Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

“Roma” es una invitación a construir nuestros propios recuerdos

Quienes anuncian que no verán “Roma” o quienes la hacen pedazos quieren llamar la atención; los primeros por su capacidad para ir a contracorriente y evitarse la posibilidad de disfrutar -son muy valientes-, los segundos algo saben de cine, supongo, para concluir que la pieza es aburrida, no (les) dice nada o carece de un relieve que vaya más allá de una colonia de la Ciudad de México en 1971. Desde luego, yo también escribo esto para llamar la atención: les propongo que se den oportunidad de ver algunas pinceladas de lo que fue México hace casi cincuenta años y disfrutar una escenografía meticulosa y soberbia, que se entreteje como lo hacemos con nuestros recuerdos: con base en símbolos, sonidos e imágenes e incluso con el perro que nos ladró.

La nostalgia es algo así como el esfuerzo de la memoria por recuperar situaciones y momentos en que fuimos felices sin darnos cuenta, es apropiarnos de un tiempo que no entendimos en el instante sino hasta ahora que sentimos la felicidad del café caliente, la insistencia del vendedor de globos o la pertinaz lluvia que nos hizo cantar entre los charcos. “Roma” es la urdimbre de añoranzas que invita al espectador a tener las suyas propias: el viejo Ford o La Hora de Haste la Hora de México para poner a tiempo el reloj, digo, nuestro reloj, en el andar del señor que vende miel de colmena y nueces, las puertas de los cines fastuosos y nuestras propias vivencias: el balón del mundial de fútbol recién vivido en estas tierras, el sombrero del flojo y juguetón Juanito que fue la impronta de México en el mundo o simplemente la Ensalada de Locos y Zovek como los héroes del humor y la fuerza en aquella lejana infancia sino es que nada más el canto liberado de los canarios que no pueden salir de sus jaulas.

¿Importan las tenues imprecisiones en la esfera de los recuerdos que suscita “Roma”? Importa tanto como la rigurosa precisión de nuestra propia memoria, o sea nada: y es que a veces recordamos historias, momentos o cosas que nunca existieron, así, como el niño en la película que dice que recuerda cuando fue adulto y murió en alta mar. Más aún: eso también es parte de la nostalgia: la construcción de un mundo en el que podemos ser felices o creemos que lo somos.

La nostalgia es apenas una vertiente entre los recuerdos y en “Roma” hay otras tantas: visitar lo que somos a través de mirar nuestras raíces, hurgar en el pasado para no extraviarse en el presente, o mirarlo simplemente para comprender lo que entonces no pudimos.

Nuestros recuerdos son en vivo y a todo color, aunque los que suscita “Roma” son, en otra vértice, aquellos en donde floreció la televisión, se masificó la imagen y ocurrieron los primeros pasos de la industria del entretenimiento en la pantalla, aun con la presencia impetuosa de la radio. En otro plano está la memoria del país que creímos estaba sólo en los escombros del pasado, la preeminencia de un partido político y la voz populista del presidente y la impronta, esa sí imborrable, de la represión de los jóvenes aquel jueves de Corpus.

Esta cinta de Cuarón me remite también por su técnica a lo mejor del cine de los setentas, en particular el francés y el italiano que contó historias (mientras Hollywood se sumergía en las grandes epopeyas cinematográficas). No exagero si digo que está cinta está a la altura de Fellini, por ejemplo, “Payasos” (en blanco y negro) y otros trabajos incluso de los cuarenta del siglo pasado, digamos, y reitero que no exagero, “Ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica. “Roma” cuenta historias y, como sucede con la literatura, aunque sus personajes están enclaustrados para siempre en un mismo drama del que nunca jamás saldrán, cada uno de ellos tiende sus brazos para que nosotros  nos embarquemos en el mar de nuestras propias historias acicateados además por los sonidos, la música ya lo dije, y también los de la calle como el afilador, el vendedor de camotes o el camión de la basura.

Millones de personas somos hijos de la beneficencia pública y los servicios de salud, también lo somos de la desesperanza y la tragedia. Junto con ello somos resultado de nuestro abandono o denuedo por surcar junto con quienes queremos nuevas aventuras para resarcir el matrimonio perdido, al hijo nacido muerto y al padre ausente que fue a construir en otro lado sus propios recuerdos, los que siempre nos serán ajenos porque, precisamente, la única remembranza que tenemos de él es la oquedad de su ausencia.

“Roma” es la criada que fue como nuestra propia madre, la mujer sin derechos que está sujeta a la compasión de los demás o a su capacidad para conmover por su entrega. Es quien hizo el licuado de plátano y trajo la buena noticia de que había Gansitos en el refrigerador. “Roma” es la madre que hizo depender su vida del otro que la abandona, la mujer que enfrenta su soledad entre el griterío de los chiquillos y quién, con unos tragos encima, canta su anhelo junto con Angélica María (por cortesía de Radio Variedades): “Cuando me enamoro, cuando me enamoro de ti…”.

Esta película es una invitación para mirarnos a través de nuestros recuerdos, para añorar los tiempos idos y para brindar por la vida. Por ello brindo a la salud de la pista gorda de Scalextric que nunca tuve, el Ford Galaxy que anhelé y las faldas de aquella montaña que nunca caminé. Entonces brindo por “Roma” porque, además de todo, me regala recuerdos que no había tenido y que ahora son parte de mi propia vida. Se llaman memoria y son parte de nuestras raíces, en la esfera inagotable de nuestra única e irrepetible vida.

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