La CochinitaOpinión
Las vías rotas de la modernidad

El catastrófico choque de trenes de alta velocidad en Toledo, España, que ha dejado decenas de fallecidos, entre ellos un connacional originario de Aguascalientes, sacude la conciencia internacional. Las imágenes de vagones destrozados en una de las redes ferroviarias más avanzadas del mundo no solo conmocionan por la pérdida humana, sino porque revelan que ni la tecnología más sofisticada está a salvo cuando fallan los protocolos.
Las reacciones vinieron desde el más alto nivel desde el Rey Felipe VI que remarcó la importancia de que la investigación aclare con total precisión "cómo y por qué ha sucedido esta catástrofe". El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se trasladó a la zona del siniestro y aseguró que se "reforzará la seguridad" del sistema ferroviario para evitar tragedias similares.
Para los ciudadanos en México, sin embargo, esta tragedia europea no es un hecho aislado ni lejano; es un espejo incómodo que proyecta con dolorosa lucidez una serie de heridas nacionales que siguen abiertas y sin sanar.
El desastre en España inevitablemente activa la memoria colectiva en México, trayendo al presente tragedias y fallas que comparten una misma raíz sistémica. Nos hace recordar el colapso de la Línea 12 del Metro en 2021, la peor catástrofe en el transporte de la capital; el trágico descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca, en diciembre de 2025, repitiendo el siniestro meses después; y los constantes e inquietantes incidentes y descarrilamientos en el Tren Maya.
Mientras que en el extranjero un error operativo además de que puede costar el cargo a ministros, de inmediato se inician investigaciones y se fincan responsabilidades en los casos que amerite, mientras que en el suelo nacional el origen de las fallas obedece a una terna letal: corrupción, ineptitud e impunidad.
La corrupción como cimiento: Los megaproyectos en México suelen nacer bajo la urgencia del cálculo político más que del rigor técnico. El Tren Maya personifica esta realidad. El escándalo de los audios filtrados de Amílcar Olán conversando con Pedro Salazar Beltrán, primo de los hijos del expresidente, desnudó el verdadero motor de la obra: una red de influencias donde el balasto y los materiales deficientes se entregaban bajo la cínica premisa de que, si el tren se descarrilaba, "ya sería otro pedo". La calidad de la infraestructura se subordinó por completo al negocio familiar. El descaro llegó a tal grado que el presidente de la República, nombró a su hijo, Gonzalo como supervisor de las obras.
La ineptitud técnica y el desdén operativo. En el caso de la Línea 12 del Metro, el pecado original radicó en la incompatibilidad estructural inducida por Marcelo Ebrard, entonces jefe de Gobierno, y Mario Delgado, su secretario de Finanzas. Ambos avalaron la compra y arrendamiento de trenes con especificaciones técnicas europeas totalmente distintas a las requeridas por el trazo y los rieles, forzando una interacción riel-rueda que provocaba un desgaste ondulatorio acelerado, vibraciones extraordinarias y fatiga sobre la estructura elevada. A este error de origen se sumó la total complacencia de la administración subsecuente: la falta de supervisión y el nulo mantenimiento bajo la gestión de Claudia Sheinbaum como jefa de Gobierno y de Florencia Serranía como directora del Metro. Ambas desoyeron múltiples advertencias de fallas estructurales previas y subestimaron el daño acumulado, prefiriendo la inacción hasta que la trabe de la estación Olivos se desplomó.
Ese mismo desdén técnico se observa en el Tren Interoceánico, donde las autoridades culpan exclusivamente al exceso de velocidad del maquinista, ocultando las severas deficiencias estructurales y la improvisación en el trazado de las vías.
Y lo mismo en el Tren Maya para concretar la ruta definitiva del Tren Maya, el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), reconoció formalmente haber realizado al menos 29 modificaciones al trazo original debido al hallazgo de vestigios arqueológicos, cenotes e impedimentos técnicos de gran complejidad. Lo que mostró que ni siquiera tenían estudios previos para el desarrollo de la obra. A lo que se suma la mala calidad de los materiales suministrados que afectaron el diseño original del Tren, con consecuencias terribles, como reducir la velocidad del tren de manera significativa, reducir el número de vagones, en lugar de tener nueve, solo puede circular con cuatro a riesgo de descarrilamiento o hundimiento de las vías.
La impunidad como punto de llegada: El rasgo más indignante de las tragedias ferroviarias mexicanas es el manto del olvido judicial. El discurso oficial suele recurrir a las indemnizaciones económicas rápidas o "acuerdos reparatorios" para extinguir la acción penal contra los altos mandos responsables, como ocurrió con los constructores de la Línea 12 y con los contratistas del Tren Interoceánico. Al final, las carpetas de investigación se congelan o se desvían hacia los eslabones más delgados de la cadena laboral (choferes o despachadores), asegurando que las cabezas políticas mantengan su inmunidad intacta.
Lo peor es la justificación para garantizar la impunidad. En la lógica del poder actual, las tragedias no se asumen como fallas de planeación, corrupción institucional o negligencia en el mantenimiento; se gestionan como crisis de imagen pública. La presidenta Claudia Sheinbaum ha desplegado una estrategia sistemática de contención política en los tres casos, cuya prioridad no ha sido fijar responsabilidades penales en los altos mandos, sino desviar la culpa hacia factores externos, errores humanos aislados o supuestas campañas de desestabilización mediática y evitar investigaciones y peritajes que no controlen.
El accidente en España nos demuestra que el transporte masivo de pasajeros exige una responsabilidad civil y técnica sagrada. El gran problema de México no es que los trenes fallen, sino que detrás de cada fierro retorcido y de cada vida perdida existe una estructura burocrática que normaliza el fallo, maquilla los errores humanos como "eventos" cotidianos y sepulta la justicia bajo una losa de cinismo. Hasta que la ineptitud tenga consecuencias penales reales y la corrupción deje de ser el motor de la obra pública, la modernidad en México seguirá descarrilándose, cobrando el precio más alto a quienes solo buscaban llegar a su destino.




