Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Un té con Vladimir Putin

Desde tiempos inmemoriales, los rusos saben que la vía alevosa del envenenamiento es el mejor método para eliminar a personas incómodas con eficacia, discreción y hasta creatividad. Dice el historiador Simon Sebag Montefiore que el cianuro y el arsénico eran “instrumentos políticos recurrentes” en la época de los Romanov. Por su parte, los soviéticos no tardaron en restablecer tan noble práctica al inaugurar (en 1921) su primer laboratorio para la fabricación de venenos, la siniestra Kamera, dedicada a elaborar tóxicos inodoros, insípidos e incoloros imposibles de detectar por las víctimas. De la era soviética algunos envenenamientos fueron magistrales, como el de aquel líder nacionalista ucraniano, Stepan Bandera, asesinado en 1959 por un agente que utilizó una pistola de cianuro escondida en un periódico, o la del disidente búlgaro Georgi Markov, quien murió en 1979 mientras esperaba un autobús en el puente de Waterloo en Londres. El arma asesina fue un paraguas con punta envenenada.

Los soviéticos solían experimentar sus menjunjes letales con prisioneros políticos encerrados en los Gulag. Aprendieron así a elaborar venenos “a modo”, considerando altura, peso, hábitos alimenticios y hasta posibles alergias de las víctimas. El envenenador más diestro sabe que la dosis óptima es la que mata sin dejar rastro, la capaz de ofrecer un veredicto de “muerte natural” o “causa indeterminada” por parte de un forense. Los disparos con armas de fuego son estridentes y toscos. Las armas bancas, sórdidas y demasiado teatrales. El veneno, en cambio, es deliciosamente sutil y misterioso. El veneno supone varios tipos de agonía, no siempre es fácil de detectar y algunos, incluso, pasarán por siempre desapercibidos.

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La lista de opositores y disidentes políticos intoxicados se amplía constantemente en la presidencia de Vladimir “El Envenenador” Putin. El caso más reciente fue el de Alexei Navalni. Tomaba este activista pro derechos humanos un té en el avión que viajaba desde la siberiana ciudad de Tomsk a Moscú cuando, repentinamente, perdió el conocimiento. Hoy se encuentra en un hospital alemán al borde de la muerte. ¡Vaya con los famosos tés de Putin! En 2004, Roman Tsepov, guardaespaldas del presidente en la década de los 90, murió después de beber un buen Earl Grey al parecer “bien cargado”. Ese mismo año, la periodista Anna Politkovskaya perdió el conocimiento en un vuelo rumbo a la ciudad de Rostov después de tomar té en el avión. Sobrevivió, pero solo para ser asesinada poco después por un sicario. En 2015, Vladimir Kara-Murza cayó en coma durante una semana en Moscú. Ingirió té en un vuelo de Aeroflot. Imposible olvidar el envenenamiento de Alexander Litvinenko, quien tomó unos sorbos de té verde mezclado con polonio radioactivo. Murió semanas después. En 2012, Alexander Perepilichny tomó un té clandestinamente aderezado con gelsemium, una planta rara originaria de una remota región en China y saturada de raras toxinas. No murió de inmediato, sino horas después mientras deambulaba por los senderos de Hyde Park.

Pero no siempre son tés. Sergei Skripal fue intoxicado con un agente nervioso legado de la era soviética, el novichok, el cual fue untado en el picaporte la puerta de entrada de su casa en Londres por agentes de la FSB (la versión actual de la KGB). Él y su hija cayeron desplomados varias horas después en un banco del centro de la ciudad. Sobrevivieron, pero una mujer que tuvo la mala idea de visitarlos ese mismo día murió dos meses más tarde. Yuri Shchekochikhin pereció repentinamente mientras comía, apenas unos días previo a emprender un viaje a los Estados Unidos. Sus documentos médicos fueron considerados clasificados por las autoridades rusas. En 2004, el candidato presidencial ucraniano Viktor Yushchenko apenas sobrevivió a una sopa contaminada con TCCD, sustancia mucho más venenosa que el cianuro. Sobrevivió, pero la cara le quedó horriblemente desfigurada para siempre.

Y, bueno, la verdad es que Putin a veces se desespera y acaba por recurrir a los métodos bruscos. Sucedió con Borís Nemtsov asesinado a tiros a unas cuadras del Kremlin en febrero del 2015. Con Anna Babúrova, periodista, y Serguéi Markélov, abogado, asesinados a manos de un pistolero. Con Natalia Estemírova, secuestrada y asesinada de un tiro a quemarropa. Con la ya citada Politkóvskaya, acribillada en el elevador de su edificio. El oligarca y ex aliado de Putin, Boris Berezovsky, fue encontrado muerto dentro de un baño cerrado en su casa en el Reino Unido, estrangulado con una bufanda de Burberry. Sergei Yushenkov acababa de registrar su movimiento “Rusia Liberal” como partido político cuando fue asesinado a tiros fuera de su casa en Moscú. A Zelimkhan Khangoshvili, ex combatiente checheno, le dispararon en la cabeza en el Tiergarten de Berlín. Algo aún más grotesco le pasó al abogado Sergei Magnitsky, muerto bajo custodia policial tras ser brutalmente golpeado.

Vladimir Putin es un hombre de muchas caras: patriotero canalla, machista irredimible, populista de derecha, manipulador cínico y despiadado señor de la guerra. Pero su verdadero rostro es el de un gobernante asaz incompetente, cuya mala gestión tiene a la economía en pésimas condiciones y a Rusia víctima de una rampante corrupción. Ahora, a golpe de aprobar reformas legales abusivas, pretende perpetuarse en el gobierno. Como todo mafioso, sabe que sin poder podría ser víctima fácil de sus muchos enemigos. Por eso también es cada vez más intolerante a cualquier forma de oposición real o sospechosa, ya seas partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación o activistas como Alexei Navalny. En la vecina Bielorrusia los ciudadanos se levantan en contra del sátrapa Lukashenko. Putin pone barbas a remojar. Los regímenes que gobiernan mediante el miedo, viven con miedo. La gente puede, algún día, cansarse de tantas corrupción y brutalidad. Por eso estos tiranos se recurren sin tregua a la propaganda, las mentiras, el clientelismo y, en última instancia, al asesinato temerario.

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