Cinque Terre

Orquídea Fong

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Periodista/comunicóloga egresada de la UNAM.

Un testimonio sobre la Línea 12, un Réquiem por 26 vidas

Viví en Tláhuac durante 21 años. Llegué ahí en 1995, a construir mi hogar, en la Miguel Hidalgo, una colonia popular. Desde ese año hasta 2012, mis traslados laborales los hice en camiones que hacían una larga ruta desde el metro General Anaya, el metro que más nos acercaba a aquella zona, pues no tengo automóvil  particular.

Viví la expectación de la construcción de la Línea 12 del metro. Los planes, la encuesta que determinó que beneficiaría a Tláhuac, los anuncios triunfales hechos por el entonces jefe de gobierno, Marcelo Ebrard. Viví varios años viendo cómo iban sembrando los soportes del tramo elevado, viendo con enorme ilusión, es la palabra, como el gris paisaje sobre la Avenida Tláhuac iba cambiando.

Entre vecinos se hablaba mucho de cómo todo sería mejor, más fácil. Ya que esté el metro, nos decíamos, nos cansaremos menos, pasearemos más, ahorraremos dinero… Todo será más fácil. Y durante un breve tiempo, lo fue.

Viví la emoción de su apertura. Sí, fui de las que se fue a subir para saber qué se sentía, puesto que durante un tiempo fue gratis. Incluso, quise conseguir una de las camisetas que regaló el gobierno que decían algo como “Yo ya me subí a la Línea 12”, no recuerdo bien. No lo logré.

Experimenté en carne propia la manera cómo nos cambió la vida. Ya podíamos movernos como otros habitantes de la CDMX. Teníamos, nos dijeron, la mejor línea de metro en la historia de la capital mexicana.

Otros nos envidiaban. Gente de otras zonas se fueron también a dar la vuelta. “Otro mundo”, nos decían. Tan limpio, tan nuevo, tan resplandeciente, tan rápido, tan silencioso. En 30 minutos ya estaba uno en el mismísimo Parque de los Venados. En 45 minutos, en Mixcoac, de punta a punta. Nos sentíamos ciudadanos de primera.

¿No era acaso, la “Línea Dorada”? ¿La Línea del Bicentenario? ¿La que no tendría ambulantes, ni bocineros, ni inseguridad? ¿La que proyectaría a Marcelo Ebrard a las alturas políticas? Yo, en mi interior, sentada en aquellos vagones, fresca, oyendo la bonita selección musical que acompañaba los viajes y viendo las pantallas o bien, leyendo tan a gusto mientras me trasladaba a todas partes, aprobaba con todas mis ganas lo hecho.

Pero, al poco tiempo, viví su prematuro cierre. Admito que pensé que era un golpe político en contra de Marcelo Ebrard por parte de su sucesor, Miguel Ángel Mancera. Dolida e incómoda, como todos los habitantes, esperé con paciencia meses y meses de “revisiones” y supuestas reparaciones. Durante todo ese tiempo, quienes pasábamos por ahí, podíamos ver que las luces de las estaciones seguían prendidas y que diariamente se realizaba el aseo. Eso nos hacía pensar que la cosa no tardaría mucho. Pero no fue así.

Mientras suplíamos los traslados en aquellos espeluznantes camiones “RTP”, se podía escuchar cómo la gente bromeaba para sobrellevar la joda: “Ya no es la Línea 12. Ahora es la Línea 6, porque solo funciona la mitad”. Reír para no llorar, mientras se multiplicaba el cansancio y el temor de que nunca volviera a abrir. 

De regreso, en la reapertura, ya había desaparecido el ensueño, y se hacía presente la atroz realidad y la incredulidad de que hubiera tantas fallas. De que a tan poco tiempo, casi nueva, la línea tuviera goteras, losetas rotas, focos apagados y que en muchas estaciones se hubieran hecho pendejos con las escaleras eléctricas.

Fotografía: Orquídea Fong. Estación del Metro Nopalera, Línea 12. A la izquierda se aprecia el lugar donde debió estar una escalera eléctrica.

Sí: quienes han viajado en la Línea 12 lo saben. Desde su inauguración hasta la fecha, en al menos 7 estaciones del tramo elevado se omitió colocar escaleras eléctricas para bajar. El lugar que debía ocupar la escalera fue tapado y rellenado, quedando una especie de rampa. Yo guardaba la esperanza de que esa deficiencia se corrigiera con el tiempo, pero qué va. Todo el dinero y miles y miles y miles de millones, se fueron en hacer que el metro siguiera rodando. Muy a huevo porque sabemos que se empeñaron en usar trenes que no iban con las vías.

Pero así seguimos mucho tiempo más.

Y viví por años la perplejidad de oír como rechinaban las ruedas del tren al pasar justo por la zona donde colapsó. Ensordecedoramente, no exagero. Al pasar por ahí el sonido era tan tremendo que se dejaban de oír las conversaciones. Muchas veces quise grabarlo, pero por lo que fuera, jamás lo hice.

Viví por años el escuchar, ya avanzada la noche y desde mi casa, un estruendo lejano. Era el metro.

He omitido decir arriba que mi antigua casa se encuentra a 950 metros de la zona del colapso. Y juro que por las noches, con la ciudad ya silenciada, el ruido del rodamiento de los trenes sobre las vías recorría la noche en agudas y estremecedoras frecuencias.

Pero no era la única zona de terror. Hay otra en la que los trenes corren como por sobre piedras, y uno siente el rebote, y el sonido, por supuesto.

Pero jamás imaginé que podría ocurrir esto. ¿De dónde va uno a imaginar algo así?

Aunque desde 2017 que no vivo allá, en los últimos años no dejé de ir con frecuencia. Ni mis hijos. Ese colapso, que arrancó de cuajo tantas vidas, pudo llevarse a cualquiera de nosotros o de mis antiguos conocidos. Es una tragedia que nos toca, que me toca, disculpen el personalismo, no solo por lo que he contado, sino porque el metro es una parte central de nuestra identidad como capitalinos.

El metro es profundamente simbólico para nosotros los chilangos. Punto de encuentro, puerto de llegada, transporte seguro. Hay historias, hay cariño, hay orgullo. Muchos nos besamos con nuestro amor abajo del reloj. Muchos quedamos con amigos en cualquier estación para ir a aplanar las calles, apropiándonos de la ciudad.

En el metro, uno quiere pensar que va seguro. Que sus hijos, que van y vienen de la escuela, están a salvo. Yo estaba tranquila cuando me escribían: “ya llegué al metro, mamá”.

Llegar a una estación del metro era casi estar en casa. “Déjame en cualquier metro” es una frase que decimos mucho cuando alguien nos ofrece un aventón.

Por la criminal negligencia de estos gobiernos de “izquierda” hemos perdido 26 vidas de vecinos de Tláhuac. Pero también vemos rota nuestra confianza en un sistema que nos acogía y protegía.

Y no sólo por la tragedia del 3M, sino por los incendios, los choques, las inundaciones, las fallas de luz, las escaleras que dejan de funcionar, las estaciones cada vez más sucias, los asaltos, los retrasos, los cada vez más escasos trenes.

Hemos visto como de nuestro dinero de boletaje y de impuestos no han surgido las prometidas mejoras. Cómo el metro se llena de publicidad, lo que genera ingresos y no se nota. Cómo se ha hecho algunos arreglos cosméticos en unas pocas estaciones, mientras las fallas estructurales crecen.

Los usuarios frecuentes hemos leído las protestas de los sindicalizados, pegados en letreros en las taquillas. Nunca se hizo nada. Porque ese dinero se roba. Se destina a no sabemos qué, pero intuimos que es para las obras del dictador, de AMLO, así como la Línea 12 fue la “gran obra” que heredó a la ciudad Marcelo Ebrard, ese cobarde. Y que recibieron los que le siguieron. Todos culpables.

Ahora las víctimas exigen justicia. Justicia no es indemnización, eso es lo obligado. Justicia es cárcel para Ebrard, para Mancera, para Serranía, para Sheinbaum, para Mario Delgado, para quien resulte responsable de este asesinato múltiple.

Justicia es el rescate total del metro, AHORA.

Nuestras vidas laborales, económicas, familiares y físicas están imbricadas con el metro. Y nos lo están arrebatando.

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