Cinque Terre

Javier Solórzano

Se vale soñar

Moscú.- Una pregunta que uno nunca deja de hacerse, es cuál es la razón por la cual existe tanta fidelidad de parte de la sociedad mexicana hacia la selección nacional de futbol. Está claro que son muchas las respuestas, no hay una sola, pero lo que nos queda muy claro, es que debe reconocerse, en las buenas y en las malas, la gente está con el llamado Tri.

El domingo por fin los aficionados tuvieron una respuesta en medio de una gran cantidad de desilusión. Es probable que el papel que juega el futbol en la sociedad provoque una reacción y una sobreatención al futbol. Los futbolistas son, en muchos casos, una especie de dioses a los que se sigue con tal fidelidad que parece que el estadio es un templo en donde los aficionados van a rezarle a esos nuevos dioses.

La reacción del domingo, tanto aquí como en el país, forma parte de un gusto por el juego. Todos ahora sabemos de futbol; hay a quienes no les gustó la victoria de México y la envuelven en especulaciones, entre absurdas y pseudocríticas. El futbol no da para  razonamientos o para explicaciones de eruditos; da para la pasión y las emociones que pueden sacarnos de nosotros mismos en medio de una histeria colectiva.

Esto provoca el juego. Nunca como ahora, el futbol había estado tan comercializado y fortalecido como uno de los grandes negocios del mundo. A esto sumemos el papel de los medios de comunicación y la globalización que tiene el futbol como uno de sus máximos exponentes; es quizá una de sus caras más acabadas.

Los futbolistas son signos de identidad de países, de equipos, de comunidades y se vuelven propiedad privada de los aficionados. Es probable que en una gran cantidad de casos, la gente, sin importar el país, sepa mejor quién es Cristiano Ronaldo, Lio Messi, y alguno de los nuestros, como Javier Hernández o Guillermo Ochoa, que los presidentes o representantes populares de sus países.

El domingo, este fenómeno tuvo una de sus manifestaciones más apasionantes. Los cerca de 35 mil aficionados que estábamos en el estadio, junto con los millones de personas que vieron el juego en el país, entre el sufrimiento, la pasión y la emoción, por primera vez en mucho tiempo nos unimos bajo una causa común: el futbol y la selección nacional.

La manera en que se dieron las cosas el domingo resultó, paradójicamente, una suerte de venganza para los jugadores. Javier Hernández le planteó a ESPN lo que pensaba; los conductores de esta cadena deportiva aguantaron la risa sin creer lo que decía el afamado Chicharito. Estos días se han tenido que tragar sus comentarios; Hernández lo único que dijo fue: “¿por qué no tenemos derecho a soñar y pensar que podemos llegar muy lejos en el Mundial?”. El conductor de ESPN casi reclamaba: “Cómo dices eso, es un hecho que Alemania va a ser primero de grupo y no hay manera de ganarles”.

Hay una interesante lección en lo que pasó el domingo. Las cosas pueden pasar cuando se provoca que pasen, por más que los entornos sean desfavorables. La gente lo sabía en el estadio y en todas las plazas y lugares en donde se vio el juego. Los únicos que creían en ellos mismos eran los jugadores y el entrenador; sin embargo, los aficionados, como siempre, tenían a su vez una especie de mecanismo de defensa.

Así como era impredecible lo que pasó el domingo, es también difícil de pronosticar lo que se viene. La diferencia de aquello en lo que estábamos y en lo que hoy estamos es que se aprecian bases para que los aficionados vean a su selección con orgullo y, sobre todo, sepan que es competitiva.

No se vive de una victoria como la del domingo y si bien llegó en un momento oportuno, vale por la forma, por el resultado y porque es Alemania. El camino es largo todavía. La memoria futbolera ya tiene en una especie de hito inolvidable el 1-0; a todos nos hizo sentir con ánimo, orgullo e identidad.

El futbol por fin nos dio una lección que nos hizo felices, en tanto que los jugadores y su entrenador se vieron tranquilos; el siguiente paso se llama Corea del Sur. Ya veremos y nos veremos.

Resquicios

Vladimir Putin controla todo; o casi todo.


Este artículo fue publicado en La Razón el 19 de junio  de 2018, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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