Cinque Terre

Carlos Matienzo

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Politólogo por la UNAM y Maestro en Administración Pública con especialización en Seguridad por la Universidad de Columbia, Nueva York. Especialista en temas de seguridad y gobernabilidad. Twitter: @CMATIENZO

Silva-Herzog y la luna de miel

Sorprende que a pesar del despliegue de incompetencia, demagogia e incongruencia que ha representado el primer año de López Obrador en la presidencia, haya quien aún le dé el beneficio de la duda al macuspano; que una mente tan brillante como la de Jesús Silva-Herzog Márquez (quien las más de las veces ha jugado el rol de crítico) nos diga que a la sombra de lo que había antes, lo que hemos visto hasta ahora no es taaaan malo. La verdad es que, bajo toda evidencia, este es el peor y más preocupante inicio de sexenio desde que comenzó el siglo.

Cuando uno mira el antecedente inmediato, el gobierno de Peña Nieto, se da cuenta que el desgaste surgió de la forma en que se ejerció el poder a lo largo del sexenio: de la complicidad o complacencia que se tuvo con la corrupción, la frivolidad en el comportamiento, la comunicación errática, la insensibilidad ante la tragedia y la desconexión con el sentir popular.

No obstante todo lo anterior, en el planteamiento del primer año de aquel gobierno, hubo más aciertos que errores.  Hace seis años había por lo menos claridad en lo que se quería: insistir en una visión modernizadora a través de cambios que detonaran la competitividad de diferentes sectores. Había un cómo: una serie de reformas construidas con la mayoría de las fuerzas opositoras. En fin, había un plan. Lo peor vino después.

Hoy, la situación es diferente. En el primer aniversario del gobierno de López Obrador, ni proyecto de país ni forma de ejercer el poder pueden aplaudirse. El saldo es negativo por donde se mire.  Este podría ser el preámbulo, en el mejor de los casos, de un sexenio mediocre o, en un nada improbable escenario, de una etapa desastrosa para México.

Si este gobierno es errático, inconsistente y en algunos aspectos francamente destructivo, es porque responde al criterio unipersonal e intransigente de un solo hombre y eso difícilmente cambiará. El voluntarismo y las muy arraigadas ideas de un presidente con claras limitaciones técnicas han desnutrido a la administración pública de conocimiento y planeación.

Hay una escena que conjuga perfectamente lo anterior. Fue descrita por Carlos Urzúa, el ex Secretario de Hacienda del propio Andrés Manuel. Cuando el más alto funcionario en materia de política pública presentó al presidente el Plan Nacional de Desarrollo, éste respondió que los tecnicismos y las limitaciones que apuntaba ese documento plagado de evidencia eran producto de una visión neoliberal. En cambio, el presidente –convencido de su propia brillantez-, decidió que su plan sexenal se plasmaría en un documento retórico, redactado por él mismo, de tan sólo 64 páginas.

Ya sabemos lo que siguió a ese desplante de simplicidad: un gobierno lleno de inconsistencias que quiere resolver la pobreza, pero recorta excesivamente el gasto público; con una política de seguridad que busca pacificar, pero militariza; con una visión indigenista y un moderno tren que destruirá tierras mayas; y con un aeropuerto vuelto cementerio y otro que nacerá manco.

Y cuando el panfleto vuelto política pública ha chocado con la realidad o con los controles institucionales, vuelve el estilo demagógico del presidente y de los suyos para complicarlo todo aún más: las peleas con la prensa, las reacciones viscerales, las renuncias inducidas en la Suprema Corte, las iniciativas para amedrentar y controlar a los poderes autónomos, las trampas en el Senado.

Incompetencia e inclinaciones autoritarias son elementos de una tormenta perfecta. Incluso a la sombra de lo que antecedió al obradorismo, este inicio de sexenio es más preocupante pues más profundos son sus vicios. Nada nos indica que el obstinado presidente tenga la voluntad de corregir el rumbo.

Y sin embargo, dice Silva-Herzog que no estamos en el cuarto tiempo de la patria y que no debemos creer que ya vimos la película completa. Me parece que se equivoca al equiparar tenues matices con pinceladas claras de regresión. Pasa por alto que, en la película sexenal, el primer año es el más benevolente y lo que sigue suelen ser complicaciones. Si turbulenta fue la luna de miel, tormentosos pueden ser los largos cinco años que aún estamos por atravesar. Más vale advertirlo.

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