Cinque Terre

Pablo Majluf

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Periodista.

Resentimiento

El resentimiento es un fenómeno real y su estudio no es pseudociencia política. Hay una vieja tradición que ha identificado esta pulsión en el hombre. Tal vez Nietzsche lo vio primero en el romanticismo de Rousseau y pidió el término prestado del francés: ressentiment. De ahí se ha retratado en la filosofía, a través de Roger Scruton, quien veía en el resentimiento al gran Mefistófeles de los movimientos jacobinos que destruyen todo en nombre de revoluciones o transformaciones, y en la literatura, a través de Dostoievski, quien narró como nadie lo que sucede cuando la sed de desagravio nihilista se apodera de los corazones (particularmente de los corazones jóvenes). Una buena síntesis académica la hizo Harold Bloom, quien acuñó el término “escuela del resentimiento” para definir a los movimientos posmodernos de crítica literaria (marxismo, feminismo, postestructuralismo) más comprometidos con la venganza que con la belleza.

Sobra decir que vivimos una época de resentimiento. Se trata de la emoción de desquite contra quienes creemos culpables de nuestros infortunios. Detrás de toda la ola demagógica global –de Trump a Bolsonaro y de Orbán a López Obrador, pasando desde luego por los tribalismos sexuales e identitarios– yace esa emoción fincada en la victimización. Son tiempos de víctimas y victimarios, no de individuos responsables. Las feministas acusan a un ente perverso multisecular llamado patriarcado que las mantiene subyugadas en una tiranía. Los trumpistas acusan a las élites progresistas y al establishment de Washington de haber acabado con el American way of life, y los húngaros orbanistas acusan a los migrantes y al multiculturalismo europeo de pervertir su cultura.

“El ángel caído”, de Alexandre Cabanel

Uno de los debates centrales es si ese resentimiento es justificado. Pero no tanto el resentimiento –ese existe sin permiso de nadie– sino su materialización en movimiento político destructivo. Es verdad, por ejemplo, que México ha tenido desposeídos por demasiado tiempo. La pregunta es, primero, si debemos ver al obradorismo como su vocero genuino, o sólo como un vulgar usufructuario; y después, si debemos aceptar su consecuente destrucción como epifenómeno inevitable. Es decir: si el coletazo es merecido, si es justo, si le debemos nuestra conmiseración, si es aleccionador, si resuelve algo, etcétera.

Muchos críticos aceptan como penitencia la destrucción que trae consigo el resentimiento. Se oyen frases como “nos toca escuchar”, o “debimos ser mejores.” Esto es una trampa urdida por los propios capitanes de la destrucción. La democracia liberal bien puede hacer exámenes de conciencia bajo su propia voluntad, sobre todo para fortalecerse cuando está bajo ataque, pero eso no quiere decir admitir chantajes. Hacerlo es conceder el derecho de cualquiera que se dice víctima a vengarse, como exigen los terroristas. Tanto más cuanto que en este caso son Bartlett y Bejarano y Monreal y Sansores y Gómez Urrutia y demás víctimas de tiempos mejores…

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