Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Unicornios y embusteros

Mi unicornio azul ayer se me perdió
No sé si se me fue
No sé si se extravió
Si alguien sabe de el
Le ruego información
Cien mil un millón yo pagaré

Silvio Rodríguez

Un cuerno mágico

Hace muchos años cuando el cielo era el límite, cuando los hombres veneraban a Dios la nación y su dama, existía un animal mítico llamado unicornio, dicen los impíos que dicha bestia nunca existió. Los más realistas aseguran que se trata de un rinoceronte indio adelgazado por el deseo, portador de un único cuerno mágico o terapéutico que curaba cualquier dolencia y estimulaba la sexual potencia. Primo del dragón, símbolo de buen augurio y justicia real, combate la tormenta y aleja la sequía. Su cuerno como fálica flecha espiritual se declara divina. En el cristianismo representa a la virgen fecundada por el Espíritu Santo. Verga cerebral, falo psíquico. Encarna la contradicción al tiempo de la fertilidad y pureza como una Coca light.

Es por ello por lo que en nada me sorprendió saber que hoy se llama así a una empresa prodigiosa, una promesa de mercado valorada en más de 1000 millones de dólares o billones estadounidenses. Esta mascota milenial mezcla de quimera y olla al final del arcoíris fue acuñada por un ángel inversor (así se auto proclama) Aileen Lee la nueva hada madrina del emprendimiento fundadora de Cowboy Venture que escribió un artículo para el New York Times titulado “Bienvenido al club de los unicornios, Start ups de un billón de dólares”. Los chicos y las chicas de hoy sueñan con ellos como los caballeros templarios lo hacían con el Santo Grial. Su rareza era singular y en el momento del bautizo de esta proeza mercantil sólo existían 39 especímenes. 

Cuentan las leyendas del siglo 21 que entre 2012 y 2015 un hechizo duplicó la rapidez de crecimiento de estos prodigiosos “animales comerciales” para 2018 la manada de unicornios era de 119 empresas privadas en todo el mundo. Los ganaderos de capital utilizaron una estrategia que se simplifica en tres letras GBF get big fast, HGR lo podemos traducir como hazte grande rápido, uff suena casi pornográfico. Cuentan que muchos unicornios crecieron protegidos por una burbuja, pero al reventarse se les cayó la crin y el cuerno entero, Pero ¿cómo se logra eso?

Háblame sucio

Es aquí donde comienzo a excitarme porque una startup o empresa emergente crece a partir de rondas de inversión: Money, money, money must be funny in the rich mans world.  ¿Cómo logramos inversión? Pues contando historias persuasivas, así que un emprendedor es, ante todo, un gran contador de historias. La idea es plantear el producto o servicio como único con un potencial de crecimiento épico y alejar así la competencia. Vender el gran sueño para hacerlo suceder en el futuro próximo y todos felices para siempre. Así Apple nos ha hecho Pensar diferente; Starbucks ha hecho de Cada (uno de nuestros) nombre una historia; Nike nos ha llevado por el camino de Sólo hacerlo; Uber es nuestro conductor privado y Air BnB ha hecho que el mundo entero sea nuestra casa. 

Así un emprendedor capaz de acumular un éxito financiero se torna en la encarnación de la divinidad postmoderna, no sólo es un jinete de unicornios es un influencer que puede ascender a mandatario, a estrella de la pantalla a demiurgo, a super hombre o super mujer (Nietzchenianismo post covid). 

Era de embusteros

Nuestra fabuladora contemporánea: la pantalla de streaming se aferra a contarnos sobre estos prodigiosos seductores, podemos hablar de un nuevo género las series de empresarios estafadores, o estafadores fracasados (Subpar Scammer Shows).

El timador de Tinder o Tammy Fey son por supuesto, grandes contadores de historias, embaucadores con labia, el primero lo vimos en un documental de Tinder y aunque no tienen un unicornio, tiene otros talentos que lo han llevado a contar historias de amor a incautas que sueñan con el “Final feliz” y han invertido en este hombre al punto de comprarle un avión. Se lo hubieran comprado a nuestro presidente cuyo programa análogo, “Sembrando vidas”, no ha dado tantas utilidades como “Sembrando amores”. Los ojos de Tammy Fey cuentan la historia de la esposa de un predicador cuyas historias supusieron el credo de su exitosa empresa mística.

La miniserie Dopesick: Historia de una adicción, es ejemplo no de Unicornio, sino de la bestia más perversa. La serie protagonizada por Michael Keaton y galardonada con varios Globos de oro, cuenta la cínica y terrible historia de la epidemia de los opioides cuando una farmacéutica muy real y aún vigente, lanza al mercado OxiCotin una supuesta pastilla mágica que quita el dolor y no genera adicción. El embuste no podría haber sido más criminal. Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de EE.UU., “entre 1999 y 2019, casi 500.000 personas murieron a causa de una sobredosis relacionada con algún opioide, ya sea ilegal o recetado por un médico”.

En 2019, cerca de 136 personas murieron por sobredosis de opioides. En lo personal recuerdo un viaje a Seattle en 2017 donde un parque entero a plena luz del día me entristeció sembrado de adictos balbuceando como zombis.

Pero concentrémonos en dos series de embusteros montados en unicornios y para hacerlo incluyente, hablemos de una que muestra a una mujer, y otra, a un hombre. La primera es The Dropout: Auge y caída de Elizabeth Holmes que cuenta la historia de la directora de los laboratorios Theranos y la otra es WeCrash que sigue el éxito y caída de Adam Newman con su espacio de oficinas WeWork.

Medicina milagrosa

The Dropout quiere que entendamos que Elizabeth Holmes es un ser humano con una psicología compleja, la emprendedora femenina de 19 años, ícono del milenio. Hija de una familia de la alta sociedad estadounidense muy bien relacionada soñaba con ser inventora, era buena estudiante, pero su ambición de ser la versión femenina de Steve Jobs la llevó a dejar la carrera de biotecnología para fundar Theranos, startup multimillonaria sustentada sobre el cuento de que con sólo una gota de sangre su revolucionario y compacto aparato podía hacer el diagnostico entero de los padecimientos del cuerpo. La gota de sangre no dio lo prometido, pero sirvió para inspirar un podcast, un libro y un documental además de la serie que conserva el nombre del podcast: Bad Blood: Secrets and Lies in a Silicon Valley Startup; The Inventor: Out for Blood in Silicon Valley, The Dropout. 

En la era del selfi, la pantalla da cuenta de una personalidad, una suerte de ídolo del momento capaz de encarar el éxito instagramero con el que sueñan los jóvenes influencers, así que reprobable o no, muchos nos acercamos para entender qué hace que los reflectores se den cita en un mortal vendedor de humo. ¿Quién es Elizabeth Holmes? ¿En qué podría haber estado pensando? Y ¿cómo consiguió que tantas personas ricas, poderosas y consumadas creyeran en sus mentiras durante tanto tiempo? Pues como la dice Dan Aielo el economista experto en el comportamiento, en la era de los datos lo que reina son las historias, son el pegamento de los datos sin emoción y sin concierto. “Los datos no permanecen en nuestra mente como sí lo hacen las historias. Es como si fueran el pegamento de los datos, y lo más importante las historias tiene emociones mientras que los datos no. Las emociones llevan a las personas a hacer muchas cosas, buenas y malas, las personas que invirtieron en Holmes lo hicieron por la atracción emocional” Ella como la otra timadora Anna Delvey, de la serie Inventando a Anna, encarnan el arquetipo feminista de la era del as redes, atractivas, feministas, emprendedoras, esnobs, seguras de sí mismas y altamente telegénicas. 

Holmes puso en riesgo la vida de los pacientes y les costó a los inversionistas millones de dólares, pero representa el nuevo Edén del emprendimiento con su Cielo en Silicon Valley.  Antes de que estallara el escándalo, Holmes fue el rostro de mil medios. Apareció en la portada de la revista Forbes en 2014 como la mujer multimillonaria que se hizo a sí misma. Un producto muy MeToo pues en los últimos 30 años, solo se pueden colectar 11 películas sobre mujeres empresarias, menos que la cantidad de películas sobre el cofundador de Apple, Steve Jobs. La frase lapidaria que le hace una de sus profesoras al final de la serie, es que su tóxica conducta no sólo la perjudicó a ella, sino que daña la reputación de todas las emprendedoras que tanto han luchado por ser validadas en un ámbito preponderantemente masculino.

Hai Ho silbando al trabajar

Adam Neumann, es el protagonista de WeCrashed quien promocionó una compañía de bienes raíces como una empresa tecnológica de oficinas al estilo Google donde trabajar es como estar de campamento. Estos descendientes de la era dorada de la televisión, hijos de Tony Soprano, Walter White y Don Draper. Dan una vuelta de tuerca al ser “malos” que intentan hacer el “bien” sumidos en su propio delirio y embriagados por el aroma de su propio egocentrismo. WeCrashed, también se basa en un podcast del mismo nombre (parece que hoy la máquina de historias es el podcast) un nuevo género que también se puede llamar “Bad Entrepreneur” mal emprendedor. Otro ejemplo es Super Pumped: The Battle for Uber, una serie de Showtime sobre Travis Kalanick, el director de Uber. 

Todos estos programas son, esencialmente, programas sobre el éxito y el fracaso, arcos narrativos de Icaros que volaron demasiado cerca del Sol. Estas series nos regalan una experiencia tranquilizadora porque nos hacen pensar que, si Kissinger o cualquier gran empresario pudo ser engañado por la pericia narrativa de estos ídolos del Tik Tok, cualquiera es víctima. Al mismo tiempo que sirve de vitrina para los más altos valores newageros de una pareja atractiva (Rebeca la esposa de Newman la prima feíta de Gwyneth Paltrow logra poner la escuela We) capaces de hacer realidad sus sueños pueriles. Entre ellos hacer del trabajo un centro vacacional, mientras se cuida la línea con comida vegana y una filosofía de amor y paz envuelta en Star Up.  

Podríamos pensar que las series de estafadores son una bomba catártica, que habla a una generación de espectadores que se han hartado del capitalismo, mientras se inscriben al mejor centro de yoga de la zona y ordenan comida vegana al Pure Food de Nueva York (su propietaria dio pie a otra historia del estilo, Bad Vegan o Mala vegana de Netflix). Vamos refinando la narrativa entre una era que aplaudía al héroe honesto y otra que disculpa el error humano de las moscas deseosas de rondar la luz.

Emprendedora educativa

No me salvo. Apasionada de las historias me dispuse a incubar una empresa, la cosa estuvo fácil porque en donde trabajo salió una convocatoria para apoyar al emprendimiento de productos o servicios orientados a la educación. Desarrollé junto con una compañera maestra una idea para poner en práctica la metodología de Storytelling que vengo practicando con alumnos universitarios y empresas, pero esta vez con niños. La idea consiste en practicar técnicas narrativas para desarrollar competencias de lecto escritura y educación emocional. Presentamos el proyecto y ganamos una beca, la capacitación fue interesante y aprendimos muchas cosas. En la fecha de presentar el proyecto final, nuestros examinadores tres jóvenes de no más de 30 años criticaron el proyecto por no usar tecnología y por no observar que lo “escalable” era la acumulación de datos de los niños mismos que podríamos vender. Elogiaron la idea y la narrativa, pero censuraron nuestra falta de ambición y todo porque nosotros no queremos Unicornios sino un humilde pequeño poni que enseñe que las historias son potentes pero peligrosas y que nos urge a todos una ética para contar no importa si eres de derecha, de izquierda, neoliberal o populista, las historias pueden ser tóxicas como los opiáceos o engañosas como una gotita de sangre prodigiosa.

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