Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Tovarisches

La Cámara de Diputados instaló esta semana el Grupo de Amistad México-Rusia que tuvo como invitado distinguido al Embajador de Rusia en México, Viktor Koronelli, a quien un puñado de abyectos diputados no se cansó de llamar, como nadie mejor sabe hacerlo, “excelentísimo señor”. Todos, menos un nostálgico priista –quien, entre otras cosas, evocó algunas simpatías rusófilas de aquel régimen nacional revolucionario–, eran del Partido del Trabajo y de Morena, así que imagine usted las adulaciones filocomunistas.

El embajador aprovechó la ocasión y las instalaciones de la representación republicana que le prestaron nuestros pérfidos diputados –¡qué más iba a hacer!– para justificar la sangrienta invasión de Rusia a Ucrania, en la cual se están perpetrando crímenes de guerra como el aniquilamiento de Mariupol, el uso de bombas de racimo y armas termobáricas, así como la destrucción de corredores humanitarios, de zonas residenciales, de centros de atención médica y otros blancos civiles.

“Rusia no empezó esta guerra”, dijo sin encontrar objeción entre sus anfitriones el esbirro putinista, “la está terminando”. Entre miradas serviles, reprodujo las mismas mentiras con las que el Kremlin pretende legitimar su agresión unilateral: en síntesis, que Rusia en realidad está desmilitarizando Ucrania después de que grupos neonazis financiados por la OTAN dieron un “golpe de Estado” para deponer a Viktor Yanukóvich en la Revolución de la Dignidad del 2014; es decir, que Putin es, en realidad, el libertador de Ucrania.

Foto: Víctor Zubieta / Reforma

¿Qué tiene de grave que se instale una mesa cutre de tantas que organizan los grupos parlamentarios en la Cámara todo el año –se preguntaría cualquiera– cuando el régimen obradorista está en asuntos más serios como los ataques contra el INE, la persecución de opositores, la ratificación de mandato, la militarización de las obras públicas y el hostigamiento a periodistas?

Lo grave no sólo es que los organizadores sean parte de la coalición gobernante, ni que contradigan la postura oficial de la Cancillería mexicana, ni que presten nuestros recintos y sus canales oficiales de comunicación para eximir a un próximo criminal de guerra, ni su apología de la invasión ilegal y unilateral de Rusia, ni su insensibilidad con el pueblo ucraniano. Ni siquiera que todo esto se dé en el contexto del testimonio ante el Congreso estadounidense del General Glen VanHerck, jefe del Comando Norte, quien expuso que México es ya el principal anfitrión de agentes de inteligencia militar rusa en el mundo.

Lo más delicado es el consentimiento que estos acercamientos tienen en tantos sectores políticos, burocráticos, intelectuales, mediáticos y de formación de cuadros del régimen mexicano. No es menor, ni es trivial, porque se trata de un beneplácito por predilección ideológica. Y es que, en el fondo, descontando diferencias folclóricas, el proyecto obradorista es putinista. Sus pulsiones son igualmente autocráticas. Y comparten sobre todo esto: el desprecio a la modernidad. En eso, Putin y Obrador son, en esencia, tovarisches: camaradas. El Grupo de Amistad es auténtico.

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