Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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La tragicomedia de Boris Johnson

Finalmente, tras cuatro años y medio de tragicomedia, el Reino Unido y la Unión Europea lograron concretar un acuerdo comercial para poner punto final a las negociaciones del Brexit, y aunque con ello se evita una debacle económica de incalculables consecuencias en ambos lados del Canal de la Mancha, se abre ahora para toda Europa un período de grandes y angustiosas incógnitas. Reino Unido abandona el mercado interior y la unión aduanera con la excepción de Irlanda del Norte, donde seguirán vigentes regulaciones especiales para respetar los acuerdos de paz. Londres se beneficiará de un comercio sin cuotas ni aranceles con la Unión Europea, siempre y cuando mantenga alineamiento normativo con las disposiciones comunitarias. Fuera del acuerdo queda el sector servicios, el cual supone el 80% del PIB británico. El poderío financiero de la City está en entredicho. Irónico: el sector pesquero, que en el Reino Unido apenas emplea a unas once mil personas, estuvo a punto de echar abajo al acuerdo, mientras que el sector financiero, que emplea a un millón de personas, no fue objeto de un tratamiento genuinamente especial. ¡Vaya disparo en el pie! Pero aún más que las financieras perderán los ciudadanos de a pie tanto británicos como europeos, con sus prerrogativas y derechos ahora reducidos. Eso sí, los nacionalistas recalcitrantes de Albión disfrutarán de su Brexit done y de su supuesta “soberanía absoluta”.

El principal instigador del Brexit, en inefable demagogo Boris Johnson, deberá ahora cumplir su promesa de volver a convertir a su país en una “gran potencia” con un programa masivo de inversiones, sobre todo en el norte del país, la región más afectada por la desindustrialización promovida por Margaret Thatcher en los años ochenta. Pero reactivar la máquina productiva y poner fin a las políticas de austeridad practicadas desde la crisis de 2008 exigirá incrementar el déficit del Estado o aumentar los impuestos, y es donde la palabrería deja de ser efectiva. Las consecuencias económicas del Brexit podrán disimilarse un rato con los efectos de la pandemia, pero esa coyuntura tiene fecha de caducidad. Se vienen tiempos difíciles. Ante ellos, Boris se verá tentado a mantener el estilo vociferante del confrontacionista implacable y falsario, del politiquillo aficionado a culpar de todos los males a algún elemento externo supuestamente hostil. Es el truco más viejo del manual populista.

Ben STANSALL / POOL / AFP

El escritor Ian Mac Ewan comentó sobre toda esta farsa del Brexit: “Hemos sido testigos de la caída en desgracia de la argumentación razonada. El impulso del Brexit contenía importantes elementos de la ideología de sangre y tierra con toques de nostalgia imperial. Estos espeluznantes anhelos se elevaban muy por encima de la realidad”. Boris llegó al poder esgrimiendo argumentos ajenos a la racionalidad económica o política. Sin duda intentará mantenerse en él de la misma forma. Ha asimilado la lección fatal aprendida en la campaña del Brexit y la cual, lamentablemente, se repite una y otra vez en las naciones donde padecemos la peste populista: ya no hay castigo en las urnas para los políticos que mienten descaradamente y rompen las reglas de forma flagrante. Los populistas actuales no se preocupan de ser descubiertos violando leyes, quebrantando instituciones, faltando sistemáticamente a la verdad o haciendo trampas. Antes, cualquiera de estas inmoralidades, de hacerse públicas, hubiesen significado el fin político de cualquiera. Ya no, e incluso algunas de ellas pasan por virtudes. Lo único indispensable para ganar elecciones y consolidarse en el poder es saber manejar un discurso divisorio de retórica fácil, irreverente ante la corrección política, diseñado a culpar de los problemas nacionales a enemigos identificados, fuerzas oscuras, influencias externas y, en el caso europeo y norteamericano, a los inmigrantes.

Jamás se han distinguido las mayorías electorales, las de ningún país, por ser demasiado congruentes, sofisticadas o inmunes a la manipulación política, pero hoy como nunca prevalecen electorados irracionales y carentes de ideas o convicciones. Las posiciones de los demagogos actuales son cada vez más contradictorias e insustanciales. Están dirigidas exclusivamente a las vísceras de sus posibles votantes. Buscan guiar a las masas por las sensaciones y el instinto. Véase, como ejemplos, los casos británico y norteamericano. Tanto Trump como Boris son visto por la mayoría de los ciudadanos de sus países como pillos, mentirosos e hipócritas “uno jamás les compraría un coche usado”, dicen de este par. Pero el día de las elecciones votan por ellos con singular entusiasmo, y lo hacen porque estos personajes, así como son de deleznables, también son sus espejos y se identifican con quienes explotan irresponsablemente las identidades grupales (nacionales, religiosas, étnicas, de clase, lingüísticas) con el propósito de apuntalar regímenes personalistas y autoritarios. Como dice Paolo Flores d’Arcais “Se busca la identidad como antaño el alma gemela: para conjurar un vacío, un miedo, una soledad. Para sustituir la dotación de sentido prometido por una ciudadanía negada” Y nos advierte de los peligros de “la hipertrofia de las identidades disgregadoras”, las cuales terminan aniquilando derechos ciudadanos y sociales.

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