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Óscar Constantino Gutierrez

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Doctor en Derecho por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y catedrático universitario. Consultor en políticas públicas, contratos, Derecho Constitucional, Derecho de la Información y Derecho Administrativo.

Ricardo Salinas y Jorge Zepeda: las vidas de un par de lelos

¿En qué se parecen el segundo hombre más rico de México y la promesa fallida del nuevo periodismo de los años noventa? En su estulticia y necedad. Una que hace necesario recordar a sus opuestos (o sea, un par de chicos listos que en nada se asemejan a Ricardo Salinas Pliego y Jorge Zepeda Patterson).

El primero es Douglass C. North, quien escribió un libro genial allá por los años setenta del siglo pasado: The Economics of Public Issues. En uno de sus capítulos explica que ya existía la tecnología para crear un auto “completamente seguro para sus ocupantes”… al precio de un tanque. Como pocos estarían dispuestos a pagar millones de dólares por un auto así de seguro, lo que hacen los consumidores es buscar un equilibrio entre el riesgo y lo que pueden pagar. Por eso hay gente dispuesta a comprar Volvos con mayor seguridad y otros que prefieren pagar menos por un Tsuru sin protección alguna. En suma, cada quién decide el “valor de su propia vida”. Esta tesis es la que hace que la gente tome riesgos relativos (tomar ocupaciones con riesgo, beber alcohol, drogarse, ser promiscuo, hacer viajes peligrosos, etcétera). Y, si bien esta tesis es razonable cuando el riesgo no es extremadamente elevado, se convierte en una estupidez cuando es altísima la probabilidad de morir o sufrir daño. Ricardo Salinas toma la tesis de North y la estupidiza: una cosa es no comprar un Mercedes con cinturones antilatigazos y otra salir a infectarse de un virus del cual aún no se tiene cura y que es mortal para 80 por ciento de los pacientes en estado crítico. En pocas palabras, al llamar pendejos a los que se cuidan de un padecimiento así, Ricardo Salinas se otorga ese calificativo (además del de miserable, porque su motivación es que haya ganancias a costa de las vidas de los más débiles y pobres).

El otro genio es Giovanni Sartori, que en su libro ¿qué es la democracia? desnuda la mentira e idiotez de comparar hechos con intenciones, como suelen hacer los apologistas del socialismo (y Jorge Zepeda, para defender su elección de López Obrador como presidente): “Examinemos la patraña máxima: la tesis difundida y creída durante más de medio siglo que afirmaba que había dos democracias: una occidental y otra comunista. ¿De qué forma llegó a demostrarse la tesis de las «dos democracias»? Precisamente trampeando y enredando con el ser y el deber ser. La demostración seria exige dos formas de confrontación: una vez entre los ideales y otra, por separado, entre los hechos. En cambio, la falsa demostración junta y entrecruza los emparejamientos de la siguiente manera: comparando los ideales (no realizados) del comunismo, con los hechos (y las fechorías) de las democracias liberales. Así siempre se gana, pero sólo sobre el papel. La democracia alternativa del Este —también llamada democracia popular— era un ideal sin realidad”. Jorge Zepeda toma la tesis de los socialistas y repite la vieja tontería, adaptada al pejismo, de que “si por alguna razón se malogra la puesta en marcha de la 4T (…) habrá que cuestionar los errores en la instrumentación, la pérdida de brújula, las falencias humanas. Pero no la intención”. No está de más recordar que a los gobiernos se les elige para dar resultados e incluso José Antonio Crespo señala, en un artículo en El Universal, que el Índice de Gini, que mide la distribución del ingreso, mejoró en el periodo neoliberal, con lo que queda evidenciado que de poco sirven los deseos progresistas de la 4T, porque son carentes de resultados. En breve: de buenas intenciones está pavimentada la autopista al infierno, cuyo destino no critica Jorge Zepeda.

Como en las Vidas Paralelas de Plutarco, a Salinas Pliego y Zepeda Patterson los une la estupidez necia, la que se convence a sí misma de que su sesgo cognitivo no es una falla y de que se vale llamar pendejos a los ciudadanos responsables o soberano a un simple jefe del Poder Ejecutivo en una república. No, los tontos son otros: los que estiman que la vida ajena no vale o que la miseria debe ser aceptada porque el tirano (supuestamente) tiene buen corazón. Quizá Salinas y Zepeda deberían releer a North y a Sartori (si su sesgo Dunning-Kruger les permite percibir que están equivocados, cosa que se ve muy difícil).

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