Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Transexuales en el deporte

¿Qué sucedería si el Canelo Álvarez cambiara de sexo y a partir de entonces se enfrentase a mujeres de su mismo rango de peso? El Canelo ha sido casi invencible: solamente ha perdido un combate, contra el elusivo Mayweather. Suele vapulear a sus contrincantes. Pero alguno tal vez podría infligirle una segunda derrota. En cambio, ¿tendría una boxeadora posibilidad alguna de triunfo frente al Canelo?

Los éxitos de la nadadora transexual estadunidense Lia Thomas, de la Universidad de Pensilvania, suscita un debate sobre la igualdad de oportunidades en el deporte y los derechos de las personas que cambian de sexo. Un grupo de padres de sus compañeras universitarias envió una carta a la asociación que organiza las ligas universitarias calificando la situación como una amenaza para el deporte femenino (Robert Álvarez y Carlos Arribas, El País, 1 de enero).

De un lado, hay quienes sostienen que las mujeres que fueron hombres tienen ventaja sobre sus competidoras por la masa muscular y la fuerza obtenidas en la irreversible pubertad masculina. Otros, en cambio, alegan que si se excluyera de los deportes practicados por mujeres a esas transexuales se les estaría segregando como antaño se hizo con las negras, a pesar de que no hacen trampa al competir ni transgreden los derechos de sus rivales.

La primera deportista transexual que participó en unos Juegos Olímpicos fue la neozelandesa Laurel Hubbard. Compitió en halterofilia (levantamiento de pesas) fallando en los tres intentos en la modalidad de arrancada. Fracasó a pesar de los atributos que poseía por haber sido primeramente varón. ¿Eso significa que no hubo ventaja competitiva? No; si consideramos que en ese deporte la masa muscular y la fuerza son determinantes, no podemos soslayar que el lugar que consiguió Hubbard para estar en los Juegos lo perdió una mujer que siempre había sido mujer.

El Comité Olímpico Internacional (COI) permitió participar a las deportistas transexuales en competencias femeninas en 2003. En 2015 fijó como límite para esa participación un nivel de testosterona de 10 nanomoles por litro de sangre. La directriz no es de cumplimiento obligatorio para las federaciones de cada país.

La nadadora Lia Thomas se sometió a la terapia de reemplazo hormonal durante dos años y medio, con lo que sus tiempos se vieron afectados entre 2 y 5 por ciento. La diferencia entre los récords masculinos y femeninos en natación es de alrededor de 11 por ciento. Una juez de la Federación de Natación de Estados Unidos, Cynthia Millen, dimitió de su cargo por considerar que esa nadadora tenía ventaja sobre las demás.

Todavía en 2019 Lia Thomas competía como hombre haciendo el proceso de hormonación. Su entrenamiento correspondía al de los nadadores masculinos, y eso influyó en su nivel de desarrollo, su destreza y sus habilidades. Aunque la terapia hormonal disminuye en cuatro meses los niveles de hemoglobina, éstos no llegan a los de las mujeres cisgénero (aquellas cuya identidad de género coincide con su sexo biológico).

La Word Rugby, que traza pautas internacionales, prohíbe que las mujeres transexuales intervengan en los torneos porque los varones biológicos, cuya pubertad y desarrollo están influenciados por andrógenos o testosterona, son entre 25 y 50% más fuertes, 40% más pesados y 15% más rápidos que las mujeres biológicas, y los tratamientos para disminuir la testosterona no igualan las condiciones físicas.

Espero que nadie me acuse por esta nota de transfobia como le sucedió a J. K. Rowling —nada menos que la autora de Harry Potter—, a quien, a pesar de que expresó que respeta el derecho de las personas trans de vivir de cualquier manera que sientan como auténtica y cómoda, no se le perdona en ciertos círculos de la diversidad sexual que haya expresado la obviedad de que el sexo biológico es real y no una ilusión.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 13 de enero de 2022. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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