepción de Leñero se literaturiza con sensibilidad. Lucas Gavilán cuenta las dudas de Jesucristo Gómez en el México de los cincuenta. A casi dos mil años del primer gran evangelio, el Jesucristo moderno vive lo mismo: “¿por qué hay tan pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco? ¿Por qué hay gente pidiendo limosna en la entrada de la iglesia? ¿Por qué hay cárcel en el pueblo? ¿Por qué le damos dinero a la señora de la tienda? ¿Por qué el señor cura es tan rico? ¿Por qué doña Mercedes les pega a sus hijos? ¿Por qué se muere la gente?” Los por qué 23 narrados casi dos mil años después se leyeron como una severa, severísima, crítica de Leñero como católico a los jefes de la iglesia.


 


El enfoque de Leñero es de reclamación. A dos mil años de su sacrificio, Je- sucristo nuevamente vivo era un subversivo del orden establecido. Leñero recrea a Jesucristo Gómez expulsando a los vendedores del templo. Jesucristo Gómez asistió a una misa en una iglesia de las Lomas y se indignó a media homilía. Enojado, Jesucristo Gómez discutió a gritos con el sacerdote. “De un salto, trepó al presbiterio y derribó a manotazos los objetos litúrgicos: el misal, el crucifijo, el cáliz, las hostias de consagrar”. “¡Bandidos, bandidos!”, gritó enfurecido. La noticia corrió como reguero de pólvora. El expediente judicial de Jesucristo Gómez, en actas levantadas en ministerios públicos, lo caracterizaba de “terrorista, agitador, comunista, facineroso, criminal”.


 


La propuesta del autor era demoledora: se había traicionado el evangelio de Jesucristo. Y si Jesucristo volviera a nacer, de nueva cuenta caería en las redes trituradoras del poder. Para Leñero, la iglesia institucional había traicionado los principios de Jesucristo. Literariamente, Leñero cerró el círculo de la reaparición de Jesucristo y fue más allá del juego borgiano de Pierre Menard. Pero nuevamente aparecieron las obsesiones de Leñero: el final de El evangelio de Lucas Gavilán na- rra la aparición, por Iztapalapa, de un vendedor de mandarinas que trata de juntar a los apóstoles con los argumentos de Jesucristo Gómez. Cuando le preguntaron que a qué se dedicaba, el señor de las mandarinas contestó: “soy sacerdote”. Y el sacerdote es el centro del guión de Leñero sobre El crimen del padre Amaro.


La fijación de Vicente Leñero sobre los sacerdotes —muy clara en Redil de ovejas, más en Pueblo rechazado y al final de El evangelio de Lucas Gavilán— es retomada en El crimen del padre Amaro. En El evangelio de Lucas Gavilán aparece la figura del sacerdote en un conflicto dialéctico: culpan a los sacerdotes de las varias muertes de Jesucristo Gómez —como hombre, como voz de Cristo—, pero el sacerdote aparece también como el salvador: “no me juzguen por lo que soy, sino por lo que hago”. Pero los gritos de los seguidores de Jesucristo Gómez eran imparables. Pedro Simón —el más fiel seguidor pero el que negó tres veces antes de que cantara el gallo— le dijo al sacerdote-vendedor de mandarinas: “es mejor que se vaya. Ahorita los ve así porque no es para menos, pero entendimos que el maestro no está muerto. Y eso es lo importante”. “Sí”, contestó el hombre —¿Jesucristo Gómez que había regresado como sacerdote?


 


V


 


Como guionista, Leñero no se concretó a enriquecer una novela portuguesa de 1875 con hechos o sucesos del presente mexicano. Como escritor, Leñero asume su tarea con profundidad. Y en El crimen del padre Amaro logra entretejer sus propias obsesiones sobre tres temas de la religiosidad que había trabajado como novelas y obras de teatro en el pasado, las tres cuajadas con inteligencia y audacia en la película: la vocación sacerdotal, el papel pasivo de la feligresía y el fracaso del catolicismo como una forma de mejoramiento de la calidad de vida de los mexicanos. Asimismo, como trasfondo aparece el conflicto personal de Leñero ya fijado en 24 sus obras comentadas: la simpatía por una iglesia católica progresista, liberadora, frente a una iglesia católica expoliadora de la conciencia de los creyentes.


 


El debate provocado por la película de Carlos Carrera, con guión de Leñero, se retroalimentó por el reciente debate en torno al comportamiento presidencial encimoso en la reciente visita del Papa Juan Pablo II. Pero el perfil del debate apa- rece equivocado: no se trata de un choque entre ateos y creyentes o entre cristianos y Estado laico, sino que el eje de la polémica debe buscarse en las motivaciones del guionista como autor de una obra que asume sus conflictos católicos anteriores y los lleva a la pantalla.


 


El debate sobre El crimen del padre Amaro no debe agotarse en el silencio sobre las desviaciones terrenales de la iglesia y de sus sacerdotes, sino en el enfoque crítico de un escritor católico. Así, el debate sobre la película es expresión del debate interno en la iglesia sobre el papel de los sacerdotes y de la religión en la liberación de los creyentes o en las complicidades de la jerarquía católica con grupos de poder.


 


La película cumplió su misión de agitar conciencias. El guionista utilizó la novela de Eca de Quiroz para darle nuevo dinamismo a sus obsesiones religiosas. Ya lo dijo doña Rosi, la anciana de Redil de ovejas que bautizaba gatos y les daba hostias de comunión: “el cine había sido inventado por el demonio para impedir que la gente rezara el rosario por las noches”.


 


4.- Las obsesiones de un autor.


—Ya es un tema tocado, ¿no?


La pregunta no sorprendió a Vicente Leñero. Le gustaba hablar de literatura con novatos pero no tenía mucho carácter para aceptar la crítica. Estábamos en el grupo “El mollete literario” un jueves en la noche, después del cierre de edición de la revista Proceso, en Vips, comiendo molletes y bebiendo café y cervezas, para hablar de novelas y cuentos. Rara vez aceptaba Leñero hablar de lo que estaba escribiendo, pero el tema salió y yo no recuerdo por qué: estaba entusiasmado por su novela El evangelio de Lucas Gavilán. Era la reescritura de la escritura: el renacimiento de Jesucristo en el México de 1979 y situaba Belén nada menos que en la merced. Alguien mencionó La tourné de Dios, pero Leñero dijo que era otra cosa: lo suyo no era nada más el sentido literario de revivir una historia clave para la humanidad, sino una revisión de sus convicciones, una forma de decirle a los demás lo que pensaba. Los que estábamos en la mesa entendimos el guiño: la obsesión religiosa de Leñero, un católico convencido pero sufrido por la desviación de las enseñanzas del evangelio. No le resultaba fácil usar su conflicto religioso como tema de sus novelas porque escribirlo era un padecimiento adicional a lo vivido, pero era la única manera —decíamos entre nosotros cuando él no estaba presente para escucharnos— de mantenerse cuerdo.


 


Leñero sufría el tema religioso. Era creyente pero detestaba a la jerarquía conser- vadora y sus prácticas que nada tenían que ver con las enseñanzas de Dios, aunque hacia nada directamente para modificar las cosas. Por eso pensaba yo que mejor escribía sus obsesiones. Se apasionaba, por ejemplo, cuando hablaba de Sergio Méndez Arceo, el obispo de Cuernavaca que había tratado de poner a la iglesia en contacto con la realidad social. Eran los tiempos de los setenta. Pero Leñero venía de conflictos más añejos. Le tocó, años antes, el problema del padre Lermecier, quien trató de introducir el sicoanálisis para fortalecer la vocación religiosa de los sacerdotes, y el esfuerzo de Iván Illich para fundamentar y promover la iglesia de los pobres. Y luego se entusiasmo cuando la iglesia se hizo revolucionaria, se ligó a los revolucionarios y hasta hizo la revolución. La Teología de la Liberación también le dio ánimos. Pero luego se apagó. Lo que nos contó como adelantos sobre El evangelio de Lucas Gavilán parecía tener cierto tono de frustración no asumida. No era lo que escribía sino cómo contaba lo que estaba escribiendo. Era difícil tratar estas conclusiones con él, pero había espacios no para la discusión sino para el intercambio de criterios y puntos de vista. Yo estaba en la revista cuando llegó Karol Wojtyla al papado y percibí el conflicto de fondo de Leñero: la esperanza de que se comprendiera la necesidad de la iglesia para los pobres. Pero Leñero como que había perdido la exaltación por el tema. En las reuniones para definir la cobertura informativa de la visita del Papa, Leñero no podía ocultar sus contradicciones a veces desgarradoras entre su fe y la realidad de una iglesia cuya dirigencia se había olvidado del Jesucristo de los pobres.


 


Cuando supe los incidentes en torno a la película del padre Amaro que había hecho el cineasta Carlos Carrera, con guión de Vicente Leñero a partir de la novela de Eca de Quiroz, me dediqué a recopilar información sobre el conflicto de Leñero con la religión. Poco pude tener sobre la condición de la fe de Leñero, pero sus vivencias aparecían ya digeridas en sus novelas y obras de teatro. En los sesenta, Leñero había formado parte de las juventudes católicas conservadoras —reaccionarias, más bien— y había estado en la manifestación católica a La Villa para enfrentar el avance del comunismo en Cuba y sus efectos en México en 1962. Leñero, pues, estaba enfilado en rumbo de colisión en una severa crisis de conciencia pero después de una toma de posición política y a veces ideológica aunque sin muchas ideas propias. Pocos podían resistir este choque de contrarios. Pero lo interesante fue que Leñero, aún con una visión crítica y amarga sobre su religión, nunca defec- cionó de sus creencias. Tan sólo las trasladó a la literatura: novelas, cuentos, obras de teatro. Es decir, se las comió todititas.


Esta novela que escribo no quiere interpretar el conflicto interior de un escritor católico, sino busca reescribir la historia de un novelista que reinventó literariamente a un sacerdote que le pertenecía a otro narrador y que se vio mezclado en las tres historias, y la cuarta con la mía. Después de que pasó el escándalo con la película sobre el padre Amaro, Leñero publicó una novela a partir de su guión y basado en la historia de Eca de Quiroz de 1875 pero con sucesos de los noventa mexicanos. Todo lo que aquí se diga no es cierto porque fue verdad. Los testimoniales de la investigación no mienten sobre las mentiras de una verdad. Esta novela es sobre el Leñero que reinventó al padre Amaro y que trató de reinventarse a sí mismo.


 



—Leñero llegó a la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García” cuando estaba en su pleno apogeo panista —dice sin esfuerzo de memoria una voz de aquellos tiempos—, casi como escuela de cuadros. Septién había sido panista y director de la revista La Nación, órgano oficial del PAN. Eran los tiempos del panismo profundamente religioso y conservador, escaso en votos. En los pasillos se discutía de religión y política, en ese orden. Leñero era de los que batallaban con pasión. No sé si ya estaba en las juventudes católicas de la ACJM, pero actuaba como militante.


 


Las reuniones de la ACJM eran casi secretas, recuerda el propio Leñero. La confidencialidad le daba un aire de seriedad. Un militante de esos años —no frus- trado, por cierto, sino más bien lejano de esas prácticas— me confió que había poco por qué luchar. El país había entrado en una especie de letargo político. Lázaro Cárdenas estaba neutralizado, el país había salido de la guerra, el radicalismo priísta no era tema coyuntural. La lucha ideológica era mucho menor. Las reuniones en la ACJM eran casi como clases de catecismo: muchos rezos y poca política. Los grupos religiosos eran uniformes, no había disidencia evangélica. No había nacido la iglesia de los pobres.


 


—El conflicto vino hacia finales de los cincuenta y principios de los sesenta—recuerda otro— y fue por Cuba, por la Revolución Cubana.


 


Cuba, Cuba, Cuba, la realidad cubana fue un punto de inflexión para cuando menos tres generaciones, la que ya estaba grande cuando ganó la guerrilla, la de los jóvenes en esos años de 1961 a 1963 y la de los que eran niños y vieron a Cuba ya consolidada como una estrella solitaria. Leñero no hablaba de Cuba. Pero viajó a la isla en 1975 y a su regreso escribió un libro. Cuba era, por ese año, todavía un sueño revolucionario y Leñero venía del agotamiento de Los albañiles y sobre todo del exorcismo de Redil de ovejas, ambos vinculados a un enfoque social bien llevado a la literatura a través de personajes singulares y contradictorios.


 


La trayectoria personal de los años de Leñero explicarían los enfoques y alcances de su literatura: de carácter hosco, también tímido, el escritor siempre rehuyó los grupos intelectuales. Las cenas con nosotros en “El mollete literario” —como le puso Armando Ponce, coordinador de cultura de Proceso— eran algo así como la antítesis de las cofradías o las mafias literarias. Y a pesar de que Leñero era el escritor del grupo, nunca ejerció ninguna jefatura. En una de las cenas nos contó lo que suf rió como becario del Centro Mexicano de Escritores, donde más que aprender a escribir tuvo que aprender a defenderse de otros escritores noveles porque eran más bien sesiones de canibalismo literario. Los textos que se presentaban a la lectura ante los demás becarios eran mate- rialmente destrozados por los asistentes. Una vez Leñero tuvo que desquitarse por las críticas de Juan García Ponce y le subrayó todos los “que” que había en un largo párrafo y dijo que Juan nunca se lo perdonó.


 


Además de anecdótico, este tipo de rasgos de carácter indican pistas muy im- portantes en los escritores. Todo narrador pierde el control sobre sus sentimientos y sale siempre derrotado por sus personajes. El escritor que gobierna a sus personajes abandona muy rápido el camino de la literatura. Por eso me llamó la atención el especial carácter hosco de Leñero porque indicaría sin duda la principal línea creativa. ¿Cómo un escritor con estas características se enfrentaría a la realidad de Cuba en el 25 aniversario de la revolución de Castro? ¿Cómo alguien con la sensibilidad social de un ingeniero que convivió con los albañiles y reflejó esa realidad de descomposición social iba a enfrentarse a una revolución con muchas carencias? ¿Y cómo el católico que salió a defender su religión contra el comunis- mo en 1961 y a gritar “cristianismo sí, comunismo no” iba a encarar directamente la realidad del socialismo que quería ser comunismo? Aún a expensas de sus exorcismos, Leñero tendría que encontrarle una solución al conflicto realidad- ficción, militancia-distancia.


 


Leñero siempre ha tenido una inclinación política progresista pero sin estar atado a ideologías. Su percepción periodística es abierta pero no resiste la con- frontación: escribe lo que piensa y ya. Me tocó entrarle en una polémica sobre Leñero cuando yo ya no escribía en Proceso. Como había recibido el premio de periodismo “Manuel Buendía” 1993 de las universidades públicas, me tocó ser parte del jurado para 1994. Ahí Julio Scherer, como jurado principal, decidió que el premiado fuera Vicente Leñero. Yo me opuse con un argumento válido: Leñero es un extraordinario escritor y un dramaturgo de primera línea pero no es un periodista cotidiano. Scherer y yo discutimos. Elena Poniatowska había propuesto a Amador Avendaño, el director del periódico ¡¿?! de San Cristóbal de las Casas que había sido el enlace del EZLN pero que después había pasado a la política. Scherer vetó a Avendaño: quería periodistas puros. Yo dije que Leñero era más escritor y dramaturgo que periodista. Al final tomamos una decisión salomónica: medio premio a Leñero y medio a ¿?.


 


Años después, en una entrevista leí que Leñero decía que él se había metido a estudiar periodismo en la “Septién García” no para seguir los senderos del oficio como reportero en las calles, sino para aprender a escribir. “No quería ser periodista”, afirmó, aunque tuvo el talento de aprender las reglas estilísticas del oficio. Sus novelas tienen más de un ojo periodístico y de estilos de redacción reporteril que técnicas de la novela. Aunque, eso sí, Leñero ha sido un talentoso lector de estilos. Hasta el final tendrá que seguir cargando las referencias a la forma en la que cayó en los brazos del nouevau roman francés o “nueva novela” de los sesenta, cuya propuesta radicaba resumidamente en la escritura automática, es decir, el hilo de las palabras iba dibujando una visión, no había anécdota o historia. Esta novedad estilística necesitaba de un gran dominio del lenguaje. Leñero lo tenía. Su novela La voz adolorida que después corrigió y publicó con el título de A fuerza de pa- labras, exhibió un control muy profesional de las palabras, de la construcción de oraciones, del ritmo literario y de los personajes.


 


El Leñero periodista no pudo llegar más lejos. Él mismo se arrepintió en algunas entrevistas de sus estilos literarios en textos que merecían más el rigor periodístico. Truman Capote suf rió mucho cuando escribió A sangre fría, porque tuvo la tentación de salirse de los espacios de rigor realista y se ajustó sólo a utilizar las estructuras de la novela a una historia narrada por sí misma. Años después, su eterno rival Norman Mailer, quien por cierto había criticado la obra de Capote con tono de burla porque decía que una novela sin ficción no era novela, publicó la historia de Gary Gilmore, un asesino que había sido atrapado, enjuiciado y condenado a muerte y que había sido po- pular por sus cartas. La novela La canción del verdugo, daba pasos delante de Capote: estaba basada en la realidad de Gilmore y en las cartas que le había entregado, pero utilizaba la técnica narrativa de la recreación de ambientes para imaginar la realidad y proyectarla. Capote, irónico, felicitaba a Mailer de haberle dado la razón; Mailer decía que la suya era una novela porque incluía la imaginación. Los dos tuvieron la razón porque detrás de la realidad estaba la literatura como el oficio de la imaginación y la invención.


 


El espíritu de Leñero siempre se ha movido entre la contradicción y la insatisfacción. La que parecía la más acabada técnica de la literatura realista, Los periodistas, terminó en una mezcla de géneros literarios que sacaron el tema de la realidad y lo llevaron a la ficción. Pero el tema era el conflicto en el periódico Excélsior en 1976 que tuvo su punto más difícil en la salida del diario de Julio Scherer, Vicente Leñero y decenas de periodistas, reporteros, editorialistas y trabajadores. El libro tiene un 60 por ciento de narración real con utilización de técnicas formales de la literatura —estructura dramática, manejo de los diálogos, acomodamiento de situaciones, entre otros detalles— pero el resto es inven- ción utilizando técnicas del teatro y de la literatura que fascina a Leñero: el monólogo interior y exterior. Al final, Los periodistas, es una novela plural basada en un hecho real. La literatura había ganado una propuesta más, aunque el periodismo había perdido una oportunidad para el género. Alguna vez en “El mollete literario” hablamos de estos temas, sobre todo a propósito de los textos de Francisco Ortiz Pinchetti, pero no recuerdo que hubiéramos llegado a una conclusión. Aun en el periodismo, Leñero terminaba por quedar atrapado en las coordenadas de la literatura.


 


¿Cuál era el común denominador de Leñero como creador en cualquiera de las especialidades? Entre tantas apreciaciones sobre en análisis de un autor, llegué a la conclusión de que su obra creativa y periodística y personal revelaban el drama de un hombre de fe. Es decir, el conflicto entre un creyente católico en un mundo si no perfecto cuando menos justo y una realidad que sabía que no podía modificar ni siquiera en su creación-invención literaria. La obra de Leñero era, para jugar con sus propias percepciones, una voz adolorida. Pero el conflicto era mayor. ¿Realmente era Leñero un escritor católico que llevaba sus sufrimientos a sus obras? Todo indica que sí. Inclusive, en su literatura que no toca el mundo relacionado directamente con el catolicismo se llega a percibir un manejo de personajes que reproduce el apremio de la religión. Y en un mundo plagado de contradicciones, los personajes de Leñero se mueven en el limbo del conflicto pero no de la culpabilidad. Son personajes abiertos, plurales, culpables sólo de vivir en un mundo injusto. Así, la literatura era para Leñero un acto creador para la expiación humana.


 


Por eso le han molestado siempre las dudas sobre su trabajo creativo. Leñero no se considera un escritor católico aunque no niega la importancia de escenarios y conflictos del catolicismo en algunas de sus obras. Contó una vez que su pleito con el escritor veracruzano Juan Vicente Melo llegó al punto de diferencias los enfoques católicos de ambos: Melo se asumía como escritor católico y concebía a Leñero como un escritor mocho, es decir, afectado por una religiosidad extrema pero sin convicción personal. Pero no, Leñero es un escritor católico que escribió obras con conflictos dramáticos católicos y algunas revelando los problemas de la fe católica. Su acercamiento al padre Amaro de Eca de Quiroz, por ejemplo, estaba basado en su percepción de la falta de fe de un religioso y la forma en que no ser vía a su comunidad. Al trasladar al personaje a la realidad mexicana de f inales de los noventa, Leñero no hizo más que enlistar sus obsesiones sobre la falta de fe de los encargados de promoverla entre los feligreses: el narcotráf ico, el sexo, la ausencia de vocación, la pérdida de fe de los propios creyentes y sobre todo la hipocresía de los sacerdotes. Era, pues, una especie de ajuste de cuentas.


 


Pero esta parte de la creación literaria de Leñero en el contexto del catolicismo tiene una parte todavía oscura: ¿cuál es la propuesta religiosa de Leñero? Ha simpatizado, es cierto, con la teología de la liberación, estuvo cerca de Sergio Méndez Arceo en Cuernavaca, conoció a Ivan Illich y al padre Lemercier, pero en sus obras hay más bien una difusión de la realidad. En Redil de ovejas dispone los dos enfoques de la religión católica f rente a la realidad, la derecha y la izquierda, pero sus personajes revelan más bien los problemas de una religión alejada de la realidad del pueblo que suf re. No se conocen textos de Leñero sobre la religión, la fe o sobre la función de los sacerdotes. A lo mejor ni falta que hace porque para eso están sus obras literarias, pero de todos modos se necesita de mayor información para tener una percepción acaba de las motivaciones literarias de un autor.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password