Cinque Terre

Fernando Dworak

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Sobre la inteligencia y la honestidad del contrario

Quizás el más grande error que incurrimos en la discusión política, sea a favor del gobierno o desde una postura crítica, es creer que el oponente es tono. Llamémosles “chairos”, “derechairos” o demás calificativos, al hacerlo no solo mostramos escasa o nula empatía a posturas que pueden ser válidas, sino también abonamos a la polarización. Esta postura es deshonesta en sí misma y termina afianzando al grupo que hoy detenta el poder.

Al respecto, George Orwell escribió en diciembre de 1944 un texto en Tribune llamado “As I Please”, donde señala la ferocidad y deshonestidad en la discusión política en sus tiempos. La razón parecía que casi nadie sentía que el oponente merecía ser escuchado o que la verdad objetiva importaba en tanto que el debatiente pudiera atribuirse la victoria en un argumento. Es decir, todo mundo estaba interesado en presentar un “caso”, desestimando la justicia y la exactitud, pudiéndose ignorar los hechos más obvios si no se deseaba verlos.

Uno de esos recursos argumentativos, prosigue Orwell, es desacreditar los motivos según los que actúa el oponente a nombre de la “objetividad”. Esto es, afirmar que sólo importan los actos objetivos de una persona, sin importar sus sentimientos o motivaciones. Por ejemplo, para quienes apoyaban los esfuerzos bélicos señalaban a los pacifistas como pro nazis, pareciéndoles irrelevante la hostilidad que ambos compartían contra el fascismo. El resultado de desestimar los motivos de las personas es que se dificulta anticipar sus actos; pues hay ocasiones cuando hasta la persona más manipulada puede ver los resultados de lo que está haciendo.

¿Qué hacer? Para Orwell era necesario separar a las personas honestas de las deshonestas, pues las generalizaciones dificultaban encontrar puntos en común entre las partes en pugna. En sus palabras: “se percibe como intolerable admitir que el oponente puede ser al mismo tiempo honesto e inteligente. Resulta más inmediatamente satisfactorio gritar que es un tonto, un truhan o ambos, que averiguar qué es en realidad. Entre otras cosas, este es un habito mental que ha vuelto fallida la predicción política en nuestros tiempos”.

Cabe aquí preguntarnos si no estamos haciendo justo lo mismo que denuncia Orwell. Asumiendo que todos los actores son inteligentes, es un despropósito negar la honestidad de los opositores y concederla sin pensar a quienes percibimos de nuestro lado.

Es decir, puede haber entre nuestros opositores, independientemente del bando donde nos encontremos, gente honesta cuyos reclamos no sólo son atendibles, sino que nos ayudarían a corregir nuestros errores y fallas si buscamos un terreno común. También es posible que muchas personas que coincidan con algunos de nuestros planteamientos sean personas que sólo les interesa lucrar con la polarización, permaneciendo como “líderes opositores” aun cuando ya no tengan algo qué ofrecer o sean opciones desgastadas. Al no pensar en estos puntos intermedios sólo le damos libertad a las personas que niegan la honestidad y la inteligencia a los contrarios, haciendo que desaparezca todo rastro de moderación en el intercambio público.

¿Cómo distinguir a la gente honesta? A mi modo de ver, ayuda revisar la forma que argumentan: ¿ofrecen elementos de discusión, evidencia o sólo atacan y descalifican? Otro consejo: revisen sus posturas a lo largo de los años, pues si cambia de manera poco explicable y según esté en el gobierno o en la oposición, entonces hablamos de alguien incongruente. Finalmente, conviene ignorar a quienes reducen sus argumentaciones a falacias o eslóganes políticos, toda vez que son parte del problema en el que estamos metidos. Muy posiblemente detrás de una apariencia de integridad se esconde alguien que saca beneficio de la polarización.

Es responsabilidad de cada uno elegir a nuestros interlocutores e ignorar a quienes sólo les interesa dividir, independientemente del bando donde se encuentren. La democracia se construye a través del diálogo y la reivindicación de la pluralidad.

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