Cinque Terre

Leo García

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Diseño y coaching de estrategias para manejo de redes sociales. Experiencia en análisis de tendencias en línea.

Trump y la Sección 230 de la CDA

Que bien podía haberse subtitulado, “Trump y Facebook vs. Twitter”.

Internet no se considera un medio de comunicación, por muchos aspectos. El primero, tal vez el más obvio, es que de hecho tecnológicamente no lo es. Es una red global de computadoras y dispositivos de todo tipo interconectados. Surge con el objetivo principal, como piedra angular de toda su arquitectura esencial, de compartir información y permitir comunicación a todos los niveles. Así pues, se le considera un hipermedio.

Conforme fue creciendo en sus primeras etapas de apertura al mercado masivo, a principio de la década de los 90, llegaron también las primeras complicaciones legales en su funcionamiento. Especialmente con los primitivos sitios web, tableros de mensajes, portales informativos y sobre todo los blogs, que cualquier persona podía abrir y publicar el contenido que deseara sin restricción.

La pregunta que surgió fue, ¿quién se hace responsable de la información que se publica en esos espacios abiertos?

La primera gran controversia surgió conforme proliferó la difusión de pornografía en Internet, que es precisamente lo que da origen a la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, abreviada CDA por “Communications Decency Act”.

Lo que esta ley buscaba era normar dos cosas. Primero, qué tipo de contenido sí era posible poner en línea y, segundo, a quién hacer responsable de ese contenido. La forma original de esta norma, en proyecto de ley, fue declarada inconstitucional al atentar contra la libertad de expresión al buscar prohibir la pornografía en Internet al considerarla “indecente y obscena”. Pero en cambio ayudó a formular el punto acerca de la responsabilidad sobre el contenido.

Se tuvo que poner en claro la diferencia respecto a los medios tradicionales masivos de comunicación, que tienen un proceso previo de selección para decidir qué poner en una pantalla, impreso en un papel o transmitido por radio. Es decir, una labor editorial.

En cambio, en Internet pueden existir dos formas diferentes de manejo de la información. En el primero, de origen un espacio en línea puede surgir siguiendo la línea editorial tradicional de un medio, que es el caso de los medios tradicionales masivos al recodificar su contenido a adecuarlo al espacio de Internet.

Pero también existen las empresas que se ofrecen sólo como proveedores de tecnología sobre la que los usuarios pueden publicar y difundir cualquier clase de contenido. Por este factor de diferencia, Internet y sus espacios son considerados plataformas de difusión.

Conforme Internet empezó a crecer, sobre todo en usuarios con posibilidad de compartir su propio contenido, estas diferencias se hicieron evidentes.

En tanto las editoriales hacen un proceso previo de selección del contenido que publicarán, entonces asumen la responsabilidad sobre ese contenido. En cambio, las empresas proveedoras de tecnología de Internet se definieron sólo como plataformas interactivas sobre las que ofrece un foro abierto para que cualquier persona pueda publicar lo que desee, por controversial que sea. Y entonces con esta diferenciación, las empresas de Internet quedan exentas de prácticamente la totalidad de la responsabilidad sobre ese contenido.

No se habla de una totalidad sin restricción, no es en términos absolutos. Las empresas de Internet, sin importar su modelo o formato, sí asumen responsabilidad de antemano sobre contenido que expresamente sea ilegal, como es la pornografía infantil, por ejemplo.

Sobre esta norma legal, que entró en vigor en 1996, es que surgen y crecen hasta la dimensión que tienen el día de hoy, las inmensas empresas globales de Internet, pero ha sido esencial para el auge de las redes sociales.

Gracias a la Sección 230, cualquier sitio de Internet -aun los que son editoriales como los periódicos- no es responsable de lo que sus usuarios comenten, publiquen, compartan o difundan, en sus sitios.

Por ejemplo, un medio tradicional en Internet, como un periódico en línea, si abre un espacio para comentarios de sus usuarios lectores, no es responsable ni tampoco asume las consecuencias, de lo que ahí se publique.

Posiblemente en este punto entonces queda claro que Facebook, Twitter, YouTube, Instagram, Snapchat, Pinterest, Tik-Tok, pero también Pornhub, XVideos, es decir, todas y cada una de las redes sociales, califican sólo como plataformas interactivas donde los usuarios son quienes generan el contenido y las empresas sólo proveen la tecnología sin asumir responsabilidad o consecuencias como editorial sobre ese contenido.

Hasta ahora.

Después de la elección de 2016 en Estados Unidos y el referéndum para decidir la permanencia, o no, del Reino Unido en la Unión Europea, el Brexit, se documentó la capacidad de influencia de las redes sociales, especialmente Facebook y Twitter.

La desinformación y el discurso de odio han sido los dos ejes centrales sobre los que se ha presionado para definir el rol que deben tomar estas empresas, considerando que la influencia que tienen, social y en consecuencia política, está concentrada en pocas manos y con criterios poco claros acerca de cómo aplican sus términos de uso, reglas, políticas de contenido y demás.

Así fue como iniciaron a implementar mecanismos de verificación de hechos y validación de información, el llamado “fact checking”. No es un trabajo reciente, han sido más de dos años ya desde que iniciaron. Pero fue el pasado 26 de mayo que dos tuits de Donald John Trump, presidente 45 de Estados Unidos, fueron etiquetados con una notificación contextual puesta por Twitter, ofreciendo un enlace para validación de las afirmaciones que ahí se hicieron. E inició el debate, junto con la ira de Trump.

Trump firma una orden ejecutiva donde promueve que las empresas de redes sociales dejen de ser consideradas plataformas y en adelante se les considere editoriales.

La justificación es que -dice Trump- Twitter dejó de ser una plataforma para convertirse en una editorial, al hacer un ejercicio distintivo sobre una pieza de contenido que se publicó por parte de uno de sus usuarios.

Y el debate alrededor del tema no es menor. ¿Fue censura lo que hizo Twitter? ¿Es una toma de postura política por parte de una de las principales empresas globales de internet? ¿Es algo a favor o en contra de la libertad de expresión?

Una cosa sí queda clara hasta ahora. El gran ganador de este movimiento es Facebook, que desde hace ya algún tiempo ha renunciado a ejercer cualquier forma de manejo relacionado a la veracidad del contenido publicado por sus usuarios, lo que por supuesto es del agrado de mucha gente. Incluyendo a la clase gobernante, no sólo en Estados Unidos.

Más del tema la próxima semana.

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