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Luis Antonio García Chávez

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La salud de los candidatos a la presidencia

A lo largo de todo una buena parte del sexenio actual se dio un debate más o menos público sobre la salud de Enrique Peña Nieto.

A ojos de cualquiera había señales muy claras de un deterioro en la salud del presidente. Se le veía mucho más delgado, demacrado, con un semblante que generaba preocupación. Se documentaron incluso varias visitas del Presidente a hospitales militares y algunos articulistas incluso especularon con el diagnóstico.

Algunos hablaron de cáncer. El 26 de junio de 2015, Peña fue internado en el Hospital Central Militar y, según la información que hizo pública la Oficina de la Presidencia de la República, le fue extraída la vesícula biliar. Para el 29 de junio, sólo tres días después, Peña se reincorporaba a sus actividades. Pero el tema era plática constante en el círculo rojo, en columnas políticas y espacios de trascendidos.

El tema no menguó, las especulaciones siguieron, incluso en septiembre de 2016 Andrés Manuel López Obrador decía, después de algunas declaraciones de Peña Nieto sobre corrupción “Es lamentable lo que comentó el presidente. El presidente con todo respeto, creo que debe de estar, lo lamento muchísimo, debe de estar enfermo, debe de tener una profunda depresión, hasta lo estoy viendo físicamente mal, entonces creo que ya está en una situación en donde no reflexiona las cosas, no las piensa, no es nada más un asunto de torpeza, es un asunto de estado de ánimo, que yo me aventuro a que podría ser encontrarse enfermo”.

El punto abrió un debate, no menor, sobre si la salud del Presidente de la República es un asunto privado o uno de interés público. Sí los mexicanos tenemos derecho a conocer cualquier deterioro en la misma y el cómo lo anterior pudiera menguar sus capacidades para el desarrollo de su actividad pública. Incluso, de ser necesario, tomar previsiones en caso de que el daño físico fuera de tal magnitud que pudiera implicar una sustitución en el cargo.

Este debate no se concluyó. Creo que es importante retomarlo. Tenemos un régimen presidencialista en donde la ausencia física del Presidente de la República es tema de interés y seguridad nacional, además, el modelo Constitucional no prevé la Vicepresidencia, como sí lo hace por ejemplo el modelo estadounidense. Si bien aquí la Constitución contempla mecanismos para la sustitución presidencial, de ser necesaria, y también si esta sería temporal o permanente en virtud de en qué momento del mandato presidencial se diera dicha ausencia, lo real es que el esquema previsto requiere de los mayores consensos en el Congreso y, la experiencia práctica nos indica que, en la actualidad, dichos niveles de consenso no son sencillos de alcanzar.

FOTO: MOISÉS PABLO /CUARTOSCURO.COM

Pero ahora iré aún más lejos. ¿Tenemos los electores el derecho de conocer el estado de salud de quienes pretenden gobernarnos? Yo creo que sí. Me parece evidente que es uno de los elementos que valdría la pena contemplar al emitir el voto.

Según información pública, el candidato que hoy puntea las encuestas a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador sufrió el 4 de diciembre de 2013 un infarto que lo llevó a internarse en Médica Sur para ser sometido en dos ocasiones a “una intervención coronaria cutánea”.

Por otro lado, en caso de ganar, tomaría la Presidencia de la República a la edad de 64 años. Desde el triunfo de la Revolución, únicamente un Presidente ha tenido mayor edad al tomar el cargo, Victoriano Huerta, con 67 años. El segundo de mayor edad, a la fecha, ha sido Adolfo Ruiz Cortines con 62 años, es decir, menor que AMLO, al momento de tomar posesión, en caso de darse el triunfo de éste.

Lo anterior habría que sumar a una campaña permanente de más de una década, con viajes permanentes por toda la república, con su consecuente desgaste físico, alimentación deficiente (el mismo presume en redes sociales que come en el camino lo que va encontrando) y el desgaste mismo del ejercicio del poder.

En México, tras seis años en la presidencia, son notorios los cambios físicos y el deterioro en la salud de todos los que han ocupado el cargo. Apenas ayer AMLO hablaba de trabajar 18 horas diarias para convertir seis años en doce.

Todos estos datos vienen al caso porque, precisamente ayer, se hizo viral en redes sociales una entrevista que concede Andrés Manuel al término de un mitin en el que se ve mucho más lento de lo habitual, distraído y confuso en sus respuestas sobre la polémica generada en torno a sus discrepancias con los empresarios más importantes del país.

Francamente se le ve mal. Se le nota ausente, sin claridad, sin lucidez, confundido. Esto es de tal magnitud que incluso más de un analista mencionó haber consultado expertos para garantizar que el video no estuviera editado. De ese tamaño se ve el estado de AMLO.

Justo hace poco tiempo se dio un debate similar en Estados Unidos, donde los congresistas exigieron conocer el estado de salud de Donald Trump para poder conocer si estaba en condiciones físicas óptimas para gobernar. Según el estudio dado a conocer por el médico del Presidente y que se obligó a hacer público, Trump gozaba de cabal salud, sobre todo en el plano mental, para ejercer el cargo y únicamente le recomendaba perder un poco de peso.

Y de nuevo la pregunta, tenemos los mexicanos el derecho a conocer el estado de salud de nuestros candidatos. No hablo solo de Andrés Manuel, sino de todos en general. Si bien, por la edad y el desgaste, hoy AMLO preocupa en particular, Peña Nieto se veía con cabal salud durante su candidatura y, sin embargo, en el curso de la presidencia, como decía más arriba en estas líneas, la polémica ha acompañado este tema.

¿Sabemos hoy si Anaya, Margarita, Meade, el Bronco o el propio Andrés gozan de cabal salud? No tenemos la menor idea y, evidentemente, este es un dato que influiría en su desempeño presidencial. El deterioro en la salud física y/o mental de un candidato tiene que ser, en mi punto de vista, un elemento público, de conocimiento del electorado, al momento de definir con claridad hacia qué propuesta habrá de emitir su voto. Como figuras públicas, estos elementos deben ser también públicos. Las democracias modernas lo van considerando como un consenso cada día más fuerte. Atrás han quedado los días en que la salud de John F. Kennedy o Franklin Delano Roosevelt eran asuntos de seguridad nacional ocultos para sus gobernados.

En México no se diga, con la cultura presidencial en todo su apogeo y la idea del presidente como “macho fuerte e invulnerable” creo que es muy poco lo que sabemos de la salud que han tenido aquellos que nos han gobernado.

Es momento de transparentar esta discusión.

Desde este espacio mis mejores deseos a Andrés Manuel López Obrador pues, más allá de diferencias políticas diametrales, deseo que el video sólo haya sido parte de un momento de distracción o tribulaciones y su salud se encuentre en las mejores condiciones, que no sea un asunto determinante para la vida pública nacional y que goce de la mayor calidad de vida.

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