Cinque Terre

Alejandro Vázquez Cárdenas

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Médico.

Suicidio por culpabilidad

Quevedo y Castro

Estamos en lo que la liturgia cristiana llama Semana de Pascua, periodo que, junto con Semana Santa, es utilizado como asueto por gran parte de los mexicanos, pues coinciden las vacaciones escolares y los llamados “días santos”, cuando por tradición quienes pueden se ausentan de sus trabajos y los más arriesgados viajan a cualquier destino de playa que les quede cerca, así sea uno de los estados más violentos. ¿Confianza en que los delincuentes hagan una “tregua santa”? Puede ser.

En estos días es habitual leer en medios de información nacional, que X o Z articulista dejará de escribir y regresará al final del periodo vacacional. Bien por ellos y su merecido descanso. El resultado es que tanto en medios escritos como en la televisión los titulares no están, y ni siquiera sus suplentes habituales; es el tiempo de los suplentes de los suplentes. Imagino que dan por hecho que la gente en esto días no lee ni ve noticias.

Al disponer de tiempo, releo un libro de Guillermo Cabrera Infante, Mea Cuba, una compilación de sus escritos sobre la política de Cuba, publicado en el no muy lejano 1991. Confirmo que no ha perdido vigencia: nada, ningún renglón. Su lectura inevitablemente me hace recordar un triste episodio del periodismo de Cuba, que tuvo un final trágico, más que el de Cabrera Infante, quien sólo fue exiliado. Es la historia de Miguel Ángel Quevedo.

Los que lo conocieron, afirman que fue el mejor director que tuvo la revista cubana Bohemia, una revista de “oposición”, con escritores de calidad y credibilidad, que contribuyó activamente al triunfo de Fidel Castro. Cuando Quevedo se convenció de las mentiras del dictador y al ver que Cuba se convertía en un lacayo de la URSS, huyó de su país, pero nunca se perdonó el papel que jugó en el ascenso de Fidel. Jamás se repuso de su error y el sentimiento de culpa lo llevó al suicidio el 12 de agosto de 1969.

Por considerarlo un documento histórico de interés, sobre todo en las actuales circunstancias del periodismo en México, transcribo una parte de su carta.

Sr. Ernesto Montaner: cuando recibas esta carta, ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte.

Sé que después de muerto lloverán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como “el único culpable” de la desgracia en Cuba. Yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que sí niego es que fuera “el único culpable”. Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado.

Culpables fuimos todos. Los periodistas, que llenaban mi mesa de artículos demoledores contra todos los gobernantes, y vestían el uniforme de “oposicionistas sistemáticos”. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviera realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El pueblo también fue culpable. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era el vocero de ese pueblo.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos, o por malvados, somos culpables de que llegara al poder.

Fue culpable el Congreso que aprobó la Ley de Amnistía. Y los comentaristas de radio y de televisión que lo colmaron de elogios.

Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal.

Fueron culpables los curas de sotana roja que mandaban a los jóvenes para la Sierra Maestra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respalda a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.

Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores.

Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden, aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas, no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después les despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradas de odio y de infamia. Y para que el pueblo recapacite y repudie a esos voceros del odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.

Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera.

Adiós, perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que yo he hecho.

Miguel Ángel Quevedo

 

Impresionante ejemplo de dignidad llevada hasta sus últimas consecuencias. Ojalá muchos hayan aprendido la lección en este México donde las huestes de López se encargan de destruir al país.

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