Cinque Terre

Rogelio Villarreal

Periodista, editor y profesor del ITESO.

Unos tipos extraños llamados intelectuales

I. En el principio fueron los intelectuales

Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen.
—Albert Camus

Convengamos, amigos, en que intelectuales los hay desde los primeros siglos de la historia, y en todas las épocas han estado orgánicamente vinculados al poder o, por el contrario, han sido decididamente críticos temerarios de éste —estos últimos, como apuraba Marx, más interesados en la transformación de la realidad que en la contemplación, no pocos de ellos involucrados en revueltas, revoluciones y guerras de independencia, no siempre con las mejores consecuencias.

Por medio de la observación los presocráticos empezaron paulatinamente a cambiar los mitos por la razón; los sofistas y luego Sócrates reflexionaron sobre la ética y la política, la naturaleza del lenguaje, las leyes y la sociedad. El pensamiento de los filósofos griegos sentó los rudimentos de la ciencia.

Uno de los mayores cerebros de la antigua Grecia, Aristóteles (384–322 a.C.), fue tutor del joven Alejandro, que poco después sería el mayor conquistador de gran parte del mundo conocido. Años antes, Sócrates (470–399 a.C.), que desarrolló la dialéctica y la mayéutica, había sido condenado a muerte por el Estado ateniense “por introducir nuevos dioses y corromper la moral de la juventud”.

Platón (izquierda) y Aristóteles (derecha), en La escuela de Atenas, obra de Rafael

Convengamos también en que el intelectual es la persona cuya principal actividad es la observación, el estudio y la reflexión crítica en torno a la realidad de su circunstancia, y que expresa sus ideas —por lo general por escrito— con la pretensión de influir en aquélla, por lo que eventualmente obtiene algún estatus de autoridad ante la opinión pública —y, para bien y para mal, ante el poder.​ El intelectual, como sabemos, proviene de los ámbitos de la cultura, de la academia y de la ciencia, y se implica en el mundo de la política cuando defiende valores, programas o ideologías, o cuando denuncia la injusticia —o cuando, por alguna razón, permanece callado ante ella.

Es paradójico que un intelectual francés haya usado el término intelectual para referirse despectivamente a escritores, eruditos, científicos y artistas que defendían al capitán de origen judío Alfred Dreyfus, acusado falsamente de alta traición en 1894, enjuiciado y condenado al destierro en el penal de la Isla del Diablo, en la costa de la Guayana francesa.

El escritor Émile Zola publicó J’Accuse (Yo acuso), un alegato en favor de Dreyfus en forma de carta abierta al presidente Félix Faure, publicado por el diario L’Aurore el 13 de enero de 1898, que hizo cambiar de opinión a muchos intelectuales. Después de reabrirse el caso Dreyfus fue nuevamente condenado, aunque ante la creciente protesta y su palpable inocencia fue indultado por el presidente Émile Loubet en ese mismo año. En realidad el asunto no era sobre la culpabilidad o la inocencia de Dreyfus, sino una pugna entre una Francia católica, nacionalista, añorante de la monarquía, y una liberal, tolerante, abierta y republicana.

Georges Clemenceau era jefe de redacción de L’Aurore y responsable de la publicación de la carta abierta de Zola, que desató en las siguientes semanas una oleada de firmas de científicos y hombres de letras a favor de Dreyfus y del respeto a la legalidad y la justicia. Clemenceau se refirió a ellos como “esos intelectuales que se agrupan alrededor de una idea y se mantienen inquebrantables”, con lo que anunciaba que había un nuevo actor colectivo en la vida pública francesa.

Después del manifiesto Maurice Barrès escribió en Le Journal del 1 de febrero de 1898 su respuesta “La protestation des intellectuels!” (La protesta de los intelectuales), en la que empleaba esa palabra para descalificar a Zola y los numerosos firmantes: “Esos supuestos intelectuales son un desecho inevitable del esfuerzo que lleva a cabo la sociedad para crear una elite”. Barrès, escritor, claridoso antisemita y fundador del grupo Patria Francesa, que daría origen a Acción Francesa, primer movimiento de corte fascista al que perteneció el joven Charles Maurras, acuñó el término nacional–socialista para referirse al Marqués de Morés, fundador de otra organización —Amigos de Morés— en la que confluían el racismo, la acción directa, el nacionalismo y lo que llamaba “un reducido socialismo económico”. Otro intelectual que atacó a los defensores de Dreyfus fue Ferdinand Brunetière, historiador de la literatura y crítico literario francés —arremetió, furioso, contra la obra de Flaubert, Zola y Baudelaire—, quien después de albergar ideas racionalistas y librepensadoras se volvió católico, anticientífico y defensor de la moral social —extrañamente, no era antisemita: quizá había leído a Engels: “El antisemitismo es el socialismo de los imbéciles”.

Dos grupos de intelectuales nítidamente definidos por posiciones antagónicas en todos los ámbitos de la vida social de una Francia que se asomaba al siglo XX.

En La traición de los intelectuales (La trahison des clercs, 1927), el escritor Julien Benda, también francés, y a propósito de Acción Francesa, alega contra los intelectuales que, arrastrados por la pasión política, habían tomado partido por la nación y por los intereses de las clases burguesas frente a los valores universales del intelectualismo y de la razón. Sobre el célebre libro de Benda escribe Christopher Domínguez Michael:

… el clérigo, es decir, el intelectual moderno, se debe a los valores universales y eternos, supratemporales y desinteresados, de la verdad y de la justicia tal cual los establecieron Erasmo y Spinoza, Voltaire y Kant. Al organizarse políticamente, al transformarse en ideólogo y simbolizar el odio político, denunciaba Benda, el clérigo traiciona su regla, a esa corporación del saber ante la cual contrajo sus votos. Ello no quiere decir que Benda fuera contrario al compromiso político de los intelectuales, pues pocos se comprometieron tanto como él. Se oponía a subordinar las verdades universales al imperio de la clase, de la raza, de la nación o del partido. No era fácil (no lo es) fijar la frontera entre lo universal y lo particular, como lo demuestra su propio derrotero intelectual.

Benda, sigue Domínguez Michael, “fue el primero en equiparar a los regímenes antiliberales y antidemocráticos como una maldición que caía sobre Occidente”. No tardaron en responderle. Maurras, ideólogo de Acción Francesa, lo acusó de ser un “pequeño judío francés”, un apátrida que socavaba los cimientos de la nación. A él, que justamente consideraba a Francia “la casa de lo universal, la nación de naciones y la cuna de la libertad, la igualdad y la fraternidad”.

Julien Benda

El siglo XX vio el surgimiento del horror del nazismo y sus atrocidades, pero también, tristemente, la fascinación de no pocos hombres de inteligencia privilegiada por los totalitarismos de Hitler y Mussolini, como ya los había embelesados dulcemente por el comunismo leninista–estalinista. El 21 abril de 1925 se publicó en los principales diarios italianos el “Manifiesto de los intelectuales fascistas”, redactado por el filósofo y educador Giovanni Gentile y firmado, entre otros, por el poeta futurista Filippo Tommaso Marinetti y el periodista y escritor Gabriele D’Annunzio —que Ferdinand Céline habría suscrito gustosamente en Francia. Entre los intelectuales cercanos al nacionalsocialismo, o que incluso fueron miembros del Partido Nazi, estaban Günter Grass, Otto Rahn, Carl Schmitt y el influyente filósofo Martin Heidegger. Insignes escritores y pensadores, como Cioran y Eliade, no ocultaron su simpatía por los fascistas rumanos y su creciente antisemitismo.

Al otro lado del espectro, el compromiso de muchos intelectuales europeos y americanos con el comunismo llegó a vergonzosos grados de abyección. No estar con la Unión Soviética ni con Cuba era hacerle el juego al imperialismo, pese a que los numerosos y atroces crímenes ya empezaban a conocerse en Occidente. El escritor brasileño Jorge Amado expresó el sentimiento de muchos de ellos: “No basta amar, admirar, ser solidario con la URSS y las democracias populares. Es necesario que ese amor, esa admiración, esa solidaridad sean activas y militantes… Es necesario ganar la batalla de la paz. Ganarla de cualquier manera. Somos más poderosos, nosotros, los pueblos del mundo, que los hombres de los trusts y monopolios, esos que exhiben sobre nuestras cabezas el fantasma de la guerra”, y en sus memorias, Confieso que he violado, perdón, vivido, Neruda escribe su peor poema: “Amé a primera vista la tierra soviética y comprendí que de ella salía no sólo una lección moral para todos los rincones de la existencia humana, una equiparación de las posibilidades y un avance creciente en el hacer y en el repartir, sino que también interpreté que desde aquel continente estepario, con tanta pureza natural, iba a producirse un gran vuelo. La humanidad entera sabe que allí se está elaborando la gigantesca verdad”.

Es cierto que hubo una gran cantidad de intelectuales y ligas antifascistas, así como intelectuales que advirtieron tempranamente la deriva criminal del comunismo y se distanciaron del dogma, por lo que fueron denostados duramente por sus antiguos camaradas.

Pablo Neruda y Octavio Paz

Identificado con la izquierda desde joven, Octavio Paz y otros poetas y escritores latinoamericanos —Neruda, Vallejo— fueron invitados al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en julio de 1937 en Madrid, Barcelona y Valencia, ciudades republicanas que poco después caerían ante las hordas de Franco, a las que combatió. Poco tardaría en decepcionarse también, como tantos otros, del opresivo régimen soviético: “Vi al comunismo como a un régimen burocrático, petrificado en castas, y vi a los bolcheviques caer uno tras otro en esas ceremonias públicas de expiación que fueron las purgas de Stalin”. Como André Gide, que relata su desilusión en Regreso de la URSS, y antes que él Panaït Istrati, amarga experiencia que cuenta en Rusia al desnudo. Como Arthur Koestler y George Orwell y tantos más.

La revolución cubana de 1959 concitó las simpatías de numerosos intelectuales de América Latina y del mundo, pero también, muy pronto, la disidencia y la franca oposición crítica. El castrismo no tardó en mostrar su verdadero rostro. La censura y la represión empezaron a ser el sello de la revolución. Fusilamientos, miles de exiliados, campos de concentración de trabajos forzados y reeducación de disidentes y homosexuales, rígidas directrices para el arte y la cultura: “Dentro de la revolución, todo, fuera de la revolución, nada”. Cabrera Infante se marcha a Europa y Heberto Padilla es obligado a tragarse su poema Fuera de juego ante un tribunal… de intelectuales. En ese poema, escribió José de la Colina, Padilla “esbozaba el autorretrato del poeta como un hombre solitario, habitual stranger in paradise: el Robinsón descontento en la isla poblada de anónimos héroes y esforzados zombies de la hazaña colectiva”.

Aún hoy hay un ejército de intelectuales en el mundo que ofrecen su respaldo a los tristes rescoldos de la revolución cubana, simpatizantes también de Chávez y Maduro, de los corruptos Kirchner, de los corruptos Lula y Dilma, de Evo Morales. En el Perú de los años ochenta muchos intelectuales apoyaron a la virulenta guerrilla maoísta Sendero Luminoso, fundada por el profesor universitario Abimael Guzmán, de la misma manera en que muchos castristas expresaban su apoyo a los guerrilleros sudamericanos y poco después a los sandinistas —miremos con detenimiento, eso sí, aquellas convulsas décadas de dictaduras militares y de guerrillas marxistas, de Guerra Fría y amenazas nucleares—. Lo cierto es que hoy Daniel Ortega y su espantosa esposa son la prueba más grotesca que pueda haber de la manera en que las revoluciones se transforman más temprano que tarde en dictaduras crueles e intransigentes. Otro angustiante ejemplo de barbarie pseudosocialista es el de Nicolás Maduro y una Venezuela hundida en la devastación.

En México no fueron pocos los que vieron con simpatía y complicidad la declaración de guerra del Ejército Zapatista el 1 de enero de 1994. A veinticinco años de aquella irrupción poco queda de esa tierna devoción. Los intelectuales que entonces apoyaban a Marcos poco después dividieron su corazoncito entre el neozapatismo y el cada vez más popular jefe de Gobierno de la Ciudad de México, hoy presidente del país. Hoy el neozapatismo que se opone a los proyectos de la Cuarta Transformación es despreciado por quienes antes lo exaltaban.

II. Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo —Camus

En un lejano lugar retacado de nopales
había unos tipos extraños llamados intelectuales
se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos
—Rockdrigo González, “Los intelectuales”

Se ha discutido mucho en los medios y en las redes sociales sobre la división que existe en el país entre los que están obstinadamente a favor del presidente López Obrador y los que critican todas y cada una de sus acciones y declaraciones. Los intelectuales no son ajenos a esta áspera separación en dos grandes bandos, al parecer irreconciliables.

Idealmente, el intelectual tiene la obligación de buscar la verdad… y no la de cantar loas a quien detenta el poder, como hicieron los poetas del estalinismo y como lo siguen haciendo los más fervientes seguidores del hoy presidente. Una canción anodina apareció en los medios un mes antes de las elecciones: “Yo te AMLO”, que el llamado “pueblo bueno” no canta ni baila en las calles, como muy forzadamente lo hace la troupé del insulso videoclip. Muy fallida, esa canción quiso reflejar el ánimo festivo que ya se respiraba antes del 1 de julio. Un ánimo que se tornó en un sentimiento revanchista que perdurará, por lo visto, los siguientes seis años, si bien nos va.

lopezobrador.org

Se han expuesto suficientemente las razones que llevaron a treinta millones de votantes a elegir como presidente a un político que desdeña e insulta vulgarmente a la prensa crítica, al que le incomoda la autonomía de las instituciones, que no entiende de ciencia ni de tecnología ni de innovación, que acusa a la disidencia de conservadurismo —miren quién habla— y un largo etcétera que se abulta cada mañana en sus exasperantes homilías.

¿Cuál es la razón por la cual muchos intelectuales están, abierta o solapadamente, con López Obrador? ¿Porque son de izquierda? Ésta es una posible respuesta. Votar contra un régimen corrupto, vale, pero creer al mismo tiempo que el nuevo anuncia tiempos mejores, nunca antes vistos en la historia nacional, tiene algo de religioso. La Cuarta Transformación es la Tierra Prometida, el paraíso de la democracia perfecta y de un bienestar próximamente nórdico. Para el pueblo y, desde luego, para los intelectuales, que piensan siempre en él y le desean lo mejor. Al alinearse con el líder mesiánico están cumpliendo el papel histórico que muchos se han arrogado. Llegó la hora de su verdad. Si el nuevo régimen es anticapitalista o más de lo mismo ya se verá.

Dice Robert Nozick:

No todos los intelectuales están en la izquierda. Como ocurre con otros grupos, sus opiniones se extienden a lo largo de una curva. Pero en su caso, la curva se desvía y se tuerce hacia la izquierda política. La proporción exacta de lo que denominamos anticapitalista depende de cómo se fijen los límites: de cómo se interprete la postura anticapitalista o de izquierdas y de cómo se distinga al grupo de los intelectuales. Las proporciones pueden haber cambiado algo en los últimos tiempos, pero por término medio los intelectuales se sitúan más a la izquierda que los que tienen su mismo estatus socioeconómico. ¿Por qué?

¿El capitalismo es malo per se y debe criticársele? Nozick responde a su pregunta:

Aunque les va económicamente bien bajo el capitalismo, les iría aún mejor, según piensan, en una sociedad socialista en la que su poder sería superior. En una sociedad de mercado no hay concentración centralizada del poder y si alguien tiene poder, o parece tenerlo, es el empresario y hombre de negocios triunfador. Las recompensas de riqueza material son ciertamente suyas. En una sociedad socialista, sin embargo, serían los intelectuales forjadores de palabras los que nutrirían las burocracias gubernamentales, quienes marcarían la política a seguir y supervisarían la ejecución de la misma. Una sociedad socialista, piensan los intelectuales, es aquella en la que ellos gobernarían —idea que les resulta atractiva— lo cual no es ninguna sorpresa.

¿Piensan los intelectuales que apoyan a López Obrador que él y su gobierno son de izquierda? Posiblemente, pero es un tanto complicado calificar de izquierda a un gobierno compuesto en su mayoría de tránsfugas del otrora partido oficial y cercano a empresarios que ahora demandan una mayor tajada del presupuesto. Es casi imposible caracterizar como de izquierda a un presidente que piensa que es suficiente su palabra y su honestidad para cambiar lo que está mal en el país.

La discusión entre intelectuales a favor y en contra es escasa. A favor del presidente se lanzan “argumentos” como que ya era necesario un cambio; ya basta de PRI y corrupción. Sin mayores matices. Sin observar el entorno del nuevo poder ni los abominables personajes que lo encarnan —exactamente igual que los que conformaron los últimos tres o cuatro gobiernos, por lo menos, y más en el caso de Muñoz Ledo y Bartlett. Un voto de confianza. López Obrador no es corrupto. Así de contundentes.

Los ingenuos pensarán que sí, que la 4T se concretará y todos seremos felices. Pero de éstos habrá dos o tres. Los intelectuales quieren reconocimiento —desde los tiempos de Platón—, prestigio, puestos de importancia para ellos y sus familiares.

Hace años un escritor que se las da de contracultural y sesudo lector de filosofía me dijo que confiaba en la honestidad de López Obrador. Por suerte no dijo “valiente”. Hace poco otro escritor de relativo éxito, más joven, se mofaba de las cuentas de Meade sobre el nuevo aeropuerto y el costo que causará a las finanzas nacionales, pero nunca se le ha visto burlarse de los disparates de Jiménez Espriú o de Layda Sansores.

Nada humano me es ajeno; los intelectuales no dejan de ser, ay, tan humanos.

¿Hasta dónde llegará su apoyo? ¿Hasta dónde su voto de confianza?

Cierro con una reflexión de mi amigo Óscar Aparicio, comerciante poblano que se ha revelado, en Facebook, como un aguzado crítico en cuestiones de política:

Los chairos no pusieron a AMLO en la Silla del Poder. Ni los militantes de Morena.

A AMLO lo sentaron los listillos, los buempedistas y los chaqueteros que le hacían fuchi al PAN o les daba asco el PRI. A AMLO lo votaron los indecisos, la clase media, los swing voters y las señoras mensas que repetían “que ya le tocaba” o los señores ñeñeñe que creían las mentiras del fraude electoral o la delirante fantasía de que el país estaba en ruinas, los chilangos oligofrénicos y los románticos que sueñan con la tercera vía y esa otra especie denigrante de quienes suspiran por la socialdemocracia. Los intelectuales fifís que veranean en París o Frankfurt y se quejan del pan mexicano mientras escriben sus papers en una Mac desde alguna universidad americana y beben café orgánico. Los periodistas, los maestros afrancesados, la clase media sin partido, pero con facebook y muchos más.

Si votaran sólo los chairos, que son el núcleo duro del lópezobradorismo, AMLO habría quedado en el histórico 18% del votante de izquierda tradicional.

A AMLO lo puso en la silla ese electorado que usualmente votaba por el PRI o el PAN.

Es muy posible que así haya sido. Con la pequeña ayuda de los intelectuales orgánicos de ya saben quién.


Referencias
Amado, Jorge, El mundo de la paz, citado en Alburquerque, Germán (2011), La trinchera letrada, Santiago: Ariadna Ediciones.
Colina, José de la, “Heberto Padilla”, Letras Libres, noviembre de 2000.
Domínguez Michael, Christopher, “Julien Benda, una vez más”, Letras Libres, junio de 2006.
Fernández de la Cigolla, Francisco José, “Marras, Mauritain, Mounier, a propósito de dos libros”, revista Verbo, junio–julio–agosto de 1974, serie VIII, núm. 126–127, Madrid.
Gide, André (1936), Regreso de la URSS, Nota de Victoria Ocampo, traducción de Rubén Darío, Buenos Aires: Sur.
Istrati, Panaït (1930), Rusia al desnudo, traducción de Francisco Altamira, Madrid: Cenit.
Nozick, Robert (1997), “¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?” en Puzzles socráticos, Madrid: Cátedra.
Payne, Stanley G. (1995), A History of Fascism 1914–1945, Madison: University of Wisconsin Press.

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