Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Tiranía

Cuando se dice que López Obrador es un tirano, sus adeptos alegan que no puede ser así, porque fue electo democráticamente. Se equivocan.

El ocupante de Palacio Nacional ni del diccionario se salva. Tirano es el “que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad” y López fue electo para ser titular del Poder Ejecutivo, no para mangonear al Congreso, al Poder Judicial, a los órganos autónomos y a las autoridades locales, como lo ha hecho desde el comienzo de su cargo. Ese “gobierno” —sobre otros poderes— lo ha obtenido contra derecho, violentando la Constitución, porque ésta sólo lo habilita a ejercer su cargo como responsable de una parte del poder federal.

Y el mismo diccionario lo sigue tundiendo: también es tirano el “que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, o que, simplemente, impone ese poder y superioridad en grado extraordinario“. López encaja con exactitud en esa definición: despojar a funcionarios de sus salarios y aguinaldo es un abuso de poder, expedir decretos que ordenan desobedecer la Constitución es una arbitrariedad del mismo tipo, usar consultas irregulares para cancelar industrias —que contaban con permisos legales— es una imposición despótica.

Planteado en forma breve: los 30 millones de votos que recibió López no lo habilitan como rey de México. Y cuando el presidente pretende saltarse los controles a su poder y subyugar a las otras ramas del gobierno, lo que en realidad intenta es ser el único regente: eso, literalmente, es lo que significa monarca. Le alucina hablar de “lo republicano”, cuando su ADN es más cercano al de Santa Anna, Porfirio Díaz o el Juárez postrero.

En su escala de valores, el “patriotismo” está por encima de la ley y el derecho, como le enseñó su alma mater, el PRI. Su obsesión con los personajes históricos, que revela su enorme miedo a la irrelevancia, es un búmeran: se siente Juárez venciendo a los conservadores y franceses, pero su falsa fidelidad a la Constitución lo acerca más a Comonfort, el presidente de la Reforma que se dio un autogolpe de Estado.

Y en esa tesitura deben leerse todos sus desatinos de los últimos 16 meses, desde el capitalismo de cuates con Ricardo Salinas Pliego hasta su confusión semántica respecto al periodismo “patriótico”, pasando por su obcecación asnal con sacar a la gente a la calle, en plena pandemia del coronavirus: la demagogia e ineptitud no son más que herramientas de su tiranía, de su total falta de respeto a la democracia constitucional.

Su formación política se nutrió de la idea de que existe un solo poder, el presidencial, en el que los controles a su autoridad son meras declaraciones folclóricas. Eso aprendió con Ojeda Paullada, con Moya Palencia, González Pedrero, con el mismo Martínez Domínguez, con Echeverría y López Portillo. López Obrador es hijo del autoritarismo: no puede pedirse a un árbol de absolutismo que dé frutos democráticos.

Y el paraguas —pretexto— que ampara su tiranía es el “patriotismo”. Al igual que los soviéticos, que en su marxismo creían que las reglas aplicables a sus predecesores ya no eran para ellos, López asume que llegó al fin de la dialéctica, concibe que en él se encarna el fin de la disociación entre el pueblo y el poder. Está convencido de que los periodistas que toman partido por él en realidad lo hacen por el pueblo: no se visualiza como la cabeza de un grupo de poder más —que por definición sería faccioso e ilegítimo— sino como la unión de mandante y mandatario. Se siente la encarnación del pueblo, igual que Chávez, Ortega, Castro o Trujillo. Como salvador nacional, supone que sus excesos son detalles que desaparecen ante la luz de su liderazgo, como asumía el Chivo dominicano. El falso mesías transmutó en cacique real, pero él cree que conserva una naturaleza divina que sólo su grey reconoce: si López no nace, Salman Rushdie lo inventa.

Su lectura hiperpolítica del todo es la consecuencia natural de esa condición tiránica: la economía, salud o seguridad sólo son importantes como factores para conservar y acrecentar el poder, no como criterios sustanciales para el bienestar efectivo del pueblo (por el que dice velar). En esa lógica, toda crítica es ataque espurio al líder y, por ende, traición a la patria.

El limitado vocabulario de López no le permite darse cuenta de que, al llamar adversarios a sus críticos, no utiliza un calificativo menos grave que el de enemigos (mismos que afirma no tiene): cada mesías tiene a su antagonista, su Satán —que eso significa esa palabra: שטן o שָּׂטָן, shatan, es «adversario»—. Si alguien se cree el salvador del país, sus opositores necesariamente son vistos como los emisarios del mal.

El problema de la teología lopista es que su ungido es incapaz de salvar al pueblo: nada le sale bien, porque opina que gobernar no tiene ciencia, que las ocurrencias y puntadas son efectivas, que su sabiduría es iluminada… pero es un Niño Fidencio que no cura, un apóstol que no sabe, un profeta cuyos augurios fallan. Si el redentor no salva, sus adversarios no son necesariamente demonios.

López yuxtapone constantemente a Cristo y a Juárez: perdona la lapidación a Javier Alatorre, con cargo a la dignidad de su subsecretario de Salud… pero toma a latigazos a Ciro Gómez Leyva, al que quiere expulsar de la casa de su padre, por algo que no dijo. Invoca la honrosa medianía juarista, pero a su alrededor crecen fortunas y nacen otras cuyo origen es, en el mejor de los casos, motivo de carcajada. Se dice respetuoso de las libertades, en especial la de expresión, pero ampara a un personaje que aceita el lumpenperiodismo, su Lavrenti Beria de cuarta, encargado de linchar y calumniar a cualquiera que ose criticar la conducta de su amo. A falta de defensores de categoría, la conferencia mañanera se llena de chusma y payasos a sueldo, que igual fungen como sicofantes, porristas, bribones o golpeadores.

De un sátrapa se espera que, al menos, sea astuto, que ejerza brillantemente el poder. Si no cumple con esta condición, porque dice combatir la corrupción pero los deshonestos se enriquecen con mayor cinismo que nunca, porque prometió seguridad y crecimiento económico sin par pero México está peor que en el sexenio pasado, porque, en suma, prometió mejoras pero casi todo empeora, ese tirano es un bruto, un asno… y representa completamente a los que lo eligieron. Sólo queda confiar en la resiliencia de los mexicanos, para que logren soportar su nocividad hasta las próximas elecciones.

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