Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Toy Story 4, más allá del éxito en la taquilla, es una cinta irregular

“Toy Story 4” no es la mejor película de la saga que inició hace 24 años -opino que las mejores son la I y la III- pero es un referente ineludible para conocer el final de una historia, la primera cinta animada con efectos digitales en la historia del cine, y la primera en incorporar madres solteras (II), mujeres que se abren paso sin la tener la dependencia tradicional del hombre, la diversidad racial y la visión de los estados totalitarios sobre el ser individual vigilado por “El gran hermano” (III), para evitar desavenencias.

“Toy Story 4” tarda al menos quince minutos en empezar, en ese lapso carece de dinamismo y llega al tedio entre una niña (Bonnie) temerosa de ir a la escuela por primera vez, la cuchara que halla su destino en la basura (Forky) y los padres amorosos aunque muy alejados de los sentimientos y las expectativas de su hija (con un exceso tal que parecen tontos). Producida por Pixar Animation Studios y lanzada por Walt Disney Pictures, es inevitable la pátina cursi de Disney aunque también hay chispazos y giros menos previsibles de los acostumbrados en animaciones infantiles.

A los nostálgicos hay que decirles que esta cinta tiene todas las voces originales de la I con excepción del fallecido Don Rickles; a las feministas hay que ofrecerles a Betty, muy tierna y segura mujer (guapísima además) que impulsa a los demás a vencer sus miedos junto con la parafernalia del significado de la hombría entre poses y malabarismos, como le pasa a Duke Caboom quien dejó de buscar identidad en el niño que defraudó porque el anuncio comercial hacía más intrépido a Caboom de lo que era en realidad.

Gabby Gabby es una muñequita despreciada por defectos de origen pero que supo remontar el rencor para buscar el amor incondicional de un niño, Buzz Lightyear, el amigo incondicional de siempre y, entre otros personajes más, Woody como símbolo de la lealtad hasta el mismo sacrificio y animado por los recuerdos de haber acompañado a Andy; incluso el vaquero tiene el valor adicional de arrancar su voz para apoyar la búsqueda de Gabby Gabby y el temple al darse cuenta que una cuchara de plástico es el juguete preferido de Bonnie (sin duda porque la niña fue quien le dio vida aunque el mismo Forky no tenga la menor idea de por qué habla y él mismo tenga que explicarlo a la cuchara niña que después conocería y que quizá, solo quizá, podría ser la compañera de su vida.

“Toy Story 4” no está desprovista de lugares comunes, el juguete malvado por falta de amor, los adultos que jamás comprenden el mundo infantil, la compañía los aquellos abandonados y la generosidad para aceptar el relevo o el papel secundario a los caprichos de la niña a quien, según la cinta, sólo hay que impulsar para enfrentar sus miedos. A veces parecen los padres auténticos, inanimados juguetes mientras que éstos tienen la vida y la sensibilidad de la que ellos carecen (por cierto, qué lejana se encuentra Gabby Gabby de Lotso). Creo, por último, que productores y guionistas tuvieron buen cuidado en evitar una historia de amor entre Woody y Betty pero el esfuerzo es poco valorable cuando en otras rutas los juguetes parecen humanos.

Reitero, tanto para los fanáticos como para el público en general vale la pena ver “Toy Story 4” aun con los peros que he señalado.

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