Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

Sabines: la popularidad del poeta

Cartel del documental de Claudio Isaac.

Hace pocos años el poeta Eduardo Milán comenzó una charla con una pregunta retórica. ¿Quién es el poeta de México? “No es Octavio”, dijo. Y afirmó que sería Jaime Sabines. No se trataba, en absoluto, de una valoración literaria. Era la manera en que Milán apuntaba hacia la aparente popularidad abrumadora de Sabines. El documental Sin dios y sin diablo: Jaime Sabines y sus lectores (2016), de Claudio Isaac, es, precisamente, una colección de testimonios sobre la pasión de muchos lectores por la poesía de Sabines. El alcance de su obra entre públicos diversos, es decir entre la población mexicana, no fue el tema de Isaac. Creo, sin embargo, que convendría asomarse al asunto para comprender, un poco, sobre nuestros consumos culturales.

Isaac ya había abordado al poeta en Algo sobre Jaime Sabines (1980), codirigido con Sara Elías Calles. En este nuevo material los entrevistados podrían parecer variados pues incluyen, entre otros, a la profesora de danza y coreógrafa Catalina Navarrete, al escritor Iván Farías, a la activista Guadalupe García, a profesores de literatura, familiares y estudiosos —incluyendo al traductor del poeta al árabe. Se habla de “arraigo popular” y de Sabines como “el más popular de México”. Los relatos se refieren incluso al hombre, describiéndolo como “guapo”, “bien parecido”, “belleza”, “un hombre dotado”, una “voz maravillosa”. La escritora Claudia Hernández del Valle-Arizpe, más pertinente, dice que Sabines es leído en todo el mundo de habla hispana. El lenguaje verbal define a este documental.

El resultado es un recuento entusiasta de experiencias lectoras, pero el planteamiento formal de la película es muy mecánico. Con las historias de los entrevistados se alternan las lecturas de fragmentos de poemas de Sabines a cargo de la actriz Irene Azuela. Entre estos dos tipos de segmentos audiovisuales, hay imágenes acaso consideradas “poéticas” por el director: la luna, ramas, muros, sombras, maíz entre coloridos chillantes, grafiti, manzanas sobre el cemento, sillas decoradas a mano. Hasta la supuesta irreverencia es convencional: las luces neón de un hotel de paso. Como si la poesía no pudiese estar en los frutos helados de un refrigerador. Hay apenas un momento con cierta malicia: una joven cuenta que la poesía le parecía “cursi”, la cámara se mueve y pasa de mostrar su rostro a evidenciar que sostiene un perro diminuto, que porta un paliacate en su pequeño cuello.

La activista Guadalupe García describiendo su experiencia como lectora. Fotograma del documental.

Quizá este audiovisual cumpla como apoyo para la promoción de la lectura o como anuncio alargado. Los entrevistados también llegan a transmitir rasgos del carácter del poeta: el escritor Óscar de la Borbolla cuenta un incidente en que provocó la ira de Sabines. Pero, pareciera que la visión del director no se aventuró a explorar su tema fuera de lo esperable por una audiencia delimitada. Los entrevistados aparecen con frecuencia en escenarios predecibles, como las bibliotecas de escritores alojadas en la Ciudadela o como una casa en ruinas. Cuando el criterio pretende salir de lo habitual cae en un cliché riesgoso: visita una cárcel de mujeres. Ahí, los testimonios siguen siendo interesantes, pero la idea subyacente pareciera ser una oposición simplista y binaria entre la gente criminal y una supuesta fuerza civilizadora de la poesía. La selección de entrevistados y de partes de sus testimonios reflejan una perspectiva restringida —de varias alocuciones nunca se comprende por qué se incluyeron. Esta muestra tendenciosa de personajes no explora quiénes son los lectores de Sabines, pues —reclusas incluidas—, son, en menor o mayor medida, miembros del medio cultural, aunque estén en los márgenes.

Algo sobre Jaime Sabines, documental previo de Claudio Isaac sobre el poeta.

Es cierto que está el caso de un hombre que no conocía la poesía hasta oírla en labios de un hombre que subió al vagón del metro en que viajaba. Eso bastó para provocar la inesperada identificación del oyente con los versos de Sabines. O el de una mujer que se describe como antigua “empleada doméstica” y cuenta de su actual liderazgo en luchas sociales, con una elocuencia que no puede sino provenir de la lectura constante. Son, finalmente, integrantes excepcionales de círculos sociales limitados.

Muy probablemente hay lectores de Sabines más allá de burócratas culturales, de profesores de literatura, de libreros y de promotores de la lectura… Explorar quiénes son esos otros lectores de Sabines habría sido sumamente revelador. También habría sido desafiante para el cineasta y emprenderlo, hay que decirlo, sería un distinto documental. Con simples datos de tirajes, número de ediciones y distribución de las ventas, esta línea de investigación probablemente nos enfrentaría con la realidad de una sociedad nada afecta a la lectura, ni siquiera de Sabines.

Al aludir a la popularidad del poeta se suele hacer referencia a la ahora mítica lectura que realizó la noche del 30 de marzo de 1996 en el Palacio de Bellas Artes —mencionada en la película de Isaac. Fue una presentación emotiva, apoteósica. El teatro lleno, los aplausos constantes, atronadores. Entrañable, como varias experiencias del documental, por ejemplo, las de lectores que encontraron en esos poemas alguna curación a su desdicha amorosa. Pero el público de aquella noche, como los entrevistados de Isaac, eran lectores fieles de Sabines, no una muestra aleatoria de mexicanos, ni de perfil diversificado, a pesar de sus diferentes clases sociales.

La actriz Irene Azuela leyendo poemas de Jaime Sabines. Fotografía Grupo Planeta.

Estoy seguro del placer que ofrece la poesía, pero no asumo que todos debieran leerla. De cualquier manera, el disfrute de la poesía de Sabines u otros, no requiere de la popularidad de los poemas, mucho menos de la fama o aceptación de sus autores. Sí hacen falta, en cambio, marcos sociales con prácticas culturales cotidianas que abran la posibilidad de llegar a ese placer, como el simple hábito de la lectura. La popularidad, por relativamente grande que parezca, tendría que ir más allá del medio cultural.

Sin dios y sin diablo: Jaime Sabines y sus lectores está disponible en Filminlatino.

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