Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Unamuno y las ansias de inmortalidad

Coincido con Miguel de Unamuno, y con quienes dijeron esto antes y después de él: “Puede uno tener un gran talento, lo que llamamos un gran talento, y ser un estúpido de sentimiento y hasta un imbécil moral”.

Acudo al pensador español debido a su énfasis en “el hombre de carne y hueso” y, entonces, en sus contradicciones y tensiones, por ejemplo la búsqueda de la trascendencia y la necesidad de conciliar las necesidades intelectuales con las afectivas y con las volitivas, sobre la base de que, como advirtiera Spinoza, cada ser se esfuerza en sí mismo.

Retrato de Miguel de Unamuno / Museu Nacional d’Art de Catalunya

Así es como pienso, por ejemplo, en Víctor Hugo, pero no para perorar sobre una de las más grandes proezas de la literatura mundial que es Los miserables, sino para asirlo de carne hueso y anotar que su sentido de la trascendencia le hizo creer que era un vidente y que por ello, en sesiones espiritistas, pudo platicar con Jesús Cristo, Mahoma, Dante y Platón, entre otros fulgurantes pensamientos que, como subrayara Mario Vargas Llosa en La tentación de lo imposible, se expresaban todos en francés y coincidieron siempre con las convicciones del dramaturgo besanzonés quien, por cierto, alguna vez se caracterizó a sí mismo como un camaleón de la política (su única idea perseverante fue luchar contra la pena de muerte, ya se sabe). Tal fue el hombre concreto de Unamuno: centro del universo y clarividente, además de un pagador de doncellas y de sus sirvientas según los favores que de ellas recibiera y que anotaba escrupulosamente en una libreta para controlar sus gastos, en una fervorosa afición que concluyó hasta su muerte. No obstante, la trascendencia de Víctor Hugo está en su obra, es decir, en su sensibilidad para narrar una realidad ficticia, aunque el mismo narrador de Los Miserables sea Dios, delineado por Víctor Hugo, para asignar los actos de cada personaje; y está en sus definiciones políticas –contra la prostitución por ejemplo, que humilla al hombre al aprovecharse de las necesidades de las mujeres–, y que las tuvo todas, siempre aliado de los vencedores.

Es el hambre de la inmortalidad, para seguir con Unamuno, lo que también signó la vida de León Tolstoi que escribía su propio diario junto con un secretario, para dejar el legado de su tránsito por la vida que fue el de un hombre atormentado entre los mandatos religiosos y el lujo en el que vivía, por lo que abandonó la escritura y se convirtió en un pobre jornalero más, decisión a la que arrastró a su propia familia. Pero acaso sobre todo el escritor ruso es uno de los miserables retratados por Hugo, en relación al trato que le dio a Sofia, y que su hija Tatiana Tolstoi relata con una crudeza insospechada: critica a su madre por no obedecer todo lo que dijera el escritor mientras mira a su padre con un gran amor al detallar cómo él nunca quiso que Sofía tuviera ayuda para atender a nueve hijos, a quienes debía amamantar sólo ella, quien debido a sus resistencias, según la versión de Tatiana, fue la culpable de los tormentos de Tolstoi e incluso de su muerte. Pero el autor de Guerra y Paz tiene su legado en esa obra literaria, donde por cierto, se expresa en favor de las libertades de la mujer.

“Tal vez en realidad todos los escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras los impensables e insoportables silencios de la infancia”, advirtió Rosa Montero. No sé si esa anotación funcione como sentencia general, pero estoy seguro de que eso fue lo que sucedió con Edgar Allan Poe, de quien no puede explicarse su trabajo periodístico, literario y poético sin la ausencia de su madre y las desaveniencias con sus padres adoptivos, sin la orfandad infantil y la falta de apoyo para emprender proyectos, entre otros fundar un periódico. Yo leo El Cuervo (porque la trascendencia de los escritores somos sus lectores), como el llanto amargo de la pérdida del otro. Creo, sin embargo, que la anotación de Montero es aun más reveladora al revisar a James Joyce –y no me refiero a la reiterada paradoja del exiliado de Dublín que puso de relieve la cultura de su ciudad en todo el mundo. Aludo al Retrato de un artista adolescente, a ese niño Stephen arrebujado en las sabanas, y a quien despiertan sus padres abruptamente porque el casero los había echado por no pagar la renta, pienso en la algarada de ruidos de la escuela, en la burla dirigida al niño que perdió las gafas porque otro niño más grande quiso mostrar su superioridad física a punta de puñetazos, igual a como lo hizo también un cura al pegarle en las manos con una tableta porque ese niño, Stephen, no llevaba puestas su gafas en el aula. Trato de comprender su miseria. Y eso siento y en eso pienso cuando imagino los primeros trazos del libro de Joyce, en aquella búsqueda para cauterizar sus heridas, el alcoholismo de su padre, la rigidez religiosa y su peregrinar rumbo a la adolescencia, entre el remordimiento celestial y los apetitos de la carne. De ahí que las atmósferas de Joyce siempre producen sentimientos, olores y sabores, y enseguida que digo esto lo pienso, primero, reconociendo en 1903 que aun era joven para escribir el “Retrato de un artista adolescente” y diez años después lo imaginó deslizando la mano sobre sus propias anotaciones para sanar las heridas explorando sus recuerdos –como los de esa promesa celestial de la inmortalidad si aceptaba ser cura– y, así, perfilando su propia trascendencia. Lo escribí hace poco:

Quién sabe cómo, sólo supo que fue un proceso, pero ese joven irlandés ya no sentía el fervor religioso de antaño; y su descontento intelectual con las promesas y las amenazas celestiales, lo profería con palabras fuertes que aceptaban, más aún, amaban a su propio ser corruptible por las concupiscencias de la carne y los otros placeres de la vida. Él sabía que era un artista y que su fin era crear lo bello -lograrlo o no era cielo de otras aves- para lo cual abrió su corazón propicio a la amargura y aprendió a diluirlo en su escritura, a fluir en torno de sus personajes y la acción, “como las olas de un mar vital”, y así evaporar en las palabras su propia existencia y luego mirar su obra desde lejos, mientras fuma un cigarro, toma whisky y escupe en el suelo. La mañana estaba inundada de sol cuando ese artista adolescente concluyó su propio retrato donde se mira a Stephen convertirse en James Joyce. Y es que tenía ya la seguridad de que él, sólo quería ser escritor, un hombre de carne y hueso, que en sus propias palabras volvió a mirar su rostro infantil y tal vez, sólo tal vez, entonces rió cuando se burlaron del niño de las gafas, del hijo de un alcohólico o del hombre que ensució sus manos en las posaderas de aquella mujer que un día en la playa, le desguazó el corazón.

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