Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Un (modesto) tributo a las Pin-Up

El feminismo contemporáneo no puede rendir tributo a quienes, hace 100 años, rompieron el esquema sobre lo que entonces significaba ser mujer. Su naturaleza lo impide pues, más que la revisión de contextos históricos, aglutina proclamas y códigos de conducta; está fuera de su comprensión justipreciar la relevancia de las Pin-up en los años veinte del siglo pasado y la rebeldía que las imágenes significaron respecto de los patrones de buena conducta que para ello deben prescindir de la procacidad o el sentido lúdico que evoca a la imaginación sensual: en tal sentido, la visión conservadora que se opuso a esta clase de fotografías tiene la misma patina autoritaria que el prevaleciente feminismo actual.

Nos estamos remitiendo a la Primera Guerra Mundial y la pudibunda moral estadounidense que confinó a la clandestinidad tales dibujos y fotografías entre los soldados norteamericanos que, en cambio, en Europa fueron recibidas con los brazos abiertos; la tradición francesa de los retratos de féminas desnudas y el ambiente alemán henchido de bares donde concurrían las mujeres que replicaban el arquetipo vamp, en libros de muy difícil circulación, dibujos y el cine, permitió que las Pin-up poco a poco se abrieran paso, incluso como consuelo popular –donde prevalecían las preferencias de los hombres–. En aquel entonces la palabra sexo estaba prácticamente vedada en el trabajo editorial.

De la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945, data el mayor prestigio de las estampas a que aludimos, entre otras razones porque implicaron un desafío a la censura estadounidense y representaron formas diferentes de ser mujer, además, desde luego, de su carácter como ninfas de la guerra, y la soledad y la angustia que le implicó a sus combatientes. “Ninfas”, dije a propósito: hermosas doncellas que animan la naturaleza, como hijas de Zeus, y el azul en los ojos como la tonalidad del mar o la sonrisa como fresco manantial entre el reposo de las balas. Por eso aclaro: no eran prostitutas, sino amuletos de guerra; motivo de inspiración, si no es que de esperanza, en calendarios y revistas, frente a la muerte probable o la existente del compañero del pelotón.

Hay miles de mujeres relegadas en la historia, escritoras que debieron firmar con seudónimo o guardar sus trazos para mejores tiempos, científicas que cedieron los honores al esposo, poetas que debieron fingir ser hombres para adentrarse al erotismo, actrices que abofetearon al nazismo como hizo Marlene Dietrich al renunciar a la nacionalidad alemana y a su carrera en ese país –“lo hice por decencia”, respondió el Ángel azul cuando le preguntaron por ello– y deidades que emplearon su cuerpo contra la inquisición de la moral, como ocurrió con Bettie Page. La actriz animó personalmente a los soldados para el fragor mientras que la Pin-Up norteamericana lo realizó con su imagen selvática, agresiva y felina, la melena negra y sus posaderas de ensueño (entre muchas otras como la rubia Betty Grable, también un icono de la cultura pop y el principal estandarte de ánimo para la guerra; fue la estrella mejor pagada de Hollywood por encima de Ava Gardner).

Hablar de Pin-up es hablar de dibujantes: Peter Driben es uno de los mejores de la historia, al menos entre los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, por arriba de Gil Elvgren aún con sus memorables rostros de sorpresa, los ojos chispeantes, en quienes miran que han sido sorprendidas con la falda rozando las bombachas o Alberto Vargas y el realismo que resalta la sinuosidad del cuerpo sintiendo placer. Driben fue el más prolífico por lo que no se puede encasillar en alguna característica específica en sus dibujos y fotografías, más aún tuvo una versatilidad que nadie más mostró al reproducir lo mismo el espíritu bondage de la señora Bettie Page que, en todas las revistas de la época –Eyeful, Titter y Whisper, entre otras–, esa invitación traviesa a sujetar los tobillos al aire y horadar entre las transparencias y los senos atónitos.

Definitivamente, estamos en deuda con esas mujeres que rompieron moldes y fueron libres.

 

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