Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Sombras en el campus

Mientras todo mundo anda en Estrella de dos puntas –la crónica de Malva Flores sobre la amistad de Octavio Paz y Carlos Fuentes galardonado con el Premio Villaurrutia–, leí Sombras en el campus, su libro anterior. Además de una punzante crítica a sus procederes, en él Malva insinúa la responsabilidad de la academia en el ascenso del oscurantismo actual, añorando la preeminencia del estilo, del lenguaje literario, del humanismo, de la sensibilidad artística y de la crítica honesta.

Me he preguntado desde hace rato cómo es posible que profesores, alumnos y egresados de nuestras más prestigiadas instituciones académicas como el Colmex, el CIDE y el ITAM (por no mencionar a las sospechosas habituales) se hayan desbocado por un demagogo bananero como López Obrador, dándole una textura de admisibilidad al oprobio. ¿Cómo es que vieron en él a un socialdemócrata escandinavo? ¿Por qué creyeron que bajo su tutela florecerían el conocimiento y la ciencia?

Malva apunta al lenguaje. La decadencia de la academia es la degeneración del lenguaje: “Desde la academia hemos pervertido el lenguaje literario sustituyéndolo por ‘metodologías’ y un vocabulario ad hoc.” “Hoy la verdad está proscrita […] Desde la academia hemos ocultado la verdad con ‘palabras’ feas, insípidas, quirúrgicas. Todo sea por el bien común.”

Un lenguaje hermético y cerrado que a menudo obnubila la verdad más obvia. Por ejemplo, en el claustro no podríamos llamarle “demagogo bananero” a nuestro señor presidente, considerando la historia colonialista-imperialista del término. Habría que llamarlo un líder sociocultural que coadyuva en la concatenación de los dos Méxicos divididos por la brecha de la desigualdad imperante, o algo por el estilo.

“Quienes nos impusieron la corrección política como manera de explicar el mundo”, escribe Malva, “nos obligaron a modificar nuestra visión de la realidad para someter el pensamiento a la blandengue esfera del eufemismo [:] la de los profesores que, víctimas de un concepto alentado por ellos mismos –lo políticamente correcto–, han sido cercados por el monstruo que crearon y no son pocas las veces que injustamente se les lleva a juicio, con una absoluta falta de sentido común, por atentar contra las creencias de sus pupilos.”

Más allá de la cacería sexual de brujas y otras inquisiciones en las que se han convertido algunos campus, no es fortuito que quienes nos alentaron a votar por ese “líder sociocultural” sean los mismos que hoy importan la taxonomía de los “estudios culturales” de Estados Unidos y demás reductos posmodernistas. Dicen estar con los oprimidos, pero desde ahí se esgrime toda la industria académica del resentimiento que ha servido de espectacular combustible a la demagogia obradorista.

La pregunta no es de qué sirve la academia sino esa academia. Si le fallaron a la democracia, si “no hablan para que los individuos a quienes dicen incluir los entiendan sino para un gremio que reclama sus cotos de poder”, si encima se han vuelto cajas de resonancia que “desprecian el trabajo no autorizado, independiente… porque la independencia, la autonomía del pensamiento también están proscritos”, entonces, ¿de qué sirve? O mejor: ¿Cómo enderezarla? Esta colección de ensayos de Malva Flores propone un rumbo: recuperar el lenguaje, la belleza, la verdad, la razón y la libertad.

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