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Testimonios desde Ucrania, II: Elías Camhaji, reportero de El País

Elías Farid Camhaji Mascorro

32 años. Nació en Ciudad de México, México.

Es reportero en México del diario español El País. Se especializa en reportajes de profundidad sobre temas sociales, política internacional y periodismo de investigación. Es licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico Autónomo de México y máster por la Escuela de Periodismo UAM-El País.

Esta guerra ha representado el mayor éxodo de personas desde la Segunda Guerra Mundial. Se habla de que 3.5 millones de personas han dejado Ucrania, pero más de 10 millones de personas (una cuarta parte de la población del  país) ha quedado desplazada

Elías Camhaji

Enviado en el segundo vuelo de repatriación de mexicanos

“El avión en el que viajamos de Rumania a México tenía una mayoría abrumadora de mujeres, niñas, niños, bebés y personas de la tercera edad. Yo escribí cuatro reportajes en cinco días de estancia en Rumania, y de esos tres eran protagonizados por mujeres. Una de las que más me impresiono fue la de Silvia Mercado, mujer de 35 años nacida en Nayarit, que se enamoró de un ucraniano y se quedó atrapada en una ciudad llamada Járkov (segunda ciudad más poblada de Ucrania). Es una ciudad parecida a Tijuana porque es la frontera, donde hablan ucraniano y ruso y hay familias binacionales. Es una de las zonas donde las tropas de Putin se han ensañado muchísimo, y los bombardeos han sido brutales allí”.

Entrevistado en la Ciudad de México a su regreso de la cobertura, el periodista cuenta las historias que logró obtener en la zona de conflicto.

“Silvia vivía en una zona céntrica de la ciudad que ahora está completamente hecha escombros. A los dos días que empezó la guerra, ella grabó un video en el que denuncia que tiene una bebé de tres meses y que está desesperada por salir. Es una mujer que tuvo una historia de vida interesante: tuvo varios problemas en la cabeza, se tuvo que someter a cuatro cirugías porque tenía un tumor en el cerebro y no sabían qué era, por lo que se sometió a un tratamiento experimental en el que la dieron clínicamente muerta. La segunda vez que salvó la vida fue en Járkov, de donde ella logró escapar gracias a unos misioneros cristianos que le consiguieron un transporte para salir solamente con su bebé y tuvo que dejar atrás a su marido”.

“Ese es el gran  y horrible dilema que enfrentan varias familias en Ucrania, que ‘es me voy y dejo a la mitad de mi familia (marido, hijo, padre, madre), o me quedo y me juego la vida’. Nosotros queríamos retratar eso, pero también queríamos tratar el tema de la maternidad porque, como hombres es un tema difícil y no se experimenta de igual manera en términos biológicos. Para mí era muy importante ser empático con eso, pero a la vez ser cuidadoso con el tema y no ser exagerado. He aprendido que cuando estás en situaciones o contextos tan difíciles y delicados, no tienes que exagerar nada ni hay necesidad de dramatizar, sino que tienes que dejar que los hechos hablen por sí solos. La historia de Silvia tenía todos estos elementos: una vida familiar difícil, amor, y también esta sensación de esperanza, de una madre que le está cantando a su hija y le pone música infantil o caricaturas para tratar de distraerla de la guerra para poder salvarle la vida y explicarle después que su papá se quedó en casa peleando por su país, sin saber cuándo va a regresar. Esa fue una de las historias que más me sorprendió en esa cobertura”.

La lucha por abordar el avión

“Cuando estalló la guerra el 24 de febrero, buscamos formas de cubrir la guerra desde México, encontrar la manera en que nos afectaba. Cuando Putin declaró la guerra buscamos a un grupo de mexicanos para que nos platicaran lo que estaban viviendo: el sonido de los aviones, las bombas, sus planes para dejar Ucrania, y salimos con esa primera nota. A los pocos días hubo un vuelo de repatriación del Ejército mexicano, en el que trajeron más de 80 personas, en el cual no nos pudimos subir. Esto nos caló un poco porque se convocó sólo a prensa nacional y no pude subir porque trabajo para un medio español. No pudimos viajar porque no nos invitaron, por lo que tuvimos que insistir con la Cancillería, con el Ejército y Presidencia para que nos dieran la oportunidad de subirnos por si había otro vuelo más adelante. Esa oportunidad se abrió el 10 de marzo, pero fue complicado subirse porque te piden un buen de papeles: prueba de Covid, visa para Canadá, permiso de entrada a Rumania y más. Finalmente llegamos a Rumania (11 mil kolómetros, 20 horas de vuelo) y viajamos de México hacia Gander, Canadá, que se encuentra en el extremo derecho del país. La primera escala fue en la Península del Labrador; la segunda fue en Shannon, Irlanda, donde bajamos a tomarnos unas cervezas o fumar unos cigarrillos. Salimos de México un viernes a las 10 de la mañana y llegamos un sábado a las 2 de la tarde a Rumania.

¿Por qué Rumania?

“Después de que estalló la guerra, había 200 mexicanos viviendo en Ucrania. Muchos se fueron a otras partes: a ciudades del oeste, a Polonia, Eslovaquia, Moldavia y Rumania. Este último país fue el punto de encuentro para que desde ahí pudieran volar y regresar a México. Es un país limítrofe que está a 600 kilómetros del conflicto. Nueve de cada 10 reporteros que viajaron en ese segundo vuelo decidieron irse a la frontera porque querían estar cerca del conflicto y ver el paso de los refugiados; yo decidí quedarme en Bucarest, capital de Rumania, porque me interesaba ir a profundidad en las historias de las personas que iban saliendo, entrevistar a la embajadora porque sentíamos que tenía una historia y no habíamos conocido todo lo que había vivido detrás de bambalinas, en primera para sacar a la gente pero también para sobrevivir al conflicto. La Embajada de México en Kiev, Ucrania, se cerró un día después de que empezó la guerra porque cayó un pedazo de avión en el edificio donde se encontraba su sede y tuvo que operar desde la residencia. Estuvieron trabajando desde un búnker sin acceso a internet, les cancelaron el camión y demás… Nos interesaba mucho contar esa historia”.

“Trato de hacer un periodismo que vaya un poco más a profundidad y que trate el lado más humano de las personas. No me gustan los actos protocolarios ni las ruedas de prensa en la que te ponen a dos personas y estás ahí en el ‘chacaleo’. Yo creo más en un periodismo en el cual hablo previamente con las personas invitándolas a tomarnos un café y que me cuenten”.

El vuelo de repatriación

“En este avión viajaban 62 personas; 57 eran mexicanos con familiares ucranianos y cinco eran una familia peruana–ucraniana a la que le dieron un aventón. No hubo ningún caso de un ucraniano que dijera que se quería ir de refugiado a México sino, más bien, eran familiares que venían acompañando a sus esposos, a su madre, a sus parientes de México”.

“Era un avión en el que te llaman mucho la atención demasiadas cosas. Cuando cubres migración, muchas veces te percatas de que los desplazados no saben realmente a dónde están llegando, no conocen la dimensión del territorio. Entonces, cuando hicimos el recorrido de regreso, cuando paramos en Irlanda, una señora de la tercera edad se levantó, caminó todo el pasillo del avión y preguntó a un soldado mexicano en idioma ruso: ‘¿Ya estamos aquí?, ¿ya llegamos a México?’. Obviamente el militar no le entendió nada porque no estaba familiarizado con el idioma, por lo que se tuvo que parar una mujer ucraniana para traducirle a ambos cada palabra, y el militar explicó que todavía faltaban 18 horas para llegar a México. Es el reto que se enfrentan los migrantes: enfrentarse a una realidad completamente distinta. Qué va a ser de sus vidas en lugares en donde no hablan el idioma, no conocen su cultura y el único acceso que tienen son las personas que conocen (los familiares con los que viajaron) y que tienen que abrirles las puertas. El proceso que enfrentan los mexicanos que van a Ucrania es el mismo para los ucranianos que están llegando”.

Elías Camhaji concluye que no está de acuerdo con el estereotipo del periodista héroe.

No al periodista héroe

“La peor censura es la autocensura. No he enfrentado problemas de censura. Sí he tenido temas en donde se habla de intereses y ahí habría que ser cuidadoso, con mucha cautela. Empiezan a pasar cosas que no logras entender. Pero nunca he tenido un tema de censura de que me digan que no publican algún artículo. No hay un censor, pero si hay un tema de miedo. Por ejemplo, al irme a Rumania mi familia estaba preocupada por mi estancia allá, hasta que me di cuenta de que estamos en México, donde han matado a siete periodistas en lo que va del año, y a veces te tienes que meter en Michoacán, Coatzacoalcos, Veracruz, Baja California”.

“A mí no me gusta eso; no soy una persona a la que le guste la adrenalina. No me gusta el estereotipo del periodista mártir/héroe que, mientras todos están huyendo, él va y se sacrifica. Para mí es un prototipo muy masculino tóxico. No me gusta exponerme innecesariamente, e incluso me he rehusado a ir a Tamaulipas. Es censura de alguna forma, quizá, pero igual no sabemos qué pasa en esos lugares porque no se puede contar. A veces la censura opera donde no tenemos radar; pensamos en el viejo aparato de gobierno, pero la censura opera desde la violencia que vivimos, en cierto desinterés que hay en algunos temas o en la propia autocensura. Tengo que escoger mis batallas”.

“Esta guerra es como un huracán: cuando lo cubres, el peor escenario no es que sea categoría 3, 4 o 5, sino que se estacione durante varios días, mientras destruye y afecta a la gente el mayor tiempo posible. Siempre he sentido que es lo que pasa en Ucrania: estamos en un estancamiento de la guerra. Rusia no ha podido tomar ninguna ciudad principal, no ha tomado la capital, no ha tomado ninguna ciudad de 200 mil habitantes o más. Pero eso ha hecho que los efectos de la guerra sean más fuertes, que los bombardeos y los ataques con misiles sean todos los días, que la tentación de atacar civiles, de violar mujeres e interceptar convoyes humanitarios sea mucho más grande. Esa es la situación más dramática de esta guerra”.

“En el tema nacionalista, uno puede pensar que es bueno que estén resistiendo, pero, por otro lado, cuántas vidas te estás llevando. También es una guerra en la que estamos a ciegas, en la que tenemos dos visiones contrastantes de lo que está pasando y realmente no sabes qué está pasando desde aquí. Es muy difícil cubrir, es muy difícil verificar todo lo que está ocurriendo”.

“Hay muchos elementos de las tecnologías que están ayudando a poder verificar esto: imágenes satelitales, testimonios desde los hospitales, en fin. Más allá de las redes sociales y los canales de distribución que están cambiando completamente, hay muchas herramientas que están permitiendo auditar mejor este periodismo. Es también una guerra mediática en la que nos encontramos a ciegas. Es una guerra que refleja el momento en que nos encontramos como humanidad, de qué es lo que se quiere decir y cómo se quiere decir. Esto pasó también con la pandemia: ¿nos conviene decir cuántos muertos hay en realidad?, ¿qué se está poniendo debajo de la alfombra?, ¿qué es de interés público?”.


Serie Ucrania, de primera voz. Testimonios de periodistas mexicanos enviados a la guerra de Ucrania y voluntarios que trabajan con refugiados.

Por Claudia Alceleste, Viviana Donis, Leti Gómez y Adán Reyes, alumnos de la Maestría en Comunicación Periodística y sus Nuevas Tecnologías.

Coordinación: Guillermo López Portillo.

Universidad de la Comunicación.

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