Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Un dictadorzuelo africano

Tanta ridiculez, tanta estulticia, tanta irrisoria moralina, tanta trivialidad, tantas obsesiones con presuntos o verdaderos “adversarios”, tanto irrespeto por la investidura de “Jefe del Estado mexicano”, tanto perder el tiempo diciendo sandeces cada vez más temerarias, tantas arteras ofensas expresadas cotidianamente por López Obrador desde su púlpito mañanero me hacen recordar a algunos de los tiranuelos más absurdos de la historia mundial de la megalomanía, justo aquellos que no se resignan simplemente con “hacer Historia”, sino que además sienten tener cualidades de predicador y procuran conducir a su grey de gobernados por los senderos de la moral y la buena conducta personal. Incluso algunos de estos sátrapas han escrito “grandes obras” llenos no solo de sus “verdades” ideológicas, sino que también constituyen manuales de moral y óptimo comportamiento ciudadano. Algunos esperpénticos ejemplos de esto lo dan el Ruhnama del insólito dictador de Turkmenistán Niyázov, el Libro Verde de Gadafi, la idea Juche de Kim Il Sung, el póstumo Libro Azul de Chávez y el libro de citas de Mao.

Al género de dictador-predicador perteneció Ahmed Sékou Touré, quien gobernó Guinea desde la independencia del país (1958) hasta el día de su muerte (1984). Fue un aldeano que apenas contaba con una educación elemental, pero desde siempre se sintió sabio y pese a su ignorancia dio a conocer al mundo un “originalísimo sistema integral de ideas” al que bautizo “la comunocracia”, el cual era solo un champurrado de materialismo dialéctico con una visión personalísima de la historia de su nación, de África y del mundo y una serie interminable de ocurrencias y lugares comunes. A lo largo de sus años como gobernante absoluto, el infalible Sékou Touré (también apodado como “Sily”, cuyo significado es “elefante”, el animal favorito del dictador), “escribió” más de 50 libros los cuales versaban sobre prácticamente todos los renglones del quehacer humano: religión, historia (sobre todo eso, “Historia”), antropología, química, física, economía “humanista”, lenguas, moral, filosofía, matemáticas, estadística, filología, etc. El declarado y superior objetivo de tan magna obra consistía en la creación del “hombre nuevo africano”, arquetipo de “una realidad material, una realidad histórica, una realidad social, una realidad filosófica, una realidad económica, una realidad espiritual, una realidad cultural”.

Touré odiaba a los intelectuales tradicionales tan refinados, políglotas y europeizados. Por eso se autodefinía como un “intelectual- antiintelectual”, orgulloso hombre del pueblo “representante de una cultura en virtud de su comunión de ideas y de acción con su pueblo. El representante de su pueblo, el representante de una cultura”. Y como encarnación del binomio pueblo-cultura el líder escribía y hablaba. Sus discursos llegaban a durar hasta ocho horas. Ah, y todas las mañanas tomaba los micrófonos de la radio y televisión para dedicarle a sus gobernados alguna reflexión inspiradora, fustigar a malvados adversarios y darle un pequeño jaloncito de orejas a la gente que, sin dejar de ser buena, se andaba portando un poco chueco. Tanta palabrería, como suele ocurrirle a los gobernantes verborréicos, acababa casi siempre en la proliferación de absurdos galimatías, como estos:

“Yo no digo que todo lo que diga siempre sea verdad, pero yo diré siempre la verdad”.

“Los estadistas africanos no deben comportarse como niños desnudos ante los jefes de Estado europeos, debemos comportarnos como adultos, soldados y maestros. Demostrar que los niños son ellos y nosotros, en todo caso, ser niños-maestros ”.

“Le pedimos al mundo no nos juzgue ni nos piense en términos de lo que éramos, ni incluso de lo que somos, sino más bien piensen en nosotros en términos de la Historia y de lo que seremos mañana y pasado mañana, inspirados, de alguna manera, en el ayer, pero impelidos al futuro como manada de elefantes”.

“Para tomar parte en la revolución africana no es suficiente escribir una canción revolucionaria. Se deberá entonar la revolución con el pueblo, y si se logra armonizar con el pueblo, las canciones vendrán por sí mismas”.

En 1967, a imitación de lo que, a la sazón, ocurría en China, Sily anunció su propia Revolución Cultural para Guinea. Como sucedió con Mao y su Pequeño Libro Rojo, fue publicado un compendio que contenía las principales máximas del “Pensamiento Sékou Touré” el cual la gente debía leer y meditar a conciencia. Otro aspecto bizarro de esta “revolución cultural” fue la decisión de abolir la lengua francesa como idioma oficial y dar igualdad de derechos en ese aspecto a menos de ocho dialectos locales. Al tirano también le fascinaban los desfiles y actos masivos. Los participantes debían ir bien vestiditos de blanco, color preferido del excéntrico presidente. Estos eventos muchas veces incluían la representación de obras de teatro con mensaje moralista escritas, obviamente, por el genial líder. Mientras tanto, el modelo económico inspirado en el “Pensamiento de Sékou Touré” era un rotundo fracaso, y eso que Guinea poseía por lo menos la mitad de las reservas conocidas de bauxita del mundo. A la quiebra económica contribuyó, por cierto, la construcción de infraestructuras faraónicas completamente inútiles.

Durante sus treinta años de poder, Touré mantuvo la costumbre de efectuar purgas periódicas tras descubrir, oportunamente, formidables complots. Cada una de estas campañas recibió un singular apelativo oficial. Por ejemplo, la de 1960 se llamó “contra los intelectuales tarados y las fuerzas conservadoras“, después vendría “contra los sindicalistas, maestros y estudiantes, elementos de extracción feudal y anarquista con el apoyo de las embajadas imperialistas y soviéticas”, y así hasta llegar a un total de quince, aunque mi preferida personal fue la de 1970 contra “el complot internacional de Portugal, Estados Unidos, la OTAN, Francia, El Vaticano, Costa de Marfil y Senegal coordinado por la quinta columna SS nazi”, esta última, supuestamente una red nazi sobreviviente de los juicios de Nuremberg cuyo objetivo principal era la eliminación del adalid guineano.

Touré, cabe decirlo, no era personalmente corrupto. Observaba para sí mismo un estilo de vida sobrio. Su fortuna personal era modesta. Sus lujos, mínimos. En sus alocuciones mañaneras solía despreciar a la corrupción y amenazaba con el paredón y los peores tormentos a los malversadores. “Yo le advierto a las fuerzas conservadoras de todo el mundo: no soy igual a otros gobernantes africanos heredados del colonialismo, yo soy honesto, miren cómo vivo”, así vanagloriaba pero, eso sí, su familia (fue un portentoso nepotista) y su entorno se dedicaron a enriquecerse de flagrante forma.

Advierto al amable lector que con esto no trato de encontrar una correlación política caprichosa al comparar los delirios mañaneros de AMLO con un cruel tirano quien, más allá de su mesianismo, fue asaz sanguinario y reprimió a su pueblo de forma atroz. No, de ninguna manera sugiero que nuestro presidente sea un déspota desalmado. Ese tipo de despropósitos en las comparaciones históricas se los dejo, precisamente, a nuestro Peje, tan aficionado a las extrapolaciones ilógicas y a las falaces analogías históricas, como esta última que se aventó al calificar a nuestras clases medias de “hitlerianas” (por cierto, ¿Se acuerdan de los “jóvenes fascistas de Luis Echeverría?). A veces AMLO me recuerda a algunos dictadorzuelos africanos y del centro de Asia, eso es todo. Algunas semejanzas retóricas con Chávez también son obvias. Incluso cabe citar aquí al sátrapa comunista Enver Hoxha, quien proclamó a Albania como “el país más feliz de la tierra porque somos pobres, sabemos ser pobres, ¡y nos gusta!”.

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