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Roma: estamos hechos de máscaras

Cada quien sus gustos.

Alguien puede estar sentado frente al Partenón persiguiendo moscas para evitar aburrirse o pestañear al escuchar a Stravinsky; también puede sentir la misma pachorra, no sé, por ejemplo, frente a la Balada del Narayama de Imamura. No es su culpa incluso si se cae de sueño, esa persona hipotética ignora el arte dórico, la ópera y la sinfonía y, claro, tampoco conoce de movimientos de cámara y su lenguaje.

Así es que, en la exposición de gustos cada quien tiene el derecho a decir que nada de eso le entretiene. Guardadas las proporciones con los ejemplos mencionados, sucede lo mismo con quienes dicen que se aburrieron frente a Roma. No tienen culpa alguna y sí todo el derecho de definir sus patrones de entretenimiento, aunque les entretenga “La Familia Peluche” o lo que sea.

Junto con ello, claro, es parte de la bendita libertad para llamar la atención, enarbolar que algo es lo mejor sólo porque nos gusta, que algo es poco atractivo porque no nos entretiene o que, ajenos a la polémica, mejor no presenciamos el espectáculo porque estamos por encima del entusiasmo de las masas. Lo curioso es que casi nadie habla del espectáculo mismo, sólo emite el veredicto.

Estamos hechos de máscaras.

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