Cinque Terre

Germán Martínez Martínez

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Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

Río escondido o el espejo nefasto

María Félix en Río escondido. Cinefotografía de Gabriel Figueroa

Desde hace décadas, el lugar común es celebrar que la llamada “época de oro del cine mexicano” habría dado una imagen de sí mismo a un pueblo. En efecto, las películas del periodo probablemente jugaron un papel en el proceso cultural de consolidación del nacionalismo mexicano del siglo XX. Esto, sin embargo, no tiene por qué verse en automático como algo positivo; por el contrario, puede abordarse críticamente. La idea resultante de identidad nacional ha jugado un papel en la cultura política antidemocrática que persiste en el siglo XXI en México.

Río escondido (1948) del director Emilio Fernández —una de las cintas de la “época” susodicha—, ha sido digitalmente restaurada y puede apreciarse con una nitidez de la que antes no gozaba. Esto fue posible gracias al Centro Ricardo B. Salinas Pliego y a los restauradores de la Cineteca Nacional. Precisamente, una de las funciones de una cinemateca es ofrecer la posibilidad de reexaminar el patrimonio audiovisual de una sociedad, incluyendo filmes cuyo valor es fundamentalmente histórico. La restauración de Río escondido permite revisitar la película y criticar su obvia intención de contribuir a legitimar el régimen del nacionalismo revolucionario. Además, la cinta evidencia paralelos con nuestro tiempo.

El México imaginario del cinefotógrafo Gabriel Figueroa

Río escondido es una película propagandística, en clave de melodrama, que reunió a figuras importantes en la creación y difusión de un México imaginario, que terminó pareciendo la realidad inobjetable del país. La profesora Rosaura Salazar —interpretada por María Félix—, recibe personalmente del presidente de México la encomienda de ejercer su oficio en el remoto pueblo de Río escondido. Ahí, Salazar tiene que enfrentar el dominio arbitrario que el cacique ha impuesto sobre la comunidad —es uno de muchos “políticos inmorales” y, según el presidente, desplazarlos es una de las prioridades para “salvar a nuestro pueblo”. Con un pasante de medicina, también en misión civilizatoria por dictado presidencial —y con el apoyo del párroco—, Salazar implementa una campaña de vacunación inmediata contra la viruela. También logra reabrir la escuela, que el cacique había convertido en caballeriza. Imparte clases que semejan discursos políticos, a despecho de la comprensión de los estudiantes. Salazar cae víctima de un padecimiento previo, desencadenado por la concupiscencia del cacique hacia ella y el asesinato de un niño también a manos de su antagonista. Salazar muere, pero alcanza todavía a ultimar al cacique. La idealización del magisterio posrevolucionario: una mártir vengadora, con todo y justificación —previamente establecida en la película—, de que “a veces se hace necesario” matar a los “malos mexicanos”.

México en clave melodramática en Río escondido del director Emilio Fernández

Un juicio no obnubilado por los prestigios acumulados vería lo caricaturesco del argumento y, por mencionar lo visible, de la fotografía, la actuación y la responsabilidad última del director Emilio Fernández —apodado “El Indio”, tan retóricamente como las alusiones a lo indio en la película. La tarea del cinefotógrafo Gabriel Figueroa ha sido elogiada sin fin y sería absurdo negar la calidad de sus composiciones y la trascendencia cultural de sus imágenes. Sin embargo, el de Figueroa —con mujeres cubiertas con rebozos oscuros y cántaros al hombro—, fue siempre un México imaginario, que se nutría de estéticas como la de los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional, mostrados al principio de Río escondido. Imaginario no significa falso: las representaciones son ficticias en el sentido de ser recomposiciones. El México de Rulfo también es imaginario, con la insalvable distancia de que su obra, además de crear un lenguaje atractivo, explora vivencias de manera radical. La cuestión de interés social es que hoy se cree válido acusar de no conocer a México a quien impugne la imagen proveniente del paisajismo y el folclorismo de Gabriel Figueroa.

La profesora en Palacio Nacional en Río escondido. Cinefotografía de Gabriel Figueroa

Se ve como sacrilegio, o al menos mal gusto, expresarse críticamente de figurones como Félix, Fernández, Figueroa y Rivera. No obstante, ver el desempeño actoral de María Félix en sus películas mexicanas es asistir a una indiferenciable repetición de gestos y maneras de presentarse ante la cámara. Se trata de un personaje que caló entre el público y que tuvo una biografía excepcional; lo que atañe a la fama y su vida privada —su calidad de estrella es absoluta, pero es eso, nada más. También hay que considerar que la capacidad histriónica de Félix estaba marcada por el entorno cinematográfico de México en ese momento. En el caso de Fernández y Río escondido ese ambiente implicaba suponer que actuar era contar con personajes que gritaran e hicieran intensas muecas, incluso en momentos carentes de dramatismo. Estamos entonces ante un producto de la cultura popular de su tiempo.

El melodrama, género popular por excelencia y característico de la “época de oro”, no tiene por qué excluirse del campo del arte. El problema comienza cuando se trabaja a favor de planteamientos que simplifican la actividad política, en un contexto en que un gobierno autoritario opera en el mismo sentido. Emilio Fernández inscribió esta cinta en el maniqueísmo del presidente que, a pesar de las “fuerzas obscuras”, como hombre providencial lograría la “regeneración de los de abajo”, siempre que el conjunto de los ciudadanos se plegara ante él, pues no hacerlo los incluiría entre los “malos mexicanos”. Sazonado lo anterior con alusiones a “México”, desplantes machistas y la repetición de un enunciado más que cuestionable: que Benito Juárez sería “uno de los hombres más ilustres del mundo”. Lejos de celebrar Río escondido como película —y a sus creadores como grandes artistas—, es tiempo de lograr verla como la trampa cultural que siempre fue. Ahora, además, hay menor necesidad aún de mirarse en el espejo nefasto del nacionalismo revolucionario.

La exposición sobre la restauración de Río escondido de Emilio Fernández

Río escondido se proyecta en Cineteca Nacional y, en línea, en su nueva Sala Virtual. En el vestíbulo de su Sala 3 puede visitarse la exposición sobre la restauración de la película.

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