Cinque Terre

Ricardo Becerra Laguna

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Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

El sueño de Bin Laden

“Dios ha golpeado a Estados Unidos en su talón de Aquiles y ha destruido sus mayores edificios: honor y gloria a Él. Estados Unidos se ha llenado de terror de norte a sur y de este a oeste, honor y gloria a Dios. Lo que Estados Unidos está probando hoy no es más que una fracción de lo que nosotros llevamos décadas probando… Os digo que la cuestión está muy clara: desangrará a los infieles donde causa más dolor: en su dinero y en sus finanzas… juro por Dios Todopoderoso que levantó los cielos sin esfuerzo, que ni Estados Unidos ni nadie que viva allí, conocerá la seguridad…”.

Ese fragmento, por tan alucinado, forma parte de la perorata estratégica dictada por Osama Bin Laden, en un video que entregó el 7 de octubre de 2001 a Tayser Allouni, corresponsal de Al Jazeera en Afganistán (Mensajes al mundo: los manifiestos de Osama. Bruce Lawrence, editorial Foca, 2005).

Las Torres Gemelas ya eran un enorme escombro lúgubre y esa misma mañana George Bush ordenaba los primeros bombardeos en Kabul (Afganistán). Mientras, el gobierno republicano apresuraba la emisión de la Patriot Act, la propuesta de recorte de impuestos a los más ricos (¡salgan de compras! arengó el Presidente norteamericano) y Alan Greenspan preparaba el primer anuncio de gran rebaja de las tasas de interés de bonos norteamericanos.

¿Estos hechos no tienen nada que ver con el triunfo político del odio, el vendaval universal de revanchismo, el ascenso de la ultraderecha en medio mundo que ahora reconocemos década y media después? Las investigadoras suecas, Anna Lührmann y Staffan Lindberg alcanzan a ver conexiones y derivaciones causales no sólo económicas, sino también sociológicas y psicológicas que acabaron por configurar “el tipo de opinión pública de nuestra época” (acá el texto https://tinyurl.com/y2f7dfbz).

Gilbert Mercier

La secuencia se puede describir así: por miedo a ser perseguidos, dadas las nuevas restricciones de la Patriot Act, los capitales musulmanes repatriaron inversiones por un valor cercano a un billón de dólares en solo un año. La banca de inversión internacional –como es natural, más preocupada en su negocio que en el combate al terrorismo- evade la vigilancia de las autoridades monetarias norteamericanas, propiciando que sus clientes muden sus inversiones a euros; lo mismo hacen las organizaciones criminales que comienzan a lavar el dinero, ya no en Nueva York como era típico, sino en Londres y Frankfurt, incluso en España (véase Yihad de Loretta Napoleoni, Editorial Urano).

El hecho marca un cambio: el blanqueo de dinero (billones de dólares) abandona Estados Unidos y se dispersa, se traslada a otras partes del mundo. La economía de nuestros vecinos resiente la súbita pérdida de circulación de billetes verdes y para compensarla, las autoridades monetarias deciden imprimir mas billetes verdes, pero sobre todo, bajar la tasa de interés.

No solo eso: los gobiernos hiperliberales decidieron ir a la guerra en dos frentes simultáneos (Afganistán e Irak, con el mismo argumento) y se convierte en el primero de toda la historia de los Estados Unidos que financia su guerra con deuda (y no mediante impuestos). Tarde o temprano los estadounidenses acabarían pagando esa decisión: dos billones de dólares, 17 mil dólares por hogar, actualmente (Stiglitz, La guerra de los tres billones de dólares, Taurus, 2008).

Pero para que esa deuda no creciera en proporciones gigantescas, la Reserva Federal no solo redujo drásticamente los tipos de interés (cayeron del 6% en vísperas del 11-S al 1.2% a mediados de 2003), sino que debieron mantenerla deliberadamente baja durante mucho tiempo, aunque la economía no lo necesitara y aunque a su rededor se formaran un montón de burbujas aprovechando el crédito estúpidamente barato.

Pocas veces en la historia financiera, la caída de los tipos de interés mundial, inducida por la necesidad militar norteamericana, había sido tan abrupta y eso creó las condiciones para la ilusión de hipotecas subprime y la titulización de malas deudas: arriésguese a lo que sea, que la tasa es bajísima. Goldman Sachs y JP Morgan Chase se aprovecharon de este enloquecido río para recomendar la compra de acciones impagables pero provisional y aparentemente jugosas.

El engaño masivo duró unos seis años. Los países occidentales gastaron un dinero que no tenían, peleando en una guerra que a su vez, no tenía nada que ver con Osama Bin Laden. Para sustentarla, Estados Unidos recurrió a la falsedad jurídica internacional y a mentiras burdas, pero además tuvo que alimentar una gigantesca burbuja financiera que, tarde o temprano, debía estallar, justo en el momento en que los Smith o los Johnson o los Simpson, dejaran de pagar y derrumbaran así el castillo de naipes construido bajo el influjo del atentado del 11 de septiembre.

Desde ese momento, en octubre de 2007, pese a las provisionales victorias militares, la economía norteamericana quedó asfixiada en el mero centro de la convulsión del crédito mundial.

CARLOS BARRIA / REUTERS

Obama fue un respiro y corrigió muchas cosas importantes pero no pudo con tres elementos para entonces bien instalados en la psique norteamericana: la sensación de inseguridad (económica y personal); el crecimiento de la aversión por los migrantes y por “lo extranjero” (de hecho en sus administraciones se expulsaron más personas de E.U. que en las administraciones republicanas) y el odio contra el establishment siempre lento, aburrido, presuntuoso, ajeno y elitista. El cóctel que –bien mezclado- alimenta hoy mismo a Trump, Bolsonaro, Orban, el Brexit, Salvini y que nos ha sumido en un tobogán de “autocratización”.

Si, del mismo modo que en mi generación, el mundo escenificó una “tercera ola democrátizadora” (Hungtinton), ahora testificamos el regreso de una ola de “autocratización” (concentración de poder, vulneración de derechos, debilitamiento de contrapesos, erosión de las democracias y de la libertad).

La respuesta a la malignidad de aquel terrorista saudí no solo fue militarmente torpe y muchas veces ilegal, sino que parece haber cumplido el mandato de Él, Todopoderoso. La reacción a las obsesiones de Alá, trastocaron casi todo lo fundamental en la política, la economía, la paz, la guerra y la moral de ocidente (y de gran parte del planeta).

De modo que después de una complicada concatenación de decisiones, acontecimientos, cegueras y desgracias, se ha provocado una gran convulsión no sólo económica sino también democrática y de ese modo, como advirtió Benjamin Friedman, se ha envilecido el carácter de las sociedades modernas. Somos unos tipos peores.

Consumado está, el endemoniado sueño de Bin Laden.

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