Cinque Terre

Arouet

También somos los juguetes que tuvimos y los juegos que jugamos

Esta no es una larga retahíla sobre la relevancia del juego como parte de la integridad del ser humano ni una digresión sobre alguna de sus variantes (el sarcasmo o burlarse del tonto y el fanático es algo de lo que aprecio y no por sus limitaciones, claro está, todos las tenemos, sino por haber renunciado a pensar). Tampoco es un hilvanado arisco entre el Avión, el Yoyo y el Trompo o el muy famoso en mis tiempos “Declaro la guerra en contra de…”, frente a los juegos de las consolas de video (entre otras cosas porque esos pasatiempos en los 70, que estaban sobre todo en las farmacias, son muy inferiores a los actuales, vamos, el Pin-pong o el Pac Man tienen la ternura de los seguidores de las Chivas que creen que su equipo es el mejor de la historia).

O sea que yo nada más quiero recordar las canicas o las cuirias como entonces se les decía a pericos, tréboles y agüitas además de diablitos, entre las que elegimos nuestro tiro, el más cascareado (el mío era un perico blanco moteado de amarillo). Traer a cuento la Rayuela y el Tacón y hasta, si de pulque se trata, definir quién dibuja mejor al Alacrán –los expertos saben de lo que hablo–, también está el ladrillo horadado en medio que reta a quien pueda embonar una moneda.

Antes, eso sí, los juegos colectivos eran, digamos, más salvajes. ¿Recuerdan las “luchitas”?, imposible no hacerlo con quienes, hace ya algunos ayeres, emulamos al “Rayo de Jalisco”, “Tinieblas”, “Santo” o “Blue Demon” (como siempre me ha gustado ser oposición –y ser minoría– yo era, claro, Ultraman, aunque éste no figurara dentro de los encordados y aunque siempre perdiera en el difícil arte de las llaves, los expertos también saben a qué me refiero). En tales lides las guerritas merecen mención aparte porque éstas, cuando eran leves, implicaron la destreza de una liga y cáscara de naranja o globos con agua, pero palabras mayores fueron las resorteras (lo confieso, mate pajaritos a larga distancia y con un tino que si existieran los videos de hoy día mi reputación estaría en la ruina) o las ballestas elaboradas con trozos de madera, ligas y un clavo, que lanzaban corcholatas a gran velocidad. Las guerritas se fueron para siempre igual que las coleadas (varias veces me estampé en las paredes para enojo de mi mamá quien, no conforme con mirar mi chipote, me daba otros moquetes más por no saber cuidarme), ah, y “los sábados de gloria” donde los cubetazos de agua fueron regocijo en los barrios de las ciudades donde luego comimos mole, migas o pancita de la señora que nunca faltó frente a la puerta de algún zaguán de vecindad.

Entre los divertimentos colectivos menos salvajes, se encuentra futbol claro está, en sus más variadas expresiones entre una bolsa amarrada de basura, una pelota de unicel o plástico y un balón surcando en la cancha (que por lo regular era un terreno baldío). Cómo no aludir a las “trais”, los hoyos, las tamaladas y el burro 16. Las tamaladas tenían su grado de violencia aunque no mucha pues, recordarán mis contemporáneos, un camarada y amigo la hacía de poste recargado en la pared y abriendo un poco las piernas para colocar prácticamente entre sus huevos la cabeza del primer integrante de la fila que está agachado, como todos los que siguen, digamos cinco o seis; cada uno del equipo contrario surcaba los aires con un salto lo más alto posible y caía en el lomo de cualquiera de los enfilados y se agarraba entre ceja, madre y oreja mientras avanzaba rumbo a los huevos del poste y así uno tras otro mientras no se doblara algún caballo o no cayera algún jinete.

A mí siempre me gustó jugar a las cebollitas porque, como decía mi santa madre, soy listillo desde chiquillo (otra vez, los expertos saben de lo que hablo), y también participar en el Amo a to/Matarile rile ro y “El anillo está en la mano, en la mano…” que Julio Cortázar describió tan magistralmente y, claro, a las escondidillas. Tocar timbres de las casas y echar a correr fue una bonita costumbre que todavía hace unos años, con mis dos hijos mayores, practiqué con una maestría digna de mejores causas (Úrsula tendría unos cinco años y debía cargarla al momento de correr, por cierto).

Todavía tengo muchos juguetes de mi infancia y otros que compré porque no los tuve cuando quise. Entre los primeros, un pato Donald con rueditas que monté por ahí de los tres o cuatro años, un Tarzán con todo y su puñal y un Ultraman, además de un Topo Gigio y luchadores y canicas (tenía un bote de leche Nido lleno pero me quedé con la mitad porque mi socio hace 45 años, Raúl Cabañas, era dueño de la otra mitad; fuimos una pareja invencible). Como en su momento no tuve la Avalancha, el Chutagol o el Kid Acero, pues me los compré igual que la bicicleta Vagabundo (como la que Raúl sí tuvo).

Creo que alguna vez Albert Einstein comentó que “los juegos son la forma más elevada de la investigación”. No lo sé, yo jugaba nada más por reír, superar al otro, mostrar destreza y no sé, algo tenían los chingadazos que siempre me gustaron, para qué más que la verdad.

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