Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Sí podía saberse, pero es culpa de (casi) todos

El año pasado, tomaba un café en Villa de Patos con uno de mis amigos más brillantes. Como es usual, uno de los temas era el nefasto gobierno de López y lo inaceptable de su elección por 30 millones de ciudadanos. Mi amigo hizo una reflexión que me dejó helado y viene a cuento de la crisis del coronavirus:

«Después de años de litigio por robo de identidad y cobros indebidos, al fin obligaron a un banco y dos empresas a reparar los daños que me causaron. A pesar de que es evidente que este problema es culpa de ellos, de su negligencia y descuido, ellos le apostaron a un sistema que está diseñado para cansar a las víctimas. No todos tienen los recursos para llevar juicios largos. Cuando nos preguntamos por qué tanta gente votó a Obrador, hay que recordar que los bancos y negocios abusivos son los culpables de su ascenso, al coludirse con gobiernos que les facilitaban violar derechos de particulares, robar y hacer negocios contra el interés general. Para quien aguanta los excesos de Telcel o Bancomer, ya era tiempo de sacar a patadas a sus socios. Nos quejamos de los resentidos, pero todos permitimos las causas de su agravio, unos activamente y otros por omisión».

Me quedé mudo al escucharlo, pero hoy, más que nunca, debo reconocer que tenía toda la razón. En una frase: sí podía saberse y es culpa de casi todos.

Suele señalarse que, por ser libertario, mis textos son pro empresariales. Esa es una verdad a medias: estoy a favor de las libertades, sin duda, lo que implica que la propiedad y libertades de unos terminan donde empiezan las de los otros. No puedo estar a favor de que Bancomer adelante los cortes de las tarjetas de crédito «porque esta vez el día de vencimiento cayó en feriado», que Inbursa se invente servicios en las líneas Telmex y sólo reintegre  una parte de todo lo que cobra sin motivo, que Banamex saque tarjetas de crédito falsas o que Movistar o AT&T aperturen cuentas con identificaciones más apócrifas que la cientificidad de López Obrador.

Como libertario, tampoco puedo estar de acuerdo con que Salinas Pliego deba 32 mil millones de pesos de impuestos, mientras las clases medias tienen tres trabajos y, por la estupidez de las leyes fiscales, siempre llegan con saldo en contra a la declaración anual (e incluso deben pagar esa diferencia a parcialidades).

El Economista

De la misma forma, no puedo aceptar que Condusef y Profeco sean más inútiles que la Carabina de Ambrosio y no multen ejemplarmente a bancos y comercios con más robos de identidad que consumidores de hongos en Real de Catorce.

Tampoco puedo respaldar a quienes «se clavan» las retenciones del ISR de sus empleados o hacen ingeniería financiera para no repartir utilidades, pero traen autos de más de un millón de pesos cargados a los gastos de sus empresas. No puedo validar que, a los empleados, se les ponga un salario base ínfimo y que el resto de su sueldo se reporte como compensaciones, para no pagar cuotas reales a la seguridad social. O que se vendan porquerías a sobreprecio al gobierno… o se hagan mal las obras públicas para que alcance la repartición de beneficios a todos los involucrados en licitaciones irregulares o adjudicaciones ilegales.

Ser libertario implica entender que los derechos, libertades o propiedades de los demás son tan importantes como los de uno.

Y debe quedar claro algo: comprender que el caldo de odio y resentimiento social que padecemos es culpa de los abusos del gobierno y algunas empresas, no significa condenar al resto de los negocios, que heroicamente (sí, heroicamente, no es exageración) luchan todos los días para seguir en operaciones y conservar a sus empleados. El problema de los resentidos es que el odio suele ser irracional y es más fácil construir una identidad ficticia para el enemigo, que distinguir con precisión al otro y separar a los buenos de los malos.

No seguiré la recomendación de Fernando Dworak: estoy convencido de que los electores de López Obrador se equivocaron y que este error se les debe recordar con la misma vehemencia con que a otros pueblos se les rememora la entronización de sus tiranos. Pero tampoco voy a suscribir ciegamente la ironía del «no podía saberse, no es culpa de nadie» con la que —con total falta de autocrítica— se le espeta a los seguidores de López su ingenuidad política.

Hoy, etcétera recuerda una afirmación áurea del inmortal Francis Bacon: «quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde». En el actual problema de mal gobierno tenemos fanáticos, idiotas y cobardes, unos por vía activa y otros por la pasiva: ambos son cómplices de este desastre.

En el término inmediato, la solución está en rescatar, con el dinero que ya pagamos vía impuestos, a las empresas y empleos: eso es lo justo y lo correcto. Pero en el corto y mediano plazo se necesita una cultura económica, gubernamental y social que no se funde en la visión de vivir al día, que tenga fondos de reserva para todo y en la que los abusivos sean sancionados sin lentitudes, ni trampas (pero eso será tema de una columna posterior).

Termino este texto con otra reflexión del mismo amigo, ésta de hace muchos años atrás: «lo único mejor que la democracia es un efectivo Estado de Derecho». Empecemos por ahí, ya que la elección de un burro nos tiene donde estamos hoy… pero no olvidemos que ese mentecato llegó al poder porque sus predecesores y socios eran unos bandidos.

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