Cinque Terre

Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Salmerón, la misma basura en distinto envase

 “Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo”.
Sor Juana Inés de la Cruz. Redondillas (13-16).

Debo insistir en que no creo en los burócratas santos. De hecho, la exigencia social de virtudes públicas a la vez reclama un respeto total a la vida privada –sea como fuere—. Con esa convicción, sostengo que Pedro Salmerón representa a lo peor de la 4T: a la incompetencia en la función pública.

Una cosa es fallar en las relaciones humanas —algo que, por la misma naturaleza de las personas, debe disculparse y corregirse—, otra muy distinta es no servir para la actividad encomendada. Sólo alguien incapaz de dirigir un organismo de análisis histórico afirmaría que fueron “valientes jóvenes” los guerrilleros de la Liga Comunista 23 de Septiembre que secuestraron y asesinaron al empresario Eugenio Garza Sada.

Eso fue lo que hizo Pedro Salmerón Sanginés, director general del el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM): calificar de valientes a unos delincuentes que mataron a uno de los grandes hombres del México moderno.

De más está recordarle a Salmerón que a uno de los liberales juaristas, esos que tanto alaba su patrón, se atribuye la frase “los valientes no asesinan”. Seguramente calificaría a Guillermo Prieto de fifí, si alguien le hiciera el contraste.

Salmerón puede ser lo que él quiera en privado. Incluso me parece una vileza que los gazmoños de siempre traten de volver públicas sus fortalezas y debilidades particulares. El problema radica en que su apología de los delitos de secuestro y homicidio va formulada con una misma proporción de estupidez y maldad. Eso ya es público y un caso evidente de ineptitud en el ejercicio de sus funciones como titular de un instituto de estudios históricos.

FOTO: DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ /CUARTOSCURO.COM

Sus filias y fobias ideológicas le alcanzan para escribir columnas o libros donde haga interpretaciones de la historia plegadas a sus sentimientos. Sin embargo, cuando usa el membrete, facultades y recursos del INEHRM, ya no habla un historiador resentido y tonto, sino un órgano público: Salmerón puso en voz del Estado el odio contra un empresario que enfrentó al abuelo político de su jefe, el aún impune Luis Echeverría. En el caso no sólo hay discurso de odio y apología del delito, ese funcionario de la 4T hizo revisionismo histórico, muy parecido al que hacen los apologistas del nazismo cuando pretenden subestimar el genocidio de la Shoá.

Así, disiento de los que califican a Salmerón como sólo imbécil o únicamente malvado: es las dos cosas. Para usar la nomenclatura de Carlo Maria Cipolla, se puede identificar a Salmerón con un malvado tan tonto, que terminó dañándose a sí mismo.

El problema central es que la 4T recluta a muchos personajes de la misma ralea que Salmerón, incapaces para realizar las funciones asignadas: asesores legislativos que no son juristas —y, para rematar, aviadores—, politólogos que nunca se han dedicado a la seguridad social y dirigen instancias de ese tema, activistas que son tratados como analistas —aunque es evidente que no es lo mismo reclamar que saber—. Emplear inservibles y luego lamentar sus resultados se parece a la conducta del niño que pone el coco y luego se asusta con él, como señala Sor Juana.

¿Qué necesidad hay de convertir al gobierno federal en una agencia de colocaciones para personas cuyo único mérito es la actuación como porristas del régimen? El agradecimiento a los incondicionales del oficialismo no tiene que venir en forma de un hueso directivo.

El presidente López debería hacerse un favor y no contratar incompetentes en cargos directivos o de análisis. Si hay que darles sostén a los sujetos como Salmerón —en pago a sus labores como matraqueros—, que los ponga donde no hagan daño. La doble moral y promoción de la violencia que hace ese incapaz, al asociarla estúpidamente con la valentía, obliga a enviarlo a un cubículo donde se perjudique él solo, como en el vaticinio que hizo Octavio Paz sobre el destino final de los socialistas…

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