Cinque Terre

Fernando Dworak

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Un gobierno de revelaciones

Quizás el más grande éxito del ejecutivo en cuanto a comunicación política se refiere es que logra hacernos creer que sus palabras y frases son ocurrencias de un viejito tierno. Lejos de ello, su manejo del lenguaje es quizás lo que más cuida de su gestión y está planeado para definir los marcos cognitivos según los cuales nos comunicamos. Ha conquistado el imaginario público gracias a nuestra incapacidad para darnos cuenta de ello.

El ejemplo más reciente es el uso de la palabra “revelación”, a la cual recurre para sorprender con información por lo general falsa o parcial, como la lista de reporteros que recibieron dinero del ejecutivo el sexenio pasado; o su gancho argumentativo para cuando lo arrinconan: él tiene otros datos.

La palabra “revelación” viene de un contexto religioso, y se refiere al acceso a una verdad secreta u oculta; la cual se manifiesta frecuentemente a través de una entidad sobrenatural. Naturalmente, ese conocimiento no es accesible al resto de los mortales y se entiende que su conocimiento es reservado a un grupo de privilegiados.

Toda revelación es parte central del pensamiento religioso y es la base de dogmas y partes incuestionables de la doctrina. Al ser materia de fe, la revelación se usa para protegerse de todo cuestionamiento a través de conocimientos adquiridos mediante un esfuerzo deliberado. Ahí nace la división entre ciencia y religión, por ejemplo. Aunque el término cristiano más exacto sería “apocalipsis”, el uso a lo largo de los siglos le ha dado una connotación distinta, refiriéndose al final del mundo en sí y no como producto de la revelación de un designio divino.

Si el ejecutivo “revela” información en lugar de mostrar datos y cifras oficiales, entonces se entiende que él no solo tiene acceso a lo que comunica, sino además da a entender que sólo él tiene un designio inescrutable sobre lo que está pasando y el destino del país. Sin importar lo que digan otros funcionarios públicos e incluso sus opositores, su conocimiento siempre está por encima de todo y tiene una masa de seguidores que le creen ciegamente: de hecho, es a ellos a quienes se dirige día a día.

¿Qué sucede cuando sus propios colaboradores desmienten su información? Dos cosas. La primera: se entra en el juego diario de la desinformación y los desmentidos, de tal forma que sus dichos siguen dominando la discusión del día. La segunda: siempre puede recurrir a que en un futuro revelará toda la información que tiene, reforzando la fe de sus seguidores. Mientras tanto, se desmontan instituciones encargadas de transparentar información y combatir la corrupción y cada vez más datos se reservan.

¿Qué hacer? Desarticular la trampa: un presidente no revela, difunde o da a conocer. Segundo, dejar de dar relevancia a sus dichos y ocurrencias, para no caer en su trampa: vale la pena no enterarse de lo dichos de la “mañanera” sino hasta después de mediodía, cuando ya hay retroalimentación de otros actores y fuentes. Tercero, favorecer información de canales institucionales y acreditados. Cuarto: presionar por la solidez de los órganos encargados de la transparencia y acceso de la información.

 

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