Cinque Terre

Walter Beller Taboada

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Uno, dos, tres… ¿A dónde vas Andrés?

El genial Peter Sellers encarna un personaje portentoso por su simpleza en la película Desde el jardín. Basada en la novela homónima de Jerzy Kosinski (1971), narra las vicisitudes de un individuo completamente limitado en todas las herramientas sociales de convivencia que, sin embargo, por azares y complicidades de gente interesada, alcanza las más altas esferas del poder político y económico en los Estados Unidos. La gente de la la élite del poder, con quienes se relaciona, interpretan sus frases sencillas y monotemáticas como metáforas luminosas y como sapientísimos consejos que han de resolver todas las interrogantes.

El filme nos exhibe un mecanismo de cómo operan los crédulos: suponen que detrás de las metáforas –imaginadas y creadas por ellos– hay ideas que parecen explicar con facilidad un gran número de fenómenos (las crisis sociales, por ejemplo). El mecanismo se transfiere luego al sujeto que habla y terminan por aceptar cualquier cosa que salga de su boca. Los interlocutores del personaje de Sellers en las altas esferas del poder político, económico y mediático serán los que le atribuyan creencias y pensamientos que les parecen relevantes para el funcionamiento de la economía y la política en Norteamérica.

Las creencias tienen diversos grados, que van desde la incredulidad o rechazo máximo (-1) y la creencia o aceptación máximas (+1), e incluso la indiferencia ante las creencias puede tener un grado 0. Lo sorprendente es cómo el personaje cruza rápidamente del -1 al +1 y esto solo porque un mismo grupo de gentes le cree

En Desde el jardín serán las personas, ya predispuestas a la credulidad, quienes encumbraran al personaje, y van a proyectar en él sus propias ideas, sus deseos y sus fines. Él no engaña: confiesa no saber leer ni escribir (vivió toda su vida ajeno al mundo, solo conectado con un jardín que cultivó en una residencia en Washington, D.C. y pegado todo el tiempo posible a un aparato de televisión). Nunca antes había salido de la propiedad del anciano adinerado, su benefactor, que lo acogió sin más. Carece de acta de nacimiento, de seguro social, nunca ha cobrado un sueldo, no tiene tarjeta de crédito ni casa donde vivir (todo es de otros que lo acogen).

Sin antecedentes familiares, “Chance” –su nombre– sería más bien lo contrario: lo imposible. Parece un autista porque muestra una intensa concentración en su propio mundo interior y, con ello, una constante pérdida de contacto con la realidad exterior. Además, su condición mental le impide tener emociones y sentir empatía por la gente que va conociendo. Tiene una suerte de insensibilidad afectiva que no supera con nada.

Su drama empieza cuando se ve obligado a abandonar la casa y a pulular por las calles, las que solo había visto por la televisión. Al pasar por una tienda descubre ese objeto que tanto ha llenado su vida: un televisor. Entretenido, se descuida y es atropellado en un estacionamiento, lo que provoca la atención y cuidado de la dueña del auto, una señora rica (Shirley MacLaine) que lo bautiza, pues cuando ella le pregunta por su nombre, él responde “Chance, the gardener” (Chance, el jardinero), pero ella entiende como “Chauncey Gardiner”. Y de ahí se vienen todos los equívocos. La proyección psicológica será el motor de las aventuras siguientes.

La mujer, Eva, lleva a “Chance” a su casa para recuperarse del golpe. Resulta que el marido de ella, Ben Rand, un anciano adinerado, supone que “Chauncey” es en realidad un hombre de negocios de clase alta, educado, que ha pasado por momentos difíciles. Lo admira por su lenguaje directo –“Chance” solo habla literalmente del jardín, de flores, plantas, raíces y riego–, y lo toma por un individuo sabio y perspicaz porque piensa que hay gran profundidad en sus palabras. Rand lo presentará con la gente de su esfera, incluso con el Presidente de los Estados Unidos. En un santiamén, se le vienen encima un caudal de relaciones.

Estrenada en 1979, dirigida por Hal Ashby, llevó el título original Being there (titulada ‘Bienvenido Mr. Chance’ en España, ‘Un jardinero con suerte’ en México y ‘Desde el jardín’ en el resto de Hispanoamérica), representa la historia de cómo un personaje anodino se convierte en persona de interés del poder y de los medios. Será entrevistado con creciente asombro. Pero él solo responde bajo su único “marco de referencia”: su jardín y lo que ha visto en la televisión (lo cual imita con eficacia). Al final de la película, Presidente está a un lado del féretro de Rand y lo cita: “La vida es un estado de la mente.”

La política y la cultura

En nuestro México hemos tenido, para bien o para mal, presidentes de la República con toda una gama de características personales. Han sido políticos con mayor o menor preparación cultural. Benito Juárez ascendió a la silla presidencial cultivando su mente con pensamientos del liberalismo norteamericano y de la Ilustración francesa; se rodeó de un grupo de pensadores y actores destacados por sus ideas e interpretaciones; concedió a Gabino Barreda, que había estudiado con Augusto Comte la filosofía positivista, la creación de la Escuela Nacional Preparatoria (nada más hay que acercarse al plan de estudios original para ver sus alcances). Los presidentes de la era posrevolucionaria estuvieron atentos a los contextos nacionales y extranjeros. Eligieron asesores de gran nivel intelectual para seguir el ritmo del mundo. No obstante, era un México una economía cerrada.

Hasta que con Carlos Salinas de Gortari se inicia con éxito la apertura económica y comercial, y con ello también los procesos sociales y culturales, con todas sus contradicciones. El perfil de los gobernantes y sus asesores cambió: eran gente que tuvo la oportunidad de viajar y estudiar en el extranjero. La formación técnica de la alta burocracia alcanzó niveles de competencia internacional. Al mismo tiempo, las tecnologías de la información descendieron progresivamente a los hogares. México empezó a estar conectado con el mundo en fracciones de segundo.

Sin embargo, la pujanza económica no alcanzó para mejorar las condiciones de vida de un porcentaje mayoritario de la población. La pobreza encaró, sin resolverlos, nuevos parámetros del Desarrollo Humano. El rezago educativo no pudo ser realmente combatido. Sin premeditarlo, el país quedó dividido: el México de Mesoamérica (más atrasado) y el México del Norte (más cercano a los Estados Unidos). Con todo, en el país despertó el ímpetu democrático. La sociedad civil fue adquiriendo presencia y auge en la toma de decisiones estatales. Sin embargo, los problemas no se solucionaron con la alternancia del poder. La corrupción y la inseguridad siguieron siendo nuestras principales lacras. En paralelo, fue creciendo un nuevo movimiento de creyentes cuyo amado líder prometió a las masas resolver todos problemas del país. Surgió de las entrañas del mundo mesoamericano el Salvador de la Patria. Desbarató instituciones, por ignorancia, por ambición irrefrenable de dinero para hacer clientelas políticas, o simplemente por prejuicios y atavismos. No estaban en su jardín.

Los hizo creer

¿Fueron sus promotores los que lo crearon o él creó a sus promotores? No es una cuestión binaria, porque hay una interrelación entre uno y los otros. Fue un grupo de gente descontenta o desplazada del poder que entonces concentraba el PRI, la que vio una suerte de carisma que rodeaba al personaje, pese a su hablar cansino y sus creencias sin sustento (alguna terminología que pareció de izquierda conjuntamente con posiciones conservadoras en todos los órdenes). Sus gestos de crítico incansable exhibidos en la plaza pública llamó la atención de sus patrocinadores. Vieron en él la oportunidad de crear un personaje impulsado por una mercadotécnica muy básica, nada sofisticada, a la altura del personaje. Le invirtieron mucho dinero (quizá pensando en réditos futuros). La potente frase de “Primero los pobres”, hay quien supone que fue ideada por Carlos Monsivais.

Y el personaje había dejado al PRI en Tabasco porque no lo incorporaron como candidato a la gubernatura. Se movió hacia los que decían defender el «nacionalismo revolucionario». Poco a poco se acercó a Cuauhtemoc Cárdenas. En esas andadas se sintió dominador de la UNAM (donde estuvo inscrito por 14 años), invitó al hijo del Tata para “dialogar”, pero como no hubo actos multitudinarios ni demasiados aplausos, el personaje generó un odio hacia la institución, porque odiar y polarizar son tan característicos de su personalidad como su sarcástica sonrisa. En cuanto pudo, se deshizo de Cárdenas, pero no de sus patrocinadores.

Fueron éstos quienes quisieron darle un revestimiento, una pátina, en materia de comunicación de masas. Lo inventaron como escritor, pero él mismo ha confesado que no ha escrito ninguno de los libros que llevan en la portada su nombre. (Y existe la sospecha que ni siquiera los ha leído.)

(En Desde el jardín hay una escena donde un “machuchón” de los medios le propone a “Chance” que escriba un libro, pero él responde que no sabe leer ni escribir. Su interlocutor le comenta que no importa, que le pondrán los ghostwriter que sean necesarios.)

No es un demócrata, porque nunca acepta que ha perdido en el juego democrático. Como el IFE no le concedió la presidencia en 2006, estalló en tremendo exabrupto y montó un show mediático con el apoyo de sus patrocinadores, que no les importó el ridiculo de nombrar un presidente con los desplantes de un sujeto ecolerizado y al márgen de las leyes. Surgieron entonces muchas “proclamas” y “programas”, que seguramente redactaron otros.

No es un humanista por más que repita temas del cristianismo primitivo. Su adormecimiento emocional le impide tener emociones y sentir empatía por quienes viven la constante tragedia de la inseguridad y el crimen, o las enfermedades. Mantiene una suerte de insensibilidad afectiva y de indiferencia social que no supera con nada; y por eso los fallecimientos y los feminicidios no lo conmueven en manera alguna. ¿Cómo se puede decir alguien humanista cuando no tiene benevolencia ni misericordia para nadie?

El actual habitante de Palacio Nacional habla mucho. Pero sus frecuentes temas históricos no rebasan la información del libro de texto de historia del cuatro año. Desprecia la ciencia y la tecnología contemporáneas. Desearía que todos fuéramos analfabetos cibernéticos, para no estar en contacto con “las –hoy– malditas redes”. Sus asesores tienen formación escandalosamente deficiente, como se advierte en los comunicados de prensa o en sus intervenciones públicas. Muchos de los más cercanos no tienen carreras terminadas. Son abiertamente incompetentes para el área donde han sido designados (por ejemplo el que mal dirige PEMEX). La mediocridad es premiada con esa frase del “90 por ciento de lealtad y 10 por ciento de capacidad”. Los que nunca han tenido brillo, que han mostrado su escaso nivel cultural, los de alcance insuficiente para los trabajos, tienen el cobijo bajo el simulador que reconoce a los simuladores.

Cuando dijo que la “política no tiene ciencia”, pareció hacer una autocrítica, pero más bien fue uno más de esos autogoles que sus seguidores no registran o le dispensan porque el tipo, en su opinión, no puede equivocarse. ¿Por qué no pueden reconocer el costado de sus equivocaciones? Porque ha sido tan idealizado que ya es para ellos un ser infalible. Claro, le atribuyen una infalibilidad porque consideran que está en la búsqueda de un bien superior: algo así como el hacedor de la justicia. Luego, si tiene dislates o se contradice, o confiesa que “ya chochea”, no importa, porque sus adherentes suponen que está más allá del bien y del mal. Y si fracasa en lo que intenta, inmediatamente lo justifican con la indemostrada replica: “es que no lo dejan”. ¿Quiénes no lo dejan? Las fórmulas están prefabricadas: los conservadores y la mafia del poder, aunque el gobernante se reúna cada vez que lo requiere con los “ricachones”.

Así que hay quienes se dejaron engañar, porque previamente querían ser engañados y aún no lo admiten; pero hay otros que vieron en el personaje “una fuente de inversión” para hacer negocios, negocios que antes les estaban vedados por otros grupos de poder. También están en el círculo de seguidores quienes nunca serían contratados por sus insuficiencias profesionales y ahora tienen jugosos ingresos en tal o cual dependencia. O en el extranjero. Eso además de aquellos seguidores que dentro de los programas sociales reciben algunas dádivas, sin alcanzar a reconocer que nada en la vida es gratis. Y los van a pagar, aunque ahora no lo crean.

“Change” es un personaje de novela y cinematográfico que muestra una radiografía de cómo estamos en esta nueva etapa de la tragicomedia mexicana, como la nombraba José Agustín. Quizá ha sido así porque algunos creen que “La vida es un estado de la mente”.

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