Cinque Terre

Walter Beller Taboada

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Retórica y manipulación. Sobre renuncias y repudios recientes

“Vértigo” es una palabra que tiene varios significados. Uno remite a aquella actividad extraordinaria que se despliega de manera intensísima, mientras que otro significado hace referencia al mareo producido por una impresión muy fuerte. Aunque no es del todo nueva ni desconocida, la dinámica reciente del gobierno federal ha alcanzado niveles vertiginosos –en ambos sentidos–, porque como nunca antes las noticias de las últimas dos semanas han cimbrado a la opinión pública.

El epicentro más grave fue la renuncia del Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, por discrepar de las ideas y obsesiones del Presidente; pero también lo fueron las noticias sobre el amago del Presidente contra la CNDH, como una muestra de la intención de que ningún organismo autónomo debe contravenir las decisiones del supremo gobierno; el conflicto con elementos de la Policía Federal quienes aducen razones para su no incorporación a la Guardia Nacional; la escandalosa decisión de los diputados de Baja California para extender a cinco años el periodo del gobernador de Morena electo para un periodo de dos años; y la maldad que destila la agencia de noticias Notimex contra los críticos al oficialismo, distrayendo así los errores y pifias que vienen desde Palacio Nacional.

Cada uno de estos acontecimientos tienen orígenes y problemáticas diferentes, pero lo común es la manera en la que los encara el discurso presidencial. Las palabras, los gestos, el lenguaje corporal y sobre todo la mirada socarrona y la sonrisa burlona, advierten de un discurso que solo busca la prevalencia de los intereses políticos del grupo –por cierto, cada vez menos compacto– del presidente, sin preocuparse realmente por las consecuencias que tendrán sobre las relaciones sociales, la economía del país y la institucionalidad de la vida democrática de la nación.

El argumento ad verecundiam

Es imposible que alguien que hable todos los días, a todas horas, en conferencias de prensa, en mítines o reuniones de trabajo, no repita ideas, frases, chistes, de modo que se vuelven lugares comunes. López Obrador ha creado su propio personaje, construido sobre símbolos que él sabe comunican ciertos mensajes significativos para la audiencia que le importa (sus adherentes e incondicionales). Para ello se vale de los medios oficiales de comunicación (Cepropie), de los medios públicos (como ocurre de manera vergonzosa con el Canal Once) y los medios periodísticos que dan cuenta de la ocurrencia del dia del Presidente, puntualmente festinadas por Notimex.

En todos los acontecimientos mencionados, están presentes las medias verdades, el engaño o la ocultación de evidencias. El único centro omnipresente son los dichos –diarios– del presidente. Es él quien hace uso y abuso de una retórica que, alterando los hechos,  quiere conseguir un propósito: que el discurso tenga efectividad en el público adherente a esa abstracción denominada 4-T. O dicho en otras palabras, si hubiese una exposición o presentación real de hechos, eso permitiría que cualquiera que lo escuchara pudiese adoptar una posición que razonablemente discrepara, objetara o cuestionara el discurso. Tal vez esa fue la intención de la carta de renuncia del ex secretario Urzúa. Pero como los enunciados contra-fácticos no pueden ser verdaderos, la operación discursiva está orientada a evitar a toda costa que esto suceda y la gente –su gente– se salga del redil. ¿Cómo?

Pues mediante los recursos retóricos usados de forma repetitiva: la negativa sin más: “no, no, no es así”; la evasión del tema: “yo tengo otros datos”; la defensiva atacando: “es cosa de mis adversarios”; la relativización engañosa: “todo es relativo” (no hay hechos, sólo interpretaciones, diría irónicamente Nietzsche); o la práctica de desviar el tema sobre el que se le pregunta, a través una pista falsa; esto es, con la distracción por la cual los periodistas (asistentes a las mañaneras) van desviándose de la observación de algún tema, obligados a atender lo que no es relevante para la cuestión particular. Así, se ha sembrando una pista falsa, que es una conocida falacia.

Con menor fortuna, los seguidores fanáticos van a emplear los mismos o análogos recursos para defender la postura fijada día con día por el discurso del Presidente. En el caso del problema con los policías federales, fue más que evidente que se acometió un linchamiento en las redes; un linchamiento, por cierto, contradictorio: si son corruptos, ¿por qué los quieres contratar?

Bajo esos mismos lineamientos, el discurso oficial ha asumido la recomendación de Joseph Goebbels: “Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque”. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Con esa modalidad fue documentado el incidente por la presidencia de la República. El conflicto con la Policía Federal, primero motejando a sus miembros como “fifis”, derivó en acusaciones como la “institución se pudrió” y que hubo “mano negra” en todo ello. ¿Alguna duda sobre la estratagema de cargar a los otros de…?

Aunque el discurso parece ser algo dirigido al público en general –como todos los comunicados políticos– en realidad tiene dos públicos diferentes.

Por un lado, se dirige a los ya convencidos para que no vayan a desarrollar un ápice de duda, ni cuestionamiento alguno. El mecanismo para lograrlo es la repetición de temas, como “luchamos contra la corrupción”, “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, “nuestra meta es la justicia”. Se sepa o no se sepa, se utiliza así la misma táctica propuesta por Gobbels: “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. La coincidencia se debe a que los métodos de manipulación colectiva no conocen colores de partido, ni posturas políticas. Son o no eficaces.

Aunque el gobierno aparenta tomar decisiones de una manera que parezca “novedosa” (“nosotros no somos como los demás”), con visos de ser “transformadora”, en realidad se trata de un principio conservador: es correcto lo que se decide y hace. Podría pensarse que si algo debe cambiar, hay que tener evidencias concluyentes acerca del por qué de una rectificación. Pero esta postura de falibilidad –ya se sabe– no va a ocurrir. Y dado que no ocurre, pese a las evidencias, la retórica se acentúa más, más y más, y puede llegar a ser un delirio incontrolable.

Un adversario es antagonista

Por otro lado, el discurso se dirige a los editorialistas, columnistas, a los opinadores en general. Además de las críticas veladas, contra ellos están las descalificaciones con epítetos como “son conservadores”, están al “servicio del neoliberalismo, o más fuertes –sin decir nombres–, como “son corruptos” o “privilegiados que se despacharon con la cuchara grande”. Según esta retórica, lo que digan los críticos no vale nada porque son “tendenciosos” (como si solo ellos tuvieran intereses y estos fueran mezquinos, mientras que el gobierno solamente tuviera intereses sublimes). Como escribió Dave Lakhani: “Hay castigos típicos por desafiar a los manipuladores que pueden ir desde más engaños al maltrato emocional y físico”. Durante el porfiriato surgió La ley Mordaza, un decreto presidencial que establecía que cualquier periodista podía ser detenido, encarcelado y enjuiciado solamente por la denuncia de cualquier ciudadano. Hoy se revive la intención pero buscando, en principio, un linchamiento en las redes sociales.

La similitud es clara con las acciones opresivas de Notimex, la agencia de noticias del Estado Mexicano. Aunque los tiempos y los instrumentos son distintos, el linchamiento contra los críticos del gobierno viene bajo el ropaje de algún tuit de Notimex (incluso usando de manera torpe diagramas de Venn). La expectativa es que los adeptos al régimen empiecen a pedir sangre a cambio de someter a los críticos. El objetivo es limitar al pensamiento o convertirlo en solo uno y el mismo, a imagen y semejanza de algo indefinido llamado 4-T (¿quién puede dar una definición precisa de lo que eso significa, más allá de los símbolos que adornan la publicidad oficial?). Se sabe que eso no se va a lograr. Pero la oposición es indispensable para el populismo. Hay que tener un enemigo enfrente y por eso, si no existiera, habría que inventarlo.

Y los derechos, ¿gozan de cabal salud?

Además de la división de poderes, la creación del Estado moderno se construyó teniendo un pilar principal: las garantías legales para el ejercicio de las libertades de los ciudadanos. Es decir, se trata de la creación de un poder central que incluye a la vez los límites jurídicos necesarios que deben impedir los abusos del poder estatal. Frente al poder absoluto y completamente arbitrario de las monarquías, el Estado moderno fue diseñado para funcionar con sistemas de contrapesos, de derechos y obligaciones entre gobernantes y gobernados.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos es un órgano constitucional que persigue la defensa no jurisdiccional de los derechos de las personas y contra el abuso del poder. Descalificar su labor acusándola de no tener “autoridad moral”, es un grave atentado contra esa noble y necesaria institución. Solo a un populista se le ocurre reducir lo universal a lo particular y asumir que si hay fallas –no demostradas– en lo particular, lo universal carece de fundamento. La recomendación de la CNDH sobre el retiro del subsidio gubernamental a las estancias infantiles, tuvo una respuesta en voz del Presidente que no está a la altura del personaje que la Constitución le asigna, sino de un individuo que cuenta con el poder del Estado, conviertiendo en ideológica cualquier expresión no ajustada a sus opiniones.

Por otra parte, el intento de agandalle de los diputados locales de Baja California (queriendo torcer la elección de una ciudadanía que votó por dos años de la gubernatura, metiendo una decisión injustificada por cinco años), representa una burla a la ley, algo que parecía inconcebible desde la existencia de alternancia del poder en México. Por supuesto, ahora la acción para contrarrestar semejante aberración tendrá que venir de otro organismo autónomo, el Instituto Nacional Electoral. Y por supuesto será un nuevo enfrentamiento del populismo con el Estado de Derecho.

La retórica del Presidente va derruyendo al propio Presidente. La polarización social, sirve por un rato –largo o corto–, pero se revierte tarde o temprano. Las renuncias en el gabinete hacen ver conflicto y contradicciones que pronto van a desequilibrar los propósitos del Presidente. La ingenuidad hace pensar que el discurso debe cambiar. La realidad de las tensiones se ve con ojos miopes desde el poder. Pero los hechos, decía Lenin, son tozudos.

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