Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Venceréis, mas no convenceréis

Para Don Julián Marías

Son las 8 en punto del 12 de octubre de 2021. El mundo entero estuvo preso evitando el contagio de un virus que sigue haciendo estragos en países que lucran con la salud, o fallaron la planeación. Estoy parada en la imponente Plaza Mayor de Salamanca, la calle está húmeda, parece que a diario se levantan las mesas de los restaurantes que muerden la plaza para ofrecer a sus visitantes un pedazo de historia en piedra. La luz es diáfana y el azul del cielo muestra su argolla lunar como doncella presuntuosa. Esperé 24 horas para retratar la anomalía: una plaza sin gente.

12 de octubre, Plaza Mayor de Salamanca. Fotografía: Regina Freyman.

Los españoles lo que hacen en cuanto llegan a América es hacer una plaza, que como saben ustedes, es un espacio rodeado de casas que sirven para acotar el espacio y aislarlo del campo. La plaza mayor es la gran institución hispánica. El lugar en que se convive, en que los hombres están juntos, en que se ven unos a otros, en que se admiran, en que se envidian, en que un murmuran unos de otros, en que compran y venden, se requiebran y se piropean; en ella dan vueltas a la plaza toda la tarde los hombres, siguiendo el movimiento de las manecillas del reloj. Las muchachas en movimiento giran mientras las preside ese ojo ciclópeo que es el reloj del ayuntamiento, y así al cabo de verse una vez y otra vez, surgen los noviazgos, los matrimonios y la continuidad de las ciudades. Eso es fundamentalmente una ciudad hispánica, hecha de convivencia, hecha de conversación, porque los españoles y ustedes gente hispánica lo que hacemos principalmente es hablar y hablar y hablar.

Y hablamos español. Como dice el filósofo padre de novelista, México insiste en su origen indígena para señalar su diferencia, su separación, como el hijo que crece en busca de su propio camino.

Sentada en el Café Novalis pienso en uno de mis escritores favoritos: Miguel de Unamuno. Por años pasó tardes enteras dialogando en este sitio, cargado de su nívola en el Novalis. Lo imagino rodeado de niebla como esa ilustración de Dickens donde las emanaciones de su mente transfiguran personajes. Así entre el humo de tabaco, la Tía Tula, Abel Sánchez o a Augusto Pérez lo circundan en volutas. Y resuena con el tañer de la campana la voz de mi padre citando al autor o a Menéndez Pidal o a Ortega y Gasset en sobremesa. España corre en mis venas como fluyen por aquí la sangre árabe, judía, mozárabe, ibérica o visigoda; al fin la misma Madrid acusa en el nombre ser la matriz donde fluyen mil aguas ¿Hubo violencia entre conquistas, reconquistas y partos? ¡Siempre! Pero también hubo encuentros y saberes, mezclas y cantares. Me puedo ubicar orgullosa en la cima de una pirámide a pesar de sangre derramada y puedo comprender y hasta admirar a Isabel la Católica, esa niña que unificó un reino con mano de hierro. Supo legalizar la prostitución a petición del pequeño Juan, hijo primero que, como estudiante en Salamanca, extrañaba el calor de una mujer. O como monarca toda poderosa se rehusó a la esclavitud de los indígenas, dando paso el inicio de los derechos humanos que se concretizan con las leyes de Burgos y las Leyes Nuevas.

Miguel de Unamuno

Los imperios, como los hombres, no son ni buenos ni malos, y la historia, como la lengua, es un río que corre hacia adelante. El revisionismo histórico es una inquisición que destruye identidades en pro de un purismo de fantasía. La historia, como la conciencia, se revisitan para andar mejor, no para borrar la huella del camino sinuoso que nos trajo hasta acá.

En la vieja Salamanca cada lunes después de Semana Santa se conmemoraba el regreso de las prostitutas, una mácula necesaria en un pueblo académico y católico. Aun hoy se celebra a la orilla del Tormes una comilona familiar que nos habla de una corona tolerante. Jesús Málaga, quien  fue subdelegado del Gobierno en la provincia de Salamanca, afirma que el tradicional “Lunes de aguas”, tal vez la fiesta más icónica de la región,  “tuvo sus orígenes en un privilegio del príncipe don Juan, el hijo de los Reyes Católicos en 1496”, cuando sus padres lo nombran Señor de Salamanca y otorga a la ciudad privilegios, uno de ellos fue el de permitir una casa de putas o “mancebía” (de mancebo esclavo doméstico).

El edificio estaba junto al río Tormes, el encargado del lugar era conocido como el Padre Putas. Las profesionales del amor no vivían en ese recinto, sino en el poético, pero literal,  paseo del Desengaño, calle donde «había un caserío muy pobre, se dice que vivía la Celestina» afirma Málaga. Desde tiempos de Felipe II, en Semana Santa el prostíbulo cerraba para evitar el pecado, y las mujeres con el Padre Putas se iban a una casa que estaba al otro lado del río. El domingo al terminar la Santa semana las mujeres ”alegres” volvían con una rama con la que coronaban sus cabezas o bien en barcas identificadas por ramas (en cualquier caso, rameras).

Nos ha dado por juzgar y hasta exigir perdones a España y parece ser muy de avanzada denostar con ese revisionismo a cuestas, el papel colonial, y si bien vale la pena recuperar a nuestro pueblo fundacional, yo me pregunto cual de mis dos ríos es el cenit fundacional. Asimilo padre y madre y vale la pena recordar que a finales de 1494, Colón envió a los reyes una primera remesa de quinientos esclavos de esos nativos que la historia dejó atrás, pues entre nosotros no quedan más que mestizos más cerca o más lejos de la fuente original. Los nativos fueron hechos esclavos en acciones de guerra del almirante Colón y descritas en su historia por Bartolomé de las Casas. No era raro el comportamiento esclavista en ese tiempo singular,  lo que sí era anomalía era la respuesta reflexiva a la «buena conciencia» de Doña Isabel, quien sintiendo que la esclavitud no era práctica humanista consulta a teólogos y canonistas. Decide entonces repatriar a los indígenas pues considera que  es ley natural prohibir el tráfico de personas. Todo ello apunta a un sentimiento prematuro de aquello que llamamos dignidad.

Así, para el cuarto viaje de Colón, la reina advierte: “Y no habéis de traer esclavos”. Años después, el  fraile dominico Antonio de Montesinos, indignado por los excesos de la conquista, pronuncia un sermón en 1511.  Fernando el Católico, en 1512, convoca una junta extraordinaria en Burgos a la que asisten juristas y teólogos para resolver las problemáticas. Con Antonio de Montesinos o Bartolomé de las Casas a la cabeza se genera un debate ¿Qué derechos tiene el ser humano, todo ser humano?

Las Leyes de Burgos fueron las primeras iniciativas para normar los derechos indígenas y posteriormente la Junta de Valladolid materializó las Leyes Nuevas, en 1542.

También  un 12 de octubre, pero de  1936, Miguel de Unamuno se atreve a levantar la voz en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Dicen los historiadores actuales que la famosa frase “Venceréis, mas no convenceréis” es una recreación literaria.

Me paro justo en la fachada de lo que fue la casa del escritor y mientras la guía de turistas cuenta la historia, mi cuerpo se estremece frente a las paredes doradas de esta tierra salmantina. “Unamuno nunca replicó diciendo: Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote” dice el investigador Severiano Delgado Cruz. Pero las ideas cifradas en palabras quizás distintas no se alejan del apasionado discurso y suceso que se resume más o menos así:

 (… ) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión». En ese punto, Millán gritó: ¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?. Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: ¡Viva la muerte! Se produjo un silencio mortal y miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno: Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ‘¡viva la muerte!’. Esto me suena lo mismo que, ¡muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. .. Me duele pensar que el general Míllán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes…un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (… ) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada… Furioso, Millán gritó: «¡Muera la inteligencia!»…Unamuno no se amilanó y concluyó: ¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis.

Me estremece la historia de Colón que, contrario a lo que la leyenda negra dice, no fue ningún violador. Sólo un aventurero y un emprendedor. No creo en las enmiendas históricas sino en la aceptación de lo que somos y en la posibilidad de corregir. Soy hija de dos mundos, de la Malinche y de Colón; de Unamuno y Nezahualcóyotl con su poema en flor. Me preparo, orgullosa de una historia única, a celebrar el día de la Raza en esta tierra hispana, tierra de consejos, de comuneros entrones, la matriz de sangre diversa: árabe, judía, romana, visigoda, celta, ibérica. Qué esplendor ser cruce de diálogos en una plaza.

Me siento vibrar en las alturas del acueducto segoviano o nadando en lo profundo de un cenote sagrado ¿por qué tengo que optar? Por qué debo condenar cuando mi voz se se entona con una salmantina o un segoviano orgulloso que cuenta que su pueblo es el cruce de árabes y judíos, de visigodos ibéricos o gitanos. Las paredes todas de Segovia portan arte en cicatrices, labradas en las fachadas está impresa la geometría, les llaman esgrafiados y son una “apropiación cultural” del decorado interior de la mezquita. Orgullosos de la hibridación, muestran en su exterior, ante la plaza pública, el legado de sus antepasados.

Celebro con regocijo la violencia, el amor, la conquista y el sacrificio, accidentes culturales que no tienen revisión retrospectiva, son el camino que nos hizo posibles, aquí en en una plaza que, vista desde la distancia nos supone una grafía única con el rostro cubierto en el Zócalo, o en Teotihuacán en la Plaza de España, o en la Mayor si uno escucha cuidadoso o mira con atención: se transluce mestizaje en cada muro de cada rincón.

 

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