Cinque Terre

Pedro Arturo Aguirre

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Sinofobia

La desconfianza y el odio hacia China han crecido en la mayor parte del planeta en los últimos tiempos, sobre todo tras el advenimiento de la pandemia. Hace un par de semanas, Joe Biden ordenó a las agencias de inteligencia estadounidenses que le informen en los próximos tres meses sobre si el Covid-19 surgió en China de una fuente animal o si existe la posibilidad de que haya sido consecuencia de un accidente de laboratorio. Esta teoría conspirativa había sido vertida hasta de forma histérica por Donald Trump y ahora, tras meses de haber sido minimizada, el nuevo gobierno estadounidense insiste en ella, empeorando aún más la de por sí conflictiva relación de Washington con Pekín. Los cierto es que los resultados de la misión internacional de la OMS que viajó a Wuhan hace unos meses para tratar de esclarecer el origen de la pandemia dejó más dudas que certezas y desataron una ola mundial de críticas contra el gobierno chino por su falta de colaboración y transparencia.

La sinofobia es muy vieja y las formas en que se ha manifestado durante la crisis del coronavirus son reveladoras de la compleja relación que el mundo tiene con China hoy. Esta actitud ha sido impulsada, desde siempre, por estereotipos superficiales de los chinos como personas “desaseadas y poco civilizadas”. Ahora se multiplican los ataques racistas y los insultos contra “el Peligro Amarillo”, sobre todo en internet, donde incluso se han emprendido campañas para tratar de prohibir la entrada de ciudadanos chinos al respectivo país. Y, de hecho, varias naciones instauraron, sobre todo al principio de la pandemia, formas de control al acceso de chinos. Sinofobia centenaria no solo en occidente sino también en Asia, donde el rechazo a la gran potencia se ha extendido a través del tiempo en forma de disputas regionales, rechazos históricos y olas migratorias. En México también tenemos nuestra historia de discriminación antichina. A principios de siglo XX abundaba la propaganda con imágenes estigmatizantes con las que se calificaba a los chinos como seres “naturalmente sucios, portadores de temibles enfermedades, débiles, feos, viciosos, amorales, crueles, pervertidos, sangrientos, refractarios a la cultura occidental”. Esta ola discriminatoria provocó la inicua masacre de la colonia china de Torreón en 1911. La animadversión antichina se manifestó también en crueles legislaciones locales de auténtica “limpieza racial” en las décadas de los años veinte y treinta, sobre todo en estados del Norte de México, las cuales prohibieron legalmente los matrimonios entre hombres chinos y mujeres mexicanas, recluyeron a los chinos en barrios especiales y se les impidió el ejercicio de sus actividades comerciales con el fin de “proteger la salud pública”.

Una mujer lleva mascarilla en un mercado de Beijing, China / Kevin Frayer (Getty Images)

Algunos creen que la ola actual de sinofobia tiene mucho que ver con la forma como China se ha comportado no solo en esta crisis del coronavirus, sino en recientes años dentro del escenario mundial. Se le acusa de haber asumido una actitud confrontacionista en su política exterior. Tras muchos años de ejercer “una diplomacia sutil, pero perspicaz, dedicada a garantizar el ascenso pacífico y silencioso al estatus de gran potencia”, según la línea dictada por Deng Xiaoping, ahora vemos agresividad y prepotencia bajo el liderazgo del ambicioso Xi Jinping, quien no duda ni un segundo en encararse con otros países para cumplir, a ultranza, su anhelo de hacer de China el país más poderoso y rico del planeta para el año 2049, centenario de la fundación de la República Popular. La nueva generación de diplomáticos chinos es conocida como los “lobos guerreros”. Son contestatarios y hasta groseros en su empeño por defender las posiciones de Pekín. Nada conservan de los embajadores de la China de antaño, caracterizados por su discreción. En aras de “Hacer a China otra vez grande”, Xi ha estrechado el cerco sobre Taiwán, hizo aprobar para Hong Kong una férrea Ley de Seguridad Nacional para “combatir el secesionismo y la injerencia extranjera”, disputa de forma crecientemente violenta la soberanía de aguas territoriales estratégicas con sus vecinos del sudeste asiático, se enfrentó con India en el incidente fronterizo más sangriento en 50 años y se lleva mal con Japón, Australia y Canadá. En el ámbito interno reprime movimientos separatistas en el Tíbet y Sinkiang, la región occidental del país en la que viven los uigures, una minoría musulmana la cual se ha convertido en objetivo de una inicua campaña de internamiento en campos de “readiestramiento ideológico”.

En el renglón económico, China se ha propuesto ponerse a la cabeza de la carrera tecnológica. Ya lidera el desarrollo del 5G y hace progresos en la exploración espacial. También impulsa el ambicioso proyecto de la “Nueva Ruta de la Seda”, macroproyecto comercial y de infraestructuras de enorme trascendencia geoestratégica diseñado para ubicar a China como eje central de las dinámicas internacionales. Así, Xi se convertiría en la personificación de la imagen clásica del emperador gobernante “de todo cuanto hay bajo el cielo”, que habían prescrito grandes pensadores chinos como Confucio o Mencio y que le otorgó a la China imperial una concepción jerárquica de las relaciones internacionales según la cual el resto de las naciones debían rendir pleitesía a China y a su emperador.

Pero, ¿es necesaria tanta agresividad para alcanzar el objetivo de hacer de China una superpotencia? ¿No bastaría con la buena administración del “poder blando”, estrategia preconizada por Deng Xiaoping? Muchos expertos opinan que la asertividad china se debe a presiones internas resultado de la pandemia. Xi pretende disipar cualquier sensación de una “China debilitada”. Pero este talente provoca la desconfianza de la comunidad internacional. La India ha prohibido 59 apps chinas (entre ellas la popular TikTok), el Reino Unido ha retirado su participación en la red 5G, Japón y Taiwán se rearman y sus empresas empiezan a abandonar China, Estados Unidos diseña nuevos trazados para sus líneas de suministro. La prepotencia, producto de la inseguridad, le puede salir cara a Xi. Se dice que los chinos “Quieren ser amados, pero a la vez temidos”. Entretanto, se profundizan la ansiedad y la desesperación de muchas minorías chinas que viven en el extranjero a causa de la discriminación.

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