Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Silenciar a la crítica

Aleksandr Solzhenitsyn fue condenado a ocho años de trabajos forzados y destierro perpetuo “por opiniones antiestalinistas”. Su falta fue relatar en unas cartas la forma en que vivían los granjeros de Europa occidental.

Castigar el análisis y la crítica no sólo sucede en las dictaduras de izquierda. A Oscar Wilde lo encarcelaron dos años en Reino Unido por “indecencia grave”; a Bertrand Russell le vetaron la docencia en la Universidad de Nueva York, por no ser cristiano y tener opiniones sexuales despiadadas.

Toda sociedad antidemocrática utiliza la carta moral para silenciar a la opinión disidente. El detentador del poder se ostenta como poseedor de la decencia y castiga a quienes no comulgan con su ideario político y prácticas gubernativas. La carta moral no se limita a condenar a la ideología distinta, sino que sanciona el comportamiento privado y las creencias.

Y, si eso no basta, se usa la calumnia y la difamación. A Russell no le dejaron dar su clase de matemáticas en una institución de matrícula exclusivamente masculina, porque sus ideas preocupaban… a la madre de una mujer.

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A veces la censura no es tan burda, actualmente se usan cuentas durmientes, personajes irrelevantes o locos de ocasión, para fabricar una acusación falsa, manufacturada maliciosamente para causar daño al crítico del sistema. Poco importa que la calumnia carezca de sentido o de seriedad. Si se difunde mediáticamente, siempre será reciclable para ofender en otro momento.

“Los Simpson” han caricaturizado este mecanismo, cuando Rafa Górgory relata que el director Skinner y la profesora “estaban dentro de un armario haciendo bebés, y yo vi a los bebés, y uno de ellos se quedó mirándome”.

Poco importa si la mentira carece de motivo, razón o lógica (peor aún, no es relevante que el acusador carezca de credibilidad), lo relevante es que el relato sea picoso, amarillista, en la peor tradición de William Randolph Hearst.

El talento y la verdad al final resplandecen, nadie se acuerda del juez que condenó a Wilde, o del soviético que desterró a Solzhenitsyn, la madre que sirvió de peón contra Russell sí fue condenada: al olvido de los miserables.

Si Dante hubiera vivido en esta época de calumnias en redes sociales y medios masivos, habría agregado un décimo círculo del infierno para los acusadores en falso que sirven al oficialismo, mediante una hipócrita carta moral que envilece más que la traición de Judas.

¿Cómo anular esa forma de censura? Mediante la duda metódica actualizada: de lo que veas, ni la mitad creas.

Siempre hay que poner en primer lugar el motivo: ¿por qué alguien haría X cosa? Mejor aún: ¿por qué aparece, de la nada, alguien con una primicia de algo escandaloso? El milagro mediático no existe. Baste con ver el escándalo de Watergate: The Washington Post sólo puso sobre papel lo que era evidente en las declaraciones y actitudes cotidianas de Nixon. No había sorpresas.

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