Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

El tontismo de “la amenaza del golpismo”

No hay algo más dañino que un estúpido, dice Orencio Puig. Mi padre lo planteaba diferente: no hay nada más valioso que un tarado con la boca cerrada. Yo lo esbozo distinto: el imbécil que no estorba vale oro molido. Y esto aplica a los gibranes, hernanes y cuatreros de diversa ralea: sostener que la crítica al poder es golpismo, sólo puede calificarse como una idiotez, sea de tipo ignorante o malintencionada.

Divido este texto en tres partes, comienzo con un panorama del concepto, para revisar los dos tipos de estupidez originarias de esa narrativa y dar una conclusión al tema.

Primera parte: teoría mínima de la estupidez del propagandista

El DRAE define a la estupidez como una “torpeza notable en comprender las cosas”. Carlo Cipolla aporta una definición más funcional (que coincide con la que dan don Orencio y mi padre): la estupidez es la torpeza que causa daño. Se puede alegar que el mentecato lo es aunque no perjudique, pero esa discusión es como la de la posesión entre los alemanes (Savigny y Ihering): así como en la posesión lo que importa es quien detenta la cosa, en la estupidez lo relevante es que menoscabe.

Planteado de forma más sencilla: ¿cómo se manifiesta la estupidez? Por sus consecuencias nocivas.

Y sí, a los idiotas les aplica plenamente lo de “por sus frutos los conoceréis”. Cuando se trata de columnistas o voceros con esa condición, el daño consiste en que la opinión pública queda peor informada. Para que la información tenga ese carácter, requiere ser veraz, verdadera. Sin el requisito de veracidad, el discurso es mera propaganda.

Por tanto, cuando un portavoz del oficialismo dice mentiras o inexactitudes disfrazadas de información, genera propaganda dañina para la opinión pública, con lo que lesiona a la sociedad que debe estar informada. Esta práctica se vuelve más perjudicial cuando el vocero se envuelve en el disfraz de especialista, para vender sus patrañas como si fueran anotaciones de un intelectual ajeno al poder. Como hemos planteado en otros textos (y como señala Gabriel Zaid) los voceros de gobierno y (supuestos) especialistas no son intelectuales. Y, cuando propagan falacias, su conducta es estúpida o maligna, en función de si causan daño sin beneficiarse o si obtienen un provecho de ese daño causado.

Segunda parte: el discurso de la amenaza golpista como estupidez ignorante

El discurso del estúpido ignorante, respecto a la supuesta amenaza golpista, puede reducirse a una frase: cualquier exigencia de que el presidente renuncie, es golpismo. En este caso, la estupidez es hija del analfabetismo político, porque las constituciones de los países democráticos suelen establecer procedimientos para que el presidente o jefe de gobierno deje su cargo antes de la conclusión ordinaria de su periodo, desde la moción de censura en los modelos parlamentarios hasta el impeachment del presidencialismo estadounidense. Así salieron del cargo Mariano Rajoy o Abdalá Bucaram. A ese tipo de procedimientos fueron sometidos Andrew Johnson, Bill Clinton y Donald Trump. Para evitar un procedimiento de destitución, Richard Nixon renunció al cargo. En México, el artículo 86 de la Constitución General de la República prevé que el presidente renuncie: “el cargo de Presidente de la República sólo es renunciable por causa grave, que calificará el Congreso de la Unión, ante el que se presentará la renuncia”.

Entonces, pedir que el presidente renuncie no es golpista, de hecho, la renuncia presidencial es un supuesto constitucional explícito. Lo que sería golpista es que se presionara, de forma ilegítima o violenta, al presidente para que dimitiera. El dilema constitucional es si la protesta política, derecho fundamental de los ciudadanos mexicanos, es un acto de presión espuria para la renuncia de un presidente. Los límites de la protesta legítima son constitucionalmente claros: 1) una reunión armada no tiene derecho de deliberar; 2) no deben proferirse injurias contra la autoridad; 3) no deben usarse violencias o amenazas para intimidar a la autoridad u obligarla a resolver en el sentido que desee la asamblea o reunión que protesta.

GUADALAJARA, JALISCO, 30MAYO2020.- Cientos de protestantes tapatíos salieron a las principales calles de la ciudad para manifestar su descontento contra las políticas del presidente. FOTO: FERNANDO CARRANZA GARCIA / CUARTOSCURO.COM

Por descontado, la crítica dura está constitucionalmente protegida, esa que la Corte Suprema ha validado, que puede “incluir ataques vehementes, cáusticos y desagradablemente mordaces sobre personajes públicos o, en general, ideas que puedan ser recibidas desfavorablemente por sus destinatarios y la opinión pública”. Por tanto, es una reverenda estupidez calificar de golpistas a quienes critican al presidente y a su gobierno. Si los dolidos consideran que esta crítica es golpista, habla su estupidez ignorante.

Y no, no es un tema de mera intolerancia. No es nada más un problema de repudio a “una sociedad plural, tolerante y abierta, sin la cual no existe una verdadera democracia”, como la describe la Corte. El intolerante sólo acepta (o aguanta) las ideas que son recibidas favorablemente o que son vistas como inofensivas o indiferentes. El estúpido ignorante ni siquiera sabe que es intransigente, en realidad piensa que es incorrecto que critiquen a su ídolo, no se ve como fanático ni integrista político: simplemente no entiende que no entiende.

Tercera parte: la estupidez malintencionada que señala amenazas golpistas

Pudiera parecer contradictorio, porque las conductas malvadas son esencialmente distintas de los comportamientos estúpidos, pero la mala intención no siempre tiene el efecto deseado por su autor. Ese tipo de imbécil lo es porque busca el mal… pero fracasa en su intento: esos torpes son malvados en grado de tentativa. Mientras el ignorante cree que tiene la razón, el estúpido malintencionado sabe que carece de ella, pero recurre a la falacia con el afán de engañar. ¿Dónde se traza la línea divisoria entre la infantería de ignaros y la caballería de tramposos, en el ejército de la estupidez rampante de la 4T? Frente a la brutalidad en bruto de un Fernández Noroña, cuesta trabajo creer que Lorenzo Meyer no sepa que defiende el culto a Baal, el dios falso: en términos weberianos, el diputado y el académico corresponden a los tipos ideales del ignorante y el doloso. Pero resulta difícil encontrar casos puros, los otros supuestos están en la franja gris. Pudiera creerse que Gibrán Ramírez o Hernán Gómez son malintencionados, pero sus diplomas no los salvan de un sesgo Dunning-Kruger típico de los socialistas miembros de la intelligentsia nacional (como la define Gabriel Zaid en Vuelta y que se recupera en su obra De los libros al poder). Cuando José Merino sugiere campos de reeducación para Chumel Torres y otros críticos del sistema, resulta complejo saber si habla la soberbia del que no acepta que hay temas que desconoce y por lo tanto no entiende (lo que lo vuelve tonto) o si estamos ante un Fouché del sureste… al que le salió mal la estrategia.

Así, en el momento en que esta especie acusa de golpismo a la crítica opositora, sabe en su interior que incrimina por lo mismo que hizo y hace “contra sus adversarios”, pero simula que es algo distinto o que, siendo lo mismo, la conducta de su bando se justifica por sus nobles fines, de los sus antagonistas carecen, por eso no tienen derecho a usar iguales armas, porque son malos. Estos hipócritas son las ratas negras de barco, las que primero abandonarán el buque de la 4T, cuando al capitán Andrés Pinzón se le empiece a hundir la nave.

La situación de los estúpidos malintencionados es muy triste, peor que la de sus colegas iletrados, porque predican sobre algo que no aceptan en su fuero interno y son incapaces de ejecutar adecuadamente. Curiosamente, Umberto Eco los retrata en El nombre de la rosa: el estúpido doloso es como Malaquías de Hildesheim, el imbécil malformado, ignorante, es como Salvatore de Monferrato, al que su pátina políglota no lo libera de una deficiente idea del mundo. Y retomo el concepto usado por José Gaos porque en eso radica el punto de partida de la conclusión de este tema.

Conclusión: el éxito en una nación de ciegos

Mi maestro Efraín González Morfín decía que no hay disparate sin clientela. Aunque duela, debe reconocerse que hay 30 millones de personas que son consumidores del absurdo denominado obradorismo o 4T. Estuvieron dispuestos a comprar ese desatino y ahora se resisten a reconocer que se equivocaron, que adquirieron excretas, creyendo que eran filetes. Incluso hacen apologías de la degustación de esas deposiciones y pretenden desviar la atención haciendo taxonomías de los críticos, en las que todos están equivocados. Es decir, en la 4T, su idea del mundo es que no tienen idea. Son ciegos guiados por miopes.

Y, en lugar de dar razones que justifiquen la permanencia de López en el cargo, se dedican a desacreditar a la crítica. Como el bandido que grita “al ladrón”, los antidemócratas acusan de golpistas a los demócratas que exigen una efectiva rendición de cuentas.

Dada la incompetencia de la 4T, hay que hacerle la tarea: la razón por la que López Obrador no debe dejar la presidencia no es constitucional o democrática, es gubernativa y política. Si López se largara, el país quedaría en manos de peores perfiles: menos honestos, igual de ineptos, pero carentes del carisma y liderazgo del caudillo tropical. ¿En verdad queremos a Monreal, Ebrard o alguien aún más bajo en la silla del águila? Sería un terror peor que el Terror: un Comité de Salvación Pública donde, después de deponer a Robespierre, todos los sucesores fueran más viles que él y no hubiera Directorio que lo sustituyera.

El régimen actual es un pastiche, cuyos elementos se mantienen unidos por López. Sin él, sólo puede esperarse una guerra entre famiglie mafiosas. Sería el inverso de la pax callista: todos los bandidos pelearían por un trozo del botín nacional. Si la sociedad sufre con las ocurrencias de un tirano incompetente, el futuro con sus potenciales herederos sólo se antoja peor.

Por tanto, las razones para que López permanezca en la presidencia no se encuentran en que fuera golpista pedir su salida: la Constitución permite exigirlo, negar la legitimidad de esa petición es de estúpidos ignorantes o imbéciles malintencionados. No obstante, no es conveniente que Obrador se vaya en este momento, equivaldría a extirpar un cáncer y que con él se nos fuera la vida del paciente. Quizá el país necesita una quimioterapia política, para reducir el tumor que lo aqueja y, sólo entonces, sería adecuado discutir la pertinencia de que la excrecencia se retire… a su rancho.

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