Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

¿Sabes…?

Cruzar una frontera es siempre dramático
porque se siente la inserción del tiempo geográfico
en el tiempo histórico, y el paisaje
(con frecuencia igual a ambos lados de la raya)
adquiere súbitamente virtualidades bien distintas.
Julián Marías

El tiempo pasa y aunque es lo obvio, es un hecho que se ignora, dispuestos a vivir en disimulo, pasamos de largo en cada una de las estaciones, pretendiendo quizás que todo es cosa de poner banderas, quitar arbolitos y sembrar azucenas. Pero la brisa de segundos no cesa mientras tomas un vino o temes que te deje el tren.

Sabes, no me siento vieja pero me preparo; cuando te dispones a tener un hijo lees infinidad de textos sobre crianza, las divisiones de cada etapa infantil, el destete, los primeros pasos, etcétera. Previo a ello, uno lee sobre embarazo y las temporadas se edvierten en semanas, esperar el vómito y transigir con el mareo; cuidar el peso y sentir patadas, especular sobre si estallarás a borbotones o tendrán que abrirte como nuez.

Cumples cincuenta y la menopausia, las primeras canas, te dan ciertos indicios. Un día descubres que el cuello se reblandece formando surquitos acanalados, pequeñas cordilleras que se imponen en la fotografía. Tal vez comiencen a hablarte de usted en el supermercado, pero el cuerpo está entero, sí más regordete y flácido, pero tu ánimo es tal vez mejor que tal vez mejor que antes, ya te conoces. Caminas con soltura y sabes bien a dónde ir. Claro que he tenido la fortuna de que la salud me siga como fiel sabueso y eso, sé de sobra, que no es eterno.

Si has logrado escapar de la obsesión de verte joven, tal vez descubras que no has perdido el gusto por verte bien, pero tampoco sufres con el peso de tu aspecto, te mutas en cornisa o en flor, atrapas historias como mariposas en cada paso del andar porque disfrutas viajar, como la niña que armaba álbumes de estampas, coleccionas de aquí o de allá, lo mismo la historia de un marqués Salmantino aprendiz de Satanás; o la historia de la reina parmesana que se obstinaba en cantar, actuar y sobre todo en mandar, Isabel de Farnesio. El apellido te gusta y se clava en un diente, lo paseas con la lengua, tic tac, tic tac. Nadie lo nota en un mundo de rostros ocultos, tumultos de ojos que se encuentran tratando de adivinar  labios o nariz.

Mueres por llegar a un café o al hotel, ya no es la bolsa que no te alcanza o los pantalones que no te entran lo que te quita el sueño, necesitas red urgente porque te inquieta la veracidad sobre la historia de la otra Isabel (la primera) y el ajedrez ¿Será que ella inspiró con su talento a la reina que se mueve a su aire por el tablero de blancos días y negras noches? ¿Eso te hace mejor? Claro que no, pero ha deshierbado la angustia, y disminuido el presupuesto.

Andando amas, odias, armonizas y desentonas. Pero antes que todo, envejeces y buscas encontrar las pistas que te hablen de los periodos geográficos que comienzas a bordear. Pides mapas en cada librería: es seguro que esa tierra ignota tendrá mucho por descubrir y te resistes a pensar que una porción de años que es casi la mitad del pastel, sea una papilla amorfa sin sabor.

Adivinas libertades que comienzas a paladear como esa niña que fuiste, despeinada y todo por jugar. Un pequeño títere de Unamuno, un dije de libro en el que apuntas poemas que me encuentro en las calles de Segovia o Valladolid, esos son los dos recuerdos que le quiero compartir a esa que me espera en la mecedora del porvenir.

La tentación de aconsejar es un síntoma que comienzo a sentir. Tomo nota y por discreta, lo apunto por aquí, no me hagas caso te digo en serio, que al fin todo consejo es un souvenir, pero no me refreno porque la vasca se queda y luego no me deja dormir.

¿Sabes?

Antes de irte de este mundo, cásate o vive un amor por el que estés dispuesto a dar un anillo, hacer el ridículo o hasta rogar enardecido. Un amor por el cual perder la cabeza sea el menor de los precios. Una convulsión a lo tiovivo que te deje resaca de por vida y cuando te acuerdes, el mareo de nuevo haga que el estómago recite algunos versos.

Atrévete a vivir un viaje en el que no calcules cada centavo. Camina por sus calles y deja que el laberinto te despierte curiosidades sin rumbo. Pierde un tren o un avión y brinda por ello, pues al fin el único transporte que vale la pena lo tomaste ya, te llevará a la estación cuando llegue el tiempo que tú jamás decidirás.

Busca mirarte al espejo y descubre en el reflejo al ser más cómico que hay. Un personaje errático que  lanza tonterías como las burbujas de jabón de una vendedora que busca cautivar, atrápalas sin deshacerlas y gurdálas en la vitrina para burlarte siempre más. Sal a la calle en calzoncillos o en brasiere sólo para convencerte de que nadie te mirará. Que transitas con el flujo ante dos miradas indiscretas que se cansarán tan pronto como una mosca surca la taza de café.

No te quedes donde no debes. Por más que presiones la pieza, no cabes en cualquier rompecabezas. Deja de calcular,  las cuentas nunca ajustan y los pronósticos fallan por obra y gracia del céfiro que se obstina en desviar toda saeta.

A los santos se les venera, la gravedad es incuestionable, pero a las personas se les ama a pesar de que se las discuta o incluso se les desacredite. La verdad no tiene morada, buscarla como estandarte es el precio que tiene el precipicio.

No permitas que te hablen con voz de idiota o te reduzcan como gíbaros en el diminutivo. No transijas a los tres, mucho menos a los 100.

Sabes, el tiempo pasa y tú con él, no te sientas damnificado porque así no es, eres tiempo y vas de paso: lo tienes que saber, si de ello haces un duelo, más vale que saques las pistolas y te comiences a defender, es una afrenta que seguro habrás de perder, pero enfréntalo con garbo, con humor, que vivir no es un drama. La tragedia es quedar sin argumento antes del anochecer.

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