Cinque Terre

Carlos Matienzo

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Politólogo por la UNAM y Maestro en Administración Pública con especialización en Seguridad por la Universidad de Columbia, Nueva York. Especialista en temas de seguridad y gobernabilidad. Twitter: @CMATIENZO

El sentido de lo correcto

Tal vez no exista un momento más vulnerable en la vida de un ser humano que el de enfrentar una enfermedad o ser víctima de un crimen. Es cuando incluso quienes más reniegan de lo público, voltean a ver al Estado en busca de auxilio; se acude al hospital para detener el sufrimiento físico o a una agencia del ministerio público para obtener justicia. Y si los gobiernos fallan ahí, en ese clave espacio de necesidad, se quiebra algo muy difícil de reconstruir con las autoridades.

Desafortunadamente, salud y seguridad, es donde el gobierno de López Obrador ha perdido la brújula y donde una brecha con los damnificados comienza a ensancharse.

La desesperación de las víctimas de la violencia y de familiares de niños con cáncer, los ha arrojado a las calles para exigir respuestas. A ellos, el gobierno les ha fallado doblemente. Andrés Manuel López Obrador decidió renunciar a escuchar y palpar el dolor de quienes más necesitan de su gobierno. Los rechaza porque ve en ellos un oculto interés de afectarlo o tal vez porque teme no saber cómo tratarlos. En todo caso, se desentiende de su responsabilidad ética, como líder de un gobierno, para dar la cara ante los fallos de su aparato administrativo.

Ese desdén se ha permeado rápidamente en el resto del movimiento obradorista. Contagiados de su propia propaganda, los ataques en redes sociales y en las calles a las personas que manifiestan su legítimo dolor, son de una vileza inconmensurable.

¿Qué ha llevado a este “nuevo régimen” a actuar con tal bajeza? No es un asunto de incompetencia ni mucho menos de narrativas. Algo más profundo y podrido es evidente: se trata de una dominante cultura del servilismo donde todo lo que sucede dentro del círculo de lealtad es virtuoso y todo lo que cae fuera del obradorismo es espurio.

Un funcionario público como Manuel Bartlett, con una riqueza inexplicable, genera solidaridad y respaldo; una marcha de padres que ven morir a sus hijos por escasez de medicamentos, suspicacia y rechazo. La absurda rifa de un avión presidencial es elevada a causa nacional, mientras que una marcha de personas con familiares desaparecidos y asesinados es considerada un acto de traición a la patria.

Esa cultura del servilismo no se ha propagado sola. Los Solalinde, los Ackerman, los Attollini, Mendietas y demás corifeos, son la muestra más ruin de esa tendencia que es capaz de subyugar lo más preciado que puede tener una persona: sus principios y conocimientos.

En la historia de la humanidad, hay decenas de ejemplos de que los regímenes más peligrosos e infames son aquellos en los que la única virtud es la de la lealtad. Cuando eso sucede, no sólo se extingue la tenue luz de la verdad en las personas, sino también se apaga su sentido de lo correcto.

De seguir por este camino, apoyar o no al obradorismo pronto ya no será un asunto ideológico, sino de la más elemental ética.

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