Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Sixto Rodríguez, entre el cascajo y la poesía

El clima durante la primavera en Detroit es amable, ronda los 15 grados, y como casi siempre en cualquier estación del año el cielo está nublado, como un espejo del río donde surcan los barcos de manera intermitente, sin alardes, parecen luces de un lánguido y austero árbol de navidad.

A la orilla del puerto de la ciudad, en la región de los suburbios, un muchacho rasguea suavemente la guitarra; su figura es espigada y sus cabellos ondulados, a la altura de las orejas, parecen pigmentados con tizne de carbón; tiene cerca de 25 años, es el sexto hijo de una familia mexicana atraída por la industria automotriz a principios del siglo pasado, aunque parece exponente de las tribus indígenas que en aquella región fueron aniquiladas a finales del siglo XVIII.

El rostro de este músico parece de arcilla parda, lleva gafas oscuras y su sonrisa es apacible; al rozar las cuerdas sus dedos asemejan al vuelo suave y tranquilo de las gaviotas, incluso parece que las aves, en realidad, estuvieran bailando, a veces como suspendidas en el aire, al ritmo de soul, rock y algo de blues. El joven chicano estudia filosofía, le inspira Bob Dylan, por supuesto, y en este instante se pregunta si lo que ofrece es único, entonces por qué se compadece de él mismo al mirarse en el espejo, y esa es, precisamente, la letra de su canto.

Su nombre es Jesús “Sixto” Rodríguez, está sentado en el malecón a la orilla del río, entre rocas y hierbas silvestres: canta como un bisbiseo al que le acompaña el murmullo del agua y el ritmo de sus botas puntiagudas café oscuro.

Es 1967 y aquí, extrañamente, el rock and roll no prevalece. Está de moda en los barrios de la ciudad el “Sonido Motown”, que promueve la discográfica del mismo nombre; parece soul acompañado de pandereta y tambores e impregnado de diálogos similares al gospel. Aunque, como he dicho, Rodríguez se siente más cercano a Dylan (escucha una y otra vez “Highway 61 Revisited”), Paul Simon y al folk rock de Neil Young y Buffalo Springfield (“Parad, chicos, qué es ese sonido. Todo el mundo ve lo que se viene abajo”); le gustan las pinturas hechas de palabras que abocetan la invasión a Vietnam, la huelga de los empleados del transporte público en Nueva York que recién concluyó y, entre el blues antisistema y la poesía, el sometimiento de los negros y sobre todo la pobreza en esta ciudad destrozada que fundaron los británicos. Desde luego, esto es apenas un pequeño fragmento de las inquietudes de una generación dispuesta a crear sus parámetros de búsqueda, vale decir, sus propias preguntas como ocurría con otras apuestas motivadas en el rhythm and blues, por citar alguna vertiente surgida en Estados Unidos, que en los primeros años 60 en Gran Bretaña dieron forma a los Yardbirds, una de las primeras bandas donde participó Eric Clapton, el Dios de la guitarra.

Rodríguez es el sexto hijo de una familia con raíces en San Luis Potosí, México, que llegó a Detroit durante los primeros años del siglo XX cuando el comercio en barco y la industria automotriz tenían un impulso formidable; perdió a su madre cuando tenía tres años, su padre aún es un obrero automotriz y él, Sixto, trabaja en la construcción, desmonta o coloca tejados y casi siempre participa de la demolición de casas. Ahora Detroit es una ciudad devastada, su vitalidad transcurre entre ruinas y silencio, descolorida a no ser por la nieve de sus fríos inclementes o el gris azulado de los cielos sombríos. No obstante, entre los recovecos de la sobrevivencia, hay una hilera de bares cerca del muelle, son como diez u once, a uno de los cuales asiste Rodríguez cada fin de semana a compartir su música y sus palabras: parece un alma errante en medio de la noche, alto, tiene la espalda curva y brazos delgados y fuertes: es un poeta de las ruinas.

Así pasaron poco más de dos años, entre polvo y partituras.

1968 es el año del “Amor y Paz” encumbrado al fin para enfrentar la guerra de Vietnam y el desplante Hippie, el tiempo de las revueltas estudiantiles en diversas ciudades del mundo, sobre todo en París y la ciudad de México, además de las expresiones de simpatía de los jóvenes en varios confines; el año de la contracultura y la Revolución sexual, la píldora anticonceptiva proscrita por la iglesia católica y la consolidación de la minifalda. Pero, en contraste, la vida en Detroit transcurre con la parsimonia y la indiferencia de un reloj de péndulo en la pared de una casa olvidada.

La neblina ha envuelto una de aquellas noches a la ciudad, son los últimos días del otoño y el frío es soportable con una chaqueta ligera; el río tiene la tonalidad brumosa del cielo, es como si el sueño americano zozobrara en un barquito de papel. Al lado del muelle, en el Distrito rivereño, se encuentra enclavado un bar discreto, se llama “La Cloaca”: hace honor al nombre por su olor a aguas residuales, humo de marihuana y tabaco, y su piso de meados, escupitajos y pedacitos de cacahuate desperdigados. Hay unas veinticinco personas entre putas y obreros que beben whisky y cerveza; en la orilla junto a la barra, en penumbras, canta Rodríguez. Está recargado en una pared cubierta con una deslavada alfombra húmeda color marrón, su voz es tan discreta que parece uno más entre quienes trenzan la plática: “Me pregunto cuántos de tus planes han salido mal”, murmura mientras rasguea la guitarra que, horas más tarde entona “Light my fire”, de los Doors. Pronto cumplirá 27 años entre música, cascajo, sirenas de barco y sueños multicolores.

Unos meses después, en febrero de 1969, llegaron a “La Cloaca” dos músicos y productores a escuchar a Rodriguez, Mike Theodore y Dennis Coffey. Quedaron entusiasmados, tanto, que lo compararon con Dylan y proyectaron el éxito seguro. Grabaron el disco “Could Fat” pero contra sus expectativas nada pasó, vamos, se vendieron seis vinilos. Lo intentaron otra vez y en 1971 surgió “Coming from reality” que también fue intrascendente. Theodore y Coffey no entendieron la causa del fracaso (¿faltaron unos oboes por acá o una tonalidad por allá, qué más dá?, preguntaron años más tarde, que más dá, también arguyen) y se dieron por vencidos cuando, durante un concierto en California, Sixto Rodríguez dio la espalda al auditorio por la pena que sentía de ser mirado por el público; ahí cantó, por cierto, la última canción que grabó en su vida: “Porque el beso más dulce que me han dado es el que nunca he probado”. Entonces, regresó a su pequeña casa de ladrillo rojo, continuó leyendo filosofía, prodigó su labor como albañil y tuvo tres hijas, Eva, Sandra y Regan, a quienes educó prácticamente solo.

(Quienes conocen esta circunstancia aún se asombran al recordar que “Cause”, una canción de Sixto Rodriguez, aluda a la desesperación de un hombre despedido del trabajo un par de días antes de la Navidad y apuntan la coincidencia de que el sello discográfico lo despidiera a él dos semanas antes de la Navidad, en 1971.)

Siete años después, el sello australiano Blue Goose Music reeditó sus dos álbumes e integró varias canciones inéditas de Sixto Rodríguez quien, sin saberlo, logró un gran éxito de ventas que lo hizo acreedor a un “Disco platino” en Sudáfrica donde sus seguidores lo creían muerto pues corrían diferentes versiones de un desenlace fatal, todas por suicidio; la más extendida fue que, en medio del escenario, el chicano se voló la cabeza de un balazo (otra versión más o menos conocida fue que, también en escena, se autoinmoló). Sin embargo, lo relevante en este momento, es que en 1979 hizo una gira en Australia y, un par de años después, volvió a retirarse del tablado.

Ya escribí que Sixto Rodríguez ignoró que su música fue el sonido de las vidas de cientos de miles de sudafricanos que padecieron la segregación racial conocida como “Apartheid” desde finales de los años 40 hasta principios de los 90 del siglo pasado; sólo resta agregar que en aquel país tiene la misma fama que los Rolling Stones y Elvis Presley, y es tan venerado como los Beatles.

El lector sabe que en todo esto hay una gran historia y eso lo tuvo presente Malik Bendjelloul desde el instante de conocerla. Un vago de la noche, incólume a sus principios que no se movió un ápice para reflejar la ciudad desvencijada que habita y las almas desguazadas por la miseria, y que por ello, ante todo, comprendió que él era parte de esa realidad, una escoria de la sociedad de consumo y símbolo de la desesperanza. El denuedo de Malik Bendjelloul para entretejer la historia en el documental “Searching for sugar man”, exhibido en 2012, es formidable. No exagero si digo que incluso inspira a las grandes proezas cinematográficas: sin estambre o hilos para bordar la estampa biográfica y sin recursos, ni editor siquiera por lo que él mismo debió serlo, el productor sueco, quien entonces tenía 31 años de edad, logró un documento definitivo al adentrarse en la vida del músico y mostrarla mediante testimonios e imágenes como lo que es: un ser de convicciones que siempre comprendió que el éxito es circunstancial y que éste no implica el reconocimiento público; por esa razón, en 2013 obtuvo el Oscar al mejor documental largo.

Gracias a Malik Bendjelloul sabemos que, a mediados de los 90, dos hombres rastrearon el misterio sobre la identidad de Rodríguez precisamente por ser sus admiradores, se trata de Stephen Segerman y Craig Strydom que, entre su búsqueda, en una página web invitaron a quienes supieran algo del artista se los informaran. Lo hizo Eva Rodríguez, la hija del artista. Así supieron que el cantante no se autoinmoló ni algo parecido sino que continuó su vida entre cierta participación política fallida -en siete ocasiones participó en procesos electorales y siempre perdió–, la crianza de sus hijas entre museos y lectura además del trajín cotidiano esparciendo el polvo y colosos de concreto (al que asistía con smoking para laborar al menos diez horas) que le han ido lastimando la vista y los huesos, como algunos de los principales estragos en sus poco más cincuenta años. Bendjelloul recoge esto y más.

Durante los 70 ambos discos de Sixto Rodriguez llegaron a Sudáfrica, como quiera que sea y por aludir a la represión y a las drogas como tránsito para la evasión pero sin pontificar, se volvió un icono para la catarsis juvenil (mientras él deambulaba tranquilo por las calles de su barrio en Detroit); si Jim Morrison consideró las drogas como vía para acceder al paraíso, Rodríguez las asumió siempre como engaño y, más aún, una renuncia de los sueños y una cesión al poder opresor enmascarada de rebeldía. Pero el éxito del chicano se debe también a la censura pues la South African Broadcasting Corporation prohibió su música y con ello redujo todavía más el margen de esa generación opuesta al apartheid que, en aquel tiempo, además, no tenía acceso a la televisión.

La noticia conmocionó al país, el blues contra el sistema de segregación estaba vivo y no es sólo un recuerdo de la generación de los 70 que envejeció con Rodríguez. Pronto llegaría el seis de marzo de 1998 y el cantante estaría en Sudáfrica con el vigor de los 25 años que tuvo cuando se imaginó en el escenario y se preguntó si tenía algo que ofrecer. Lo tenía, se lo dijo al aterrizar el avión en la ciudad del Cabo, o al menos eso imagino. Ahí está, rodeando dos limusinas que creyó para otros cuando eran para él y sus hijas; sentado en el vehículo junto a Eva Rodríguez mira los carteles que le dan la bienvenida, promueven su concierto y le agradecen por su música y su rostro pétreo está emocionado (se ensanchan y contraen las grietas de su piel bajo los ojos al ritmo del latido del corazón). El viejo mira su propia imagen en algún panorámico y el dedo deformado apunta ahí: “Ese soy yo, mira, ese soy yo”, le dice a Eva, entre los dientes amarillos y los labios delgados.

Hay poco más de veinte mil personas, viejos y jóvenes que lo tienen como un emblema de su historia. No creen lo que están a punto de presenciar, gritan su nombre mientras el bajo suena, es el preámbulo de una canción que ellos conocen muy bien, “I wonder”. Rodríguez entra lentamente, muestra el mismo andar del vago con sombrero negro y lentes oscuros de su tierra derruida, pero ya no era, como advirtió Eva, el marginado, cantante de prostíbulos o cargador de pedazos de habitaciones, sino el músico que siempre fue, tocando para sus seguidores que lloran, gritan y le llaman monstruo mientras él sonríe y lo primero que dice al micrófono es: “Gracias por mantenerme vivo”. Es cierto, de algún modo Rodríguez tuvo otra vida a la del albañil, trovador, padre y filósofo.

Es el prodigio de la memoria colectiva.

La música de Sixto Rodríguez trascendió sin que él lo supiera y cuando lo supo lo asumió tan sereno como ha sido su canto, ofreció varios conciertos más en el país y volvió a la casa que habita desde hace cuarenta años como si el carruaje de pronto se volviera calabaza, tal y como señaló Regan Rodríguez, la hija más pequeña. Entonces el artista desconocía que pronto sería abuelo de un sudafricano dado que Eva encontró ahí al compañero de los años siguientes.

“La codicia asfixiará tu mente”, cantó Rodríguez en innumerables ocasiones y así asimiló que él no fuera rico al vender más de un millón de discos pero junto con ello también comprendió que el joven del muelle debía seguir tocando la guitarra y la armónica a pesar de la artritis y de estar casi ciego. La mayoría de sus ganancias las reparte entre la familia y los amigos. En junio del año pasado participó en el “Live at best kept Secret” que se celebra desde junio de 2013 en los Países Bajos. A los 76 años lleva consigo los destrozos de una vida ardua de trabajo y los muestra con el mismo temple, tranquilo y casi ciego, lleva sombrero de palma y ala ancha, rasguea la guitarra y el público lo acompaña igual cuando canta a Dylan (“Like a Rolling Stone”) y cuando lo hace con una composición suya, al “hombre de los dulces”, Sugar Man: “Eres la respuesta que hace desaparecer mis preguntas” y lo que hace desaparecer las preguntas no es ni será nunca una respuesta. Rodríguez acomoda sus cabellos largos, exiguos que semejan las patas de una araña pigmentadas con tintes de carbón y destellos blancos del fuego que las encendió. Y entre el cielo azul radiante, las gaviotas parecen suspendidas en el aire, como trazos de Magritte.

De pronto caigo en la cuenta de que esa estampa junto al mar de los Países Bajos ya no la pudo mirar Malik Bendjelloul porque a los 36 años, el 13 de mayo de 2014, se suicidó debido a una profunda depresión. Casi podría asegurar que Rodríguez todavía recuerda la sonrisa de aquel sueco indomable, sobre todo, cuando él lo alentaba a seguir adelante con el proyecto del documental, porque, según afirmó en aquel entonces, la historia del artista era ejemplo de vida por que jamás habría que darse por vencido.

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