Cinque Terre

Julián Andrade

Escritor y periodista.

Robespierre y #MeToo

Las oleadas de persecución siempre acaban mal. Es lo que está ocurriendo con el #MeToo mexicano. Lo decía Martha Lamas: “ Si todo es acoso, nada es acoso”. En efecto, las generalizaciones absuelven y además limitan los espacios para la reflexión y el análisis.

La violencia contra las mujeres es persistente. Lejos de disminuir, los feminicidios aumentan y otras conductas delictivas también tienen tendencias al alza. Este es quizá uno de los aspectos oscuros de nuestra sociedad y que además se ve reforzada por la enorme impunidad.

En nuestro país, al rededor del 98% de los delitos no se castigan. Esto es, sigue siendo muy fácil que los bandidos se salgan con la suya.

El acoso, las presiones y los maltratos son latigazos que sufren las mujeres en las más diversas fuentes de empleos. Esto es una realidad.

Acaso por ello, las denuncias que empezaron a realizarse por medio de cuentas en Twitter que agrupan a los escritores, periodistas, músicos y cineastas, tuvo un impacto importante. Nombres y más nombres empezaron a divulgarse con historias indignantes y enfocadas, sobre todo, en el acoso sexual.

Ilustración de Hanna Barczyk para Foreign Policy

El problema es que lo verdadero se mezcló con lo falso y empezó a privilegiarse el anónimo. Con la idea, por lo demás fundamentada, de que las víctimas no deben exponerse a una nueva espiral de sufrimientos, se dieron a conocer situaciones tristes y comprometedoras, pero se omitió la identidad.

Al no tener nombres y rostros, el abuso también era (es) patente para los acusados, incapaces de defenderse, por no conocer a quien los señala.

Las consecuencias están a la vista: reputaciones en entredicho y el suicidio de Armando Vega Vil, acusado, él mismo, de abuso contra una jovencita de 13 años, de la que no se conoce el nombre.

Las hogueras nunca son una buena idea. Lo que inicia con fines loables, al no tener controles legales, acababa en la histeria y sembrando injusticias. Las brujas de Salem son un ejemplo bastante conocido al respecto.

Era 1692 y la información se procesaba de otra forma, pero dos niñas de 11 y 13 años empezaron a tener convulsiones y se pensó de inmediato en una mano maligna. Encontraron 141 sospechosas y 20 terminaron ejecutadas. Años después, los jueces y jurados admitieron que habían actuado por miedo y sin pruebas convincentes.

Robespierre hizo de la delación una forma de control político. Lo han imitado los regímenes autoritarios a lo largo de la historia.

Pero en la Francia revolucionaria, todos espiaban a todos y los malos ciudadanos eran llevados a la guillotina. Aquello resultó una locura, y el propio Robespierre terminó ejecutado.

Ahora hay Twitter y las denuncias viajan a grandes velocidades. El fondo, me parece, continúa siendo el mismo y tiene que ver con apegarse a la ley, aunque está sea tortuosa.

La denuncia, ante las autoridades competentes, es el único camino transitable. Lo otro, ya lo vimos, no trae nada bueno.

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