Cinque Terre

Pablo Majluf

[email protected]

Periodista.

Único año de Biden

Concluyó el único año de Joe Biden. Es el segundo presidente en la historia, después de Trump, con peor aprobación tras su primer año. En el agregado de encuestas de FiveThirtyEight, 51% de los encuestados desaprueba su desempeño y sólo 42% lo aprueba.

Los bidenitas suelen culpar de este fracaso a un abanico de causas externas, muy acorde al estilo de los demócratas, incapaces de hacer una reflexión responsable. ¿Cómo puede ser tan baja la aprobación, se preguntan, si 12 millones de estadounidenses –según reportó el Wall Street Journal– dejaron la pobreza gracias a los paquetes de alivio de la pandemia? ¿Por qué es tan alta la desaprobación si la economía se ha recuperado e incluso crecido; si la tasa de desempleo ha llegado a niveles históricamente bajos y se han creado 7 millones de empleos? ¿De dónde viene el descontento si se aprobó un paquete de infraestructura de un billón de dólares que modernizará el espacio público y las telecomunicaciones?

En efecto, Joe Biden ha tenido esos y otros logros. Algo no cuadra.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden. EFE

Son los medios, dicen algunos. Buena parte de la comentocracia progresista culpa a los medios de derecha de manipular a la opinión pública para pasar por alto los sorprendentes resultados de Biden. Otros creen que la desaprobación es producto de la polarización que dejó Trump. Sin embargo, esto es un autoengaño, pues Biden fue el presidente más votado en la historia, y empezó su gestión con 36% de desaprobación. ¿Por qué ha subido 15 puntos hasta llegar a 51%? Además, llegó a la presidencia bajo la promesa de ser el gran conciliador centrista. ¿Por qué no ha logrado unir a la opinión pública? ¿Acaso todos los renuentes son trumpistas radicales?

Otro chivo expiatorio habitual del Partido Demócrata es el obstruccionismo legislativo (filibuster) del Partido Republicano en el Senado para frenar su agenda. Sin embargo, los demócratas no sólo controlan ambas cámaras, sino que tanto el paquete de infraestructura como los paquetes de alivio económico fueron aprobados por consenso bipartidista. Encima, el gran fracaso legislativo de Biden y donde verdaderamente terminó su presidencia –el derrumbe del plan de rescate integral Build Back Better– fue porque un senador de su propio partido, el inefable Joe Manchin de Virginia, se volteó. Si el resto de su agenda legislativa dependía de un senador, ¿qué tan sólida realmente era su presidencia?

Biden, su equipo y sus simpatizantes pueden evadir la realidad todo lo que quieran, pero un balance mesurado debería empezar en casa. Primero, deben saber que la salida abrupta y torpe de Afganistán fue desastrosa. Ahí comenzó a escalar la desaprobación. Si bien la mayoría de los estadounidenses quería el fin de la guerra, las retiradas similares de Saigón con Gerald Ford, y de Teherán con Jimmy Carter servían de prólogo para saber que la forma es fondo. A todas luces la impericia inyectó vergüenza y apocamiento a un pueblo que aprecia lo opuesto en su política exterior. Ahora Putin amenaza con invadir Ucrania y la respuesta tibia y ambigua de Biden tan sólo confirmó que lo de Afganistán no fue un error pasajero sino una falta de liderazgo integral.

Ahí, en el liderazgo integral, vendría la segunda reflexión. Más allá de otros problemas delicados pero manejables para la primera economía del mundo –como la alta inflación y la deuda en récords históricos–, para el observador agudo queda claro que a Biden le falta ímpetu, ese optimismo de Ronald Reagan para unir a Estados Unidos con el brío de grandeza en Morning in America. Tanto más cuanto que la plataforma victoriosa de Biden fue la de unificar. La verdad es que le quedó grande la encomienda y ha sido rebasado por los radicales de su partido, la facción demagógica e identitaria de izquierda que divide –tanto como Trump– a los estadounidenses en buenos y malos, opresores y oprimidos. Su voz es opaca y tímida, no tenaz y envolvente.

En Estados Unidos la aprobación presidencial no es un simple concurso de popularidad. Es una herramienta clave para la gobernabilidad debido a la reelección. Si Biden no hace un examen serio de sus deficiencias, en las próximas elecciones intermedias los republicanos retomarán control del Congreso y Biden será un lame duck el resto de su primer período, con altas probabilidades de perder su reelección, incluso contra el mismo Trump. La república regresará, así, al año cero frente a la amenaza antidemocrática.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password