Cinque Terre

Luis de la Barreda Solórzano

Sahar

El caso de la joven iraní Sahar Tabar, de tan sólo 19 años (El País, 14 de diciembre), muestra deplorablemente la irracionalidad, que llega a niveles grotescos, y las injusticias, que alcanzan extremos inauditos, que con frecuencia caracterizan el trato de las autoridades a los gobernados en los regímenes fundamentalistas o teocráticos.

Sahar ha sido condenada a 10 años de prisión, una pena que, si no se modifica, la mantendrá privada de su libertad el resto de su juventud y una parte considerable de su vida. ¿Qué hizo la joven para merecer una condena de esa magnitud? ¿Mató, secuestró, mutiló, forzó a una niña a prostituirse, robó un banco?

El terrible delito por el que se ha impuesto a Sahar ese atroz castigo fue haber subido una serie de fotografías trucadas con maquillaje y Photoshop con las que simuló haberse operado el rostro 50 veces. Las fotos tuvieron casi medio millón de seguidores en Instagram. El nombre de la joven registró más de esa cantidad de resultados en Google.

Sahar se hizo famosa al mostrar su cara distorsionada supuestamente por operaciones estéticas y una delgadez extrema. Algunos la apodaron la novia cadáver por su parecido con el personaje de la película de Tim Burton. Otros pensaron que quería parecerse a Angelina Jolie, aunque en ninguna de las fotos se parece ni lejanamente a la bellísima actriz. Pero ella no quería parecerse a Angelina ni ese era su aspecto real.

Las sospechas sobre las imágenes surgieron cuando usuarios de internet notaron que las fotos parecían alteradas con Photoshop. La joven fue objeto de tal acoso en Instagram que privatizó su cuenta, aunque multitud de cuentas espejo no dejaban de subir sus imágenes.

Probablemente fue ese asedio lo que la motivó a revelar, en una entrevista concedida al portal ruso Sputnik, que, en efecto, todo había sido un montaje logrado aplicándose maquillaje y después distorsionando las imágenes con Photoshop para aparecer con extrema delgadez. “Mis fans saben —declaró Sahar— que esa no es mi cara real”.

Una travesura exitosa, pues engañó a cientos de miles de personas. Nada más que eso. La chica no cometió conducta alguna que en un país laico y con una legislación penal razonable se hubiera podido considerar delito. No infligió daño a nadie. Fue la travesura de una adolescente, pues todo ocurrió hace tres años, cuando ella tenía 16. Sólo eso: una travesura.

Sin embargo, se le ha impuesto la sanción de una decena de años en la cárcel. Los cargos: blasfemia —falta de respeto a la República Islámica—, incitación a la violencia, obtención de ingresos por medios inapropiados e instigación a los menores a la corrupción.

En un principio se le absolvió de dos de los cuatro cargos. Como la televisión transmitió su confesión, sus expresiones de remordimiento le ganaron muchas simpatías. Un informe pericial la describió como “una víctima con una personalidad y un estado mental anormales” que buscaba vulgaridad en las redes sociales. No obstante, el 5 de octubre de 2019 fue aprehendida por blasfemia.

En la pasada primavera Sahar pidió ser liberada motivando su solicitud en que se había contagiado de covid-19. Además, su historial médico indica que padece una enfermedad mental, en virtud de lo cual ha sido atendida en hospitales siquiátricos.

En ningún país del mundo se realizan tantas rinoplastias como en Irán. Se calcula que en 2016 más de 200,000 personas, la gran mayoría mujeres, fue operada de la nariz. Es común que todas las mujeres de una familia se sometan a esa operación. El ayatolá Jomeini expresó en la década de los ochenta su apoyo a la rinoplastia: “Dios es bello y ama la belleza”.

Si los gobernantes y los jueces iraníes están convencidos, como Jomeini, de que Dios ama la belleza, uno supondría que también están seguros de que ama la justicia, y lo que le están infligiendo a Sahar es una injusticia monstruosa. Lleva más de un año presa, pero no debió estar en prisión un solo día.

En regímenes como el de Irán se atropella cruelmente y sin miramientos a individuos que no han hecho ningún mal, principalmente a las mujeres, en nombre de unos supuestos mandamientos divinos que parecen dictados por un desquiciado y que, en realidad, son producto de mentalidades cautivas de un fanatismo cuyas raíces se pierden en la bruma de tiempos inmemoriales.


Este artículo fue publicado en Excélsior el 17 de diciembre de 2020. Agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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