Cinque Terre

José Buendía Hegewisch

Terrorismo y democracia

La sensación de miedo y preocupación en México y América Latina por los atentados en Francia constatan, hasta dónde creemos pensar y actuar en un espacio público global, aunque los problemas e interacción política sean locales. Nunca como ahora hubo tanta visibilidad para acceder en tiempo real a la guerra de imágenes degradadas del Islam y de la democracia en lo que Lipovetsky llama hiperterrorismo. Es un protagonista de las relaciones internacionales y de la lucha político-militar en el mundo, pero sería un error reducir la masacre en París a la confrontación entre dos civilizaciones. También es una expresión de la crisis de la política y de los nuevos retos para el funcionamiento de la democracia en la globalización.


El terrorismo debilita la democracia y la obliga a innovar sus respuestas. Pero ello, no debe pasar por enfrentar al sectarismo con fanatismo e intransigencia, sino todo lo contrario, implica recuperar sus valores primigenios de igualdad y tolerancia para encontrar respuestas políticas contra la violencia. Nada justifica un crimen, ni el Allahu Akbar de extremistas islámicos que viven la guerra en Siria como el fin del mundo, ni la represalia al ataque con bombardeos “inmisericordes” a un pueblo destrozado con más de 300 mil muertos y miles de refugiados.


La dimensión del terrorismo carece de precedentes porque la mutación de la naturaleza del espacio público crea la ilusión de que todos compartimos la misma sociedad en el orbe. A la sensación de que está y vive entre nosotros, más que sus riesgos reales de ataques, por ejemplo, en nuestro país y otros latinoamericanos, obedece la inseguridad global. Y, en el fondo, a las muestras de que los estados nacionales son impotentes para frenar la astucia del Estado Islámico y el fanatismo suicida. Sin embargo, responder con legislaciones antiterroristas podría acabar por minar la confianza hacia la democracia, posiblemente el objetivo de los extremistas. Hasta ahora ningún movimiento terrorista ha conquistado el poder por vía electoral, aunque, en su combate, se exponen las libertades que sustentan la democracia y aumenta el malestar hacia ella en aras de la seguridad.


Las democracias occidentales no tienen mapa de ruta para enfrentar los peligros de la creciente polarización sectaria desde hace más de una década que Estados Unidos encabezó la invasión y ocupación de Irak. Francia responde a los ataques en París con medidas de excepción sin precedente en su historia democrática para combatir el terrorismo. Cambios en la Constitución para defender “un país en guerra” con mayores facultades para detención de “sospechosos” sin orden judicial, redadas y registros domiciliarios, como hiciera Estados Unidos con el Acta Patriótica tras el atentado a las Torres Gemelas, sin lograr frenar el terrorismo global. ¿Esa política ha sido eficaz ante el creciente extremismo sectario desde 2001? ¿Es lo mismo Al-Qaeda que el Estado Islámico?


El pánico que afecta la convivencia social y la inseguridad genera resignación ante la multiplicación de guardias en las calles, ataques masivos a “enemigos sin rostro”. La “guerra” es el mensaje contra yihadistas en Europa y se vuelve referente o modelo para otras democracias con problemas de seguridad como el crimen organizado, el “narcoterrorismo” y hasta la delincuencia. Y que también resienten un creciente malestar de sus ciudadanos en la democracia.


Es lugar común hablar de la crisis de la democracia representativa, pero cada vez son más evidentes las limitaciones del arreglo democrático, no sólo contra el terrorismo sino también para enfrentar los desafíos de seguridad que afectan la cohesión social; para crear empleo y la inclusión social, por ejemplo, en América Latina, que poco avanza no obstante una década de bonanza sin guerras; o de políticas para frenar crisis humanitarias como la de los refugiados, que agravarán los atentados y el cierre de las fronteras exteriores de Europa.



Este artículo fue publicado en Excélsior el 19 de Noviembre de 2015, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página

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