Cinque Terre

José Antonio Polo Oteyza

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Ha colaborado en el diseño y gestión de proyectos en los ámbitos de comunicación social, política exterior, seguridad. Actualmente es director de la organización social Causa en Común.

Última llamada

La democracia enfrenta el mayor de los peligros. Analistas, políticos, académicos e intelectuales advierten que hay una mafia que tuerce todo lo que haya que torcer para ganar a la mala. Así las cosas… en Estados Unidos. No es para menos: Donald Trump se sacó de la manga un fraude inexistente, no estuvo en la investidura de Joe Biden, intentó un golpe el 6 de enero y ahora los republicanos, autonombrados sus vasallos, maniobran en los estados con todo tipo de chicanadas para asaltar en tres años la Casa Blanca, con o sin voto popular, con o sin colegio electoral.

Acá también hay un movimiento enemigo de la democracia, y para el que una institución menos es un pendiente menos. Se tropiezan entre sí los voluntarios para la noche de los cuchillos largos sobre el Instituto Nacional Electoral (INE). “¡Golpe a la democracia!”, vocifera, con su teatralidad siempre solícita, el señor Mario Delgado, desde hace buen rato ya fuera del alcance de cualquier parodia. Persecución a los consejeros insumisos, anuncia otro prócer. Es que la patria muere por checar hasta el infinito la infinita popularidad del jefe, dice uno que dicen que era listo. “Chicanadas”, sentencia el jefe, experto supremo en el tema.

Avientan mentiras a granel, pero no hay engaño, y ya enfilan al INE hacia la ciénaga donde se acomodan plácidamente las ruinas de la masacre institucional. Mientras, algunos siguen apantallados con una plaza llena que era imposible no llenar si a eso se abocaba lo que queda de gobierno. Muchos imaginan que sólo se trata de aguantar vara y mantener la alianza que sea, aunque no inspire nada a nadie; capotear una elección —turbulenta y polarizada, pero normalona—, despertar de la pesadilla y reconstruir.

No será así porque un movimiento político predatorio no se detiene en exquisiteces constitucionales, porque mientras una mano debe atender al México informal, el más bronco, el de los compromisos interminables y sin sustento, la otra mano debe trasquilar al México formal. Esos niveles de arbitrariedad no pueden administrarse en contextos de libertades y democracia.

Rogelio Morales/Cuartoscuro

Por definición y por necesidad, no hay una sola acción relevante de gobierno que no abone a la concentración y prolongación del poder. Ningún otro es el sentido de las purgas en el gobierno, para tumbar inversiones y aventar efectivo, del sabotaje a la división de poderes, de la destrucción de políticas sociales, del avasallamiento de autonomías y para el entusiasmo militarista. No hay más que una vanidad paranoica en la parejera delirante de amenazas y mentiras, en la plaza como chantaje político-religioso, o en la diana que se coloca al árbitro electoral. Igual que el amigo Trump, nunca aceptarán entregar la presidencia, y después del susto en la capital, menos aún se arriesgarán a que resurja y se procese electoralmente el voto de una ciudadanía agraviada. Ya de por sí, a estas alturas una ciudadanía sin adjetivos es kryptonita letal para el movimiento.

Por eso, muy probablemente la democracia mexicana ya no pueda salvarse en el 2024. Será demasiado tarde. Sin una defensa radical del INE hoy, mañana el voto será un patético simulacro en el que la aplanadora sucia y violenta que ya calentó motores en las pasadas elecciones locales sólo tendrá que pasearse, oronda, por la ciénaga de nuestras ruinas institucionales.

La farsa de la presidencia “legítima” empezó antes que la presidencia formal y quiere la eternidad. Con o sin los votos. Miente pero no engaña. Es la última llamada.

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