Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

[email protected]

Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Televisión política

La diatriba del vocero

John Ackerman, dos veces doctor, tres veces conductor y mil veces matraquero de la 4T, publicó un hilo de Twitter que reclama la crítica a un segmento de su programa en Canal Once, en el que Blanca Salces hizo un stand up con comentarios sobre la ciencia.

Los tuits principales de su hilo son los siguientes:

Las maromas del Fallacis Utriusque Doctor son de risa: en primer lugar, el doctor dual se deslinda de la opinión de la monologante. En seguida alega mala fe, porque, según él, la comediante no critica a la “ciencia en general sino a la ciencia neoliberal”. Quizá la parte más risible de su diatriba es cuando sostiene que es una excelente señal que “los conservadores y los chayoteros del viejo régimen estén tan preocupados por los contenidos” de su programa, porque, para él, eso demuestra que van “avanzando con paso firme en la conquista de las audiencias”.

Retruenos.

Hay que recordarle al doctor doctor que Canal Once no tenía contratada métrica de sus audiencias, como informó el IPN vía una solicitud de transparencia realizada por la Unidad de Investigaciones Especiales de etcétera. Así que su supuesta conquista no es constatable y sólo vive en su imaginación.

La viralización del segmento de Blanca Salces no obedece a preocupaciones opositoras por lo “requetebién” que va el programa de Ackerman y Berman. En realidad, las duras críticas son por el humor negro que alude a las personas que padecen psoriasis o fueron víctimas de abusos por religiosos, así como porque señala la inutilidad de la ciencia (no sólo la neoliberal, si es que hay una ciencia que seriamente pueda tener esa calificativa).

johnackerman.mx

Por un lado, debe reconocerse el esfuerzo de llevar a la directora general del Conacyt a expresar su perspectiva de la política científica en el país, pero esa aportación se ve afectada por la inserción de un tipo de comedia que difunde falacias sobre la ciencia. ¿Qué necesidad había de incluir a un comediante que sostiene que la ciencia no sirve, cuando se tiene como invitada a la directora de la política científica de México? Se lo explico a Ackerman con manzanitas: si él fuera magistrado en la Corte Interamericana de Derechos Humanos y lo invitaran a hablar de la importancia de su tribunal, ¿le gustaría que su participación fuera acompañada por un espacio cómico en que dijeran que los derechos humanos no sirven para nada y que muchos magistrados son basura?

Aunque no lo reconozca, él sabe que ese espacio cómico no fue respetuoso con la doctora Álvarez-Buylla. Seguramente esa ocurrencia fue de Sabina Berman, así que carece de credibilidad el alegato de que “las opiniones de Salces no son las de los conductores”, ya que la compañera de fórmula del dottore es también la libretista de su programa cómico-mágico-musical.

La propaganda no es televisión pública

Parecieran términos equivalentes, pero televisión de gobierno y televisión pública son cosas distintas. Mientras una es un aparato de difusión del poder, la otra es un mecanismo garante del derecho a la información veraz y oportuna. Canales como el Once del IPN no fueron instituidos como medios de gobierno, sino como vías para comunicar asuntos de interés público.

A diferencia de la televisión pública, la televisión de gobierno cumple un propósito de difusión de la actividad estatal. Nuestra lógica constitucional no le da importancia principal a ese ejercicio comunicacional gubernativo, sino que, por el contrario, le pone candados, como la prohibición de la promoción personalizada de funcionarios o las restricciones de difusión por razones electorales.

Detrás de ese trato regulatorio está la naturaleza misma de la televisión de gobierno: es un medio de propaganda. No esperamos que el gobierno se autocritique o se comporte con equilibrio informativo. Su televisión es de promoción, por ello el trato rudo, incluso rasposo, que le da la Constitución.

Por el contrario, la televisión pública tiene una finalidad elevadísima, que es dar vigencia efectiva, realidad, al derecho a la información, más allá de si lo hacen los medios privados. Sin exagerar, su propósito es casi tan importante como el de la educación pública, ambas dan las condiciones comunes para que todos puedan gozar del derecho a la cultura y al debate informado de los asuntos públicos.

Por ello, convertir a los medios públicos en instrumentos de gobierno pervierte su finalidad constitucional: el propósito de los medios públicos no es fungir como correa transmisora del gobierno, ya que eso cancela uno de sus elementos esenciales, que es la independencia. Las televisiones públicas no existen para que les tire línea el gobierno, o convertirse en su altavoz: son financiadas con recursos públicos, más no son dependencias de comunicación gubernamental. En una sociedad democrática los medios públicos siempre son independientes del gobierno, ejemplos de esta independencia se encuentran en la BBC, RTVE e incluso en la Deutsche Welle.

Pero, en este hiperpresidencialismo restaurado, el gobierno quiere equipararse con Nación y Estado y pretende que todo lo público esté al servicio de los propósitos y deseos del Ejecutivo.

Ackerman no entenderá esto jamás, porque en su lógica totalitaria y transpersonalista, los controles democráticos y la independencia de la Administración son estorbos para un gobierno bueno. Quizá al doctor doctor le hace falta darle una mirada a un libro de Octavio Paz que no pierde vigencia: El ogro filantrópico. Si le da pereza abrir ese texto, se lo resumo: no hay despotismos buenos, de nada.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password